Sunday, February 26, 2006

El Café de los Pensadores

“El Café de los Pensadores”

Si uno lo mira con ojo crítico, es un tugurio. El piso de baldosas grandes, negras y blancas, se adivina bajo una pátina grasienta. Las paredes, alguna vez claras han oscurecido con los años, el humo del tabaco y los vapores de la máquina de café. Pero queda de paso, es un punto de reunión con los amigos y una forma de hojear el periódico sin comprarlo. Salvo los lunes, está abierto las veinticuatro horas y después de las doce de la noche se transforma en un refugio para poetas insomnes y prostitutas cansadas de gastar las esquinas. Además por ochenta céntimos la taza, hacen un café muy bueno. Quizás se deba a que la máquina, cincuentenaria, ha adquirido las mismas propiedades que las bordelesas en las bodegas.-
Como lugar emblemático de una ciudad en la que el hecho de no desaparecer, te hace histórico, este sitio ha cosechado su propia fauna urbana. El apodo de Café de los Pensadores (el verdadero nombre se borró hace años del cartel oxidado que cuelga de la fachada); parece responder al grupo de parroquianos que día a día se reúnen allí para arreglar el mundo.-
Abraham es uno de los más antiguos; tanto que ya forma parte del mobiliario. Su sitio, en el recodo que hace la barra, es intocable y lo ocupa, como quien cumple con un trabajo, al menos ocho o nueve horas diarias.-
Algunos dicen, que le han puesto ese mote por el parecido con Lincoln, otros porque la barba gris, las manos grandes y huesudas en las que apoya permanentemente la cabeza, le otorgan un aspecto de patriarca viejo y fatigado.-
Abraham sorbe a intervalos regulares, su pócima revitalizante repitiendo cada gesto.
Gesto número uno: El dedo índice de la mano izquierda se extiende hacia arriba sin dejar de sostener la barbilla. Es la indicación para que se le sirva.
Gesto número dos: La mano derecha deja su apoyo sobre el estaño de la barra y se introduce en el bolsillo de la chaqueta azul (nadie le ha conocido otra).
Gesto número tres: La mano derecha extrae las monedas (debe tener miles) y las coloca sobre el mostrador.
Gesto número cuatro: La misma mano desenvuelve los cubitos de azúcar (tiene una habilidad superlativa para esto) y los echa dentro de la taza.-
Gesto número cinco: El dedo pulgar y anular, se unen para revolver la infusión en sentido contrario al de las agujas del reloj.-
Estos cinco movimientos se repiten veinte o veinticinco veces al día con absoluta precisión.-
Es evidente que Abraham piensa, entre café y café. En qué, nadie lo sabe. Sin embargo, puede hablar de cualquier tema y en todos es un experto. Política, religión, fútbol, economía, coches, leyes… Nada escapa a su mente preclara.-
A mí, me tiene intrigado, sobre todo por las verdades contundentes con que desarma a quienes se permiten emitir opiniones contrarias a lo que él piensa. Basta un carraspeo y un acomodar sus gafas cuadradas y enormes, para saber que Abraham intervendrá en la conversación. Parece un búho sabio, aferrado a su percha.-
Hasta cierto punto, su presencia produce algo de ternura y misericordia. Ternura por el aspecto de vejez reverente, conocedora de la vida y sus secretos, misericordia de adivinar la soledad del hombre y en el deseo de aferrarse, encadenarse a una silla de bar. Digo hasta cierto punto, porque Abraham también tiene sus detractores. Personajes que como yo entran y salen, beben su café, hojeaban el periódico y se van luego a su trabajo o a su casa, pero no pertenecen al “elenco estable” del Café de los Pensadores. Sostienen quienes lo conocen desde hace mucho tiempo, que es una especie de dios del fuego. Atonta a sus víctimas con el palabrerío y luego las obliga a servirle de séquito, acompañándolo en el ritual de la cafeína. Por ello evitan dirigirle la palabra o mantenerle la mirada. A mí me parece un poco exagerado pero reconozco que la fidelidad de sus seguidores, llama la atención.-
En días normales, comienzo a trabajar a las nueve de la mañana. Salgo de la cama a las siete y treinta (no logro dormir más que eso). Mientras me ducho y me afeito, la cafetera eléctrica invade todo con su aroma tropical. Tengo todo calculado: a las ocho y treinta estoy en la calle, paso por el bar, bebo el segundo café, leo los titulares de las noticias y camino hasta la oficina. A paso normal son cuatro minutos, si lo fuerzo, tres. Es una rutina inconsciente que me ayuda a conectarme con la realidad.-
Esta mañana estoy preocupado por un fax que llegó ayer al despacho. Me he despertado a las seis y he decidido adelantar la faena. Romper la rutina de vez en cuando tiene su encanto. Salgo a la calle con la sensación de estar todavía arropado por el edredón. Mi cabeza se niega a reconocer la necesidad de ir a la oficina sin la luz del sol y se obstina en pensar que es domingo y el madrugón responde a un día de pesca. La Ferrari roja casi me arrolla al pasar frente a la puerta del parking, mea culpa por no haber visto la luz roja intermitente, pero imprudencia del conductor también por salir a toda velocidad sin mirar. La barba gris y las gafas cuadradas… ¡no puede ser!, pienso. ¿Abraham conduce un deportivo?
Entre la sorpresa y el desconcierto, habría dado igual ir a trabajar a la hora de siempre, no puedo adelantar nada. A las nueve, decido llegarme hasta el Café de los Pensadores, necesito corroborar o descartar… Está allí, como si nunca se hubiese ido. La chaqueta azul, el tejano descolorido, la mano sosteniendo el peso de la cabeza oblonga, repleta de pensamientos. Me siento a su lado dispuesto a revelar el enigma.
-Ponme un café largo, Pepe, bien cargado, a ver si logro despertarme de una vez- digo con toda intención y agrego
-Esta mañana casi me mata una Ferrari roja, por dormido- la cabeza de Abraham se gira hacia mí como un muñeco de ventrílocuo
-¿Eras tú?, disculpa, llevaba prisa, quizás salí demasiado rápido y sin mirar…- me parece una persona de lo más educada y eso me desconcierta. Hablamos de coches, fútbol, política…es muy ameno, pero llega un momento en que comienza a resultarme empalagoso y difícil de cortar. Debo volver a la oficina. Al salir, me topo con la mirada de José, el portero, que sin decir nada me reprocha el haberme pasado de bando.-
Sin embargo al otro día repito. Hablamos de la Bolsa (es un tema sobre el que no puede sacarme ventaja). Intenta darme consejos de cómo y dónde invertir. Advierto sin lugar a dudas que en este tema, al menos, hace agua por los cuatro costados. Noto que le molestaba sobremanera sentirse apabullado cuando alguien le rebate con argumentos.
-Sí, sí, claro, pero si lo viésemos desde otro punto de vista quizás… Eso mismo quise decir yo, claro, pos, sí, que, com…- visto desde lejos parece que me está dando una lección de esas que jamás se olvidan.-
Al día siguiente intento con la pesca y acabo recibiendo toda la información para ir a bucear a ochenta metros de profundidad, descubrir seres rarísimos y tener un encuentro con tiburones en el Golfo de México. Lo miro de arriba abajo.
-¿Tú has bajado hasta esa profundidad?- pregunto sin creérmelo
-Pues sí- me contesta con una naturalidad tal que me deja patitieso.-
De no haber sido por la Ferrari roja, seguramente habría desistido…
La mayor sorpresa me la llevo cuando escucho mis propias palabras (respecto a la Bolsa y sus artilugios), pero saliendo de su boca y aleccionando a otro de sus alumnos. “¡Pero si será cabrón!”, me digo “vaya a saber si lo del submarinismo no lo ha sacado de una documental de Jacques Cousteau”. Comienzo a pensar que realmente hay personas que van por la vida con un disfraz casi perfecto. No quiero equivocarme, podría tratarse de cualquier infeliz que a falta de protagonismo, se da importancia hablando de cualquier tema con seguridad. Sin embargo hay algo molesto en su presencia, como si detrás del títere se ocultase una mano macabra.-
Estoy pensando en ello mientras redacto en mi ordenador el informe semanal para la sección “Bursátil” del periódico local. No pagan mucho, pero me agrada hacerlo. La letra “a”, se queda atrancada y pulse lo que pulse en el teclado, en la pantalla aparece una “a”. -¿Abraham?- pienso y la coincidencia me hace correr un escalofrío por la nuca. Tengo que reiniciar el aparato maldiciendo a Microsoft.-
Al día siguiente, Abraham me dirige una mirada amenazante en cuanto entro al Café de los Pensadores. O al menos eso me parece. De lo que sí estoy seguro es que él, jamás condesciende a mirar a nadie que entre o salga del local. Por un momento siento una desazón que está a punto de hacerme levantar de la silla.-
Por la tarde, cuando paso frente al edificio de donde saliera la Ferrari, veo que el portero limpia los bronces de la entrada.
-Hola-
-Hola, sí que quedan brillantes-
-Uso una fórmula propia que los mantiene así durante mucho tiempo… ¿a quién busca?- el hombre no se anda con rodeos. Se nota que tiene experiencia.
-No sé su apellido, pero conduce una Ferrari roja- yo también tengo lo mío.
- Familia Dónida, sexto y séptimo pisos en dúplex. Ahora no están en casa, volverán a eso de las nueve de la noche y si quiere venderles algo, mejor olvídese- dice mientras tapa el frasco del limpiador de bronces y entra cerrándome la puerta en las narices.-
Coloco Dónida en el buscador de la web y me canso de leer tonterías. Ni una pista, como si jamás hubiese entrado en la red. Saco del estuche la máquina fotográfica y pongo a cargar la batería. Se me cruza la idea de que los fantasmas y los vampiros no salen en las fotos e imagino que solo encuentro una mancha en lugar de la cara ovalada, la barba grisácea y las gafas cuadradas. Miro el reloj. Son las 9:15. Cojo la chaqueta y me lanzo a la calle. Justo frente al edificio se encuentra la Plaza Sarmiento, lo que me permite tener perspectiva. Voy buscando el mejor ángulo y al mismo tiempo esquivo los excrementos de perro (es increíble que los dueños los saquen a pasear de noche con tal de no recogerlos). Cuento los pisos hasta el sexto, las luces están encendidas y puedo distinguir sombras moviéndose de un lado al otro. De pronto comienzan a agitarse como si estuvieran bailando o… luchando. Me quedo sin respirar todo lo que puedo para intentar escuchar, pero es inútil. La ciudad defiende la intimidad de sus criaturas con un murmullo de motores, voces y ladridos. Vuelvo a casa, pero antes paso por el Café. La banqueta de Abraham está efectivamente vacía, aunque me parece ver sobre el gastado tapizado beige, la marca todavía caliente de su culo flaco.-
Tengo la mala costumbre de no leer las instrucciones de los artefactos que compro. Prefiero investigarlos personalmente y luego si no los entiendo, voy a los papeles. Compré la nueva cámara un mes atrás para reemplazar la vieja de carrete. “Calidad profesional con solo apretar el disparador” decía la publicidad y el precio no era excesivo. La oculto en el bolsillo y salgo para la oficina a la hora de siempre. Bueno, lo de la oficina es una excusa para pasar por el Café de Los Pensadores y hacerle una foto a Abraham. Según Raúl (un amigo esoterista que creo yo está un poco loco), todos tenemos dos caras: la mitad derecha, manejada por el hemisferio izquierdo, fría racional y diplomática y la mitad izquierda que refleja las verdaderas emociones contenidas en el hemisferio cerebral derecho.-
Entro buscando con la mirada la mesa desde la cual pudiese enfocarlo de frente y descubro satisfecho una parcialmente oculta por una columna. Está vacía. Desde allí puedo esperar el momento oportuno y fotografiarlo sin que se dé cuenta. Escondo la cámara bajo el periódico, la apunto hacia Abraham y cuando mira hacia mí, levanto el papel y disparo. De lo que no me había percatado es que estos aparatos de última tecnología, hacen casi todo solos, incluso utilizar el flash si la luz es insuficiente…
Con lo que veo venir hacia mí, ya no me hace falta la foto. Abraham está como loco, grita y gesticula “que yo no tengo derecho”, “que es una intromisión”. Lo único que se me ocurre en el momento es decir que estoy haciendo un reportaje sobre los sitios emblemáticos del barrio, para mi sobrino que es un poco tímido… Pero ni aun así se calma. Debo borrar la foto delante de él, antes de que se vaya.-
El resto de los parroquianos me mira con compasión y un gesto de asombro. Nunca nadie ha visto a Abraham reaccionar de esa manera. He obtenido la confirmación que buscaba.-
La ignorancia también tiene sus ventajas. La foto no se borró, aunque estoy convencido que haber ejecutado los pasos correctamente. Si Raúl está en lo cierto, quien se cruce en el camino de Abraham la tiene muy chunga. La mitad derecha de la cara muestra un aire cínico, de mirada torva y rictus irónico. La mitad izquierda tiene una carga de agresividad que asusta al más pintado. Edito la foto para que ocupe menos espacio. La confirmación me llega en muy poco tiempo. Deben haber estado esperando junto al ordenador.-
La mujer sale presurosa del edificio. Lleva gafas oscuras que no logran ocultar los hematomas. Otra confirmación y me dirijo hacia el Café de los pensadores. El sitio de Abraham está vacío, lo cual no es normal para esta hora de la mañana. Me voy al puerto. Última confirmación, lo encuentro paseándose entre los contenedores, nervioso, hablando a los gritos por el móvil. Camina como uno de esos dibujos animados, sin doblar las rodillas. ¿Se le habrán atrofiado de tanto estar sentado en el bar?. Hago un trabajo limpio y profesional… Con la hija y el dinero del jefe no se juega
-¿Y ahora qué?- me pregunto. Tendré que buscarme otro bar donde tomar café y a éste habrá que pensar en cambiarle el nombre. El mayor de sus pensadores ha dejado de hacerlo para siempre.-

New Realase!!!

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