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El barco

El barco se hunde. Todos tenemos la sensación de que cuando se logra taponar un boquete, se abren dos mayores. Es una estructura lenta y pesada a fuerza de parches, ampliaciones, remozados, remodelaciones y reformas.
Muchos pasajeros se han apiñado en un rincón, los ojos húmedos y un imperceptible temblor en los labios, como si estuvieran alzando una plegaria al cielo. Rezando… ¿para qué?... si no extenderá Dios su larguísimo brazo para levantar el barco que se hunde. Quizás oran para que aparezca un iluminado que encuentre la forma de evitar el naufragio. Ellos no, no serían capaces, se requiere demasiado esfuerzo para iluminarse a sí mismos, mejor que sea otro porque si fracasa tendrán a quien apuntar con el dedo y descargar sus críticas mientras se ahogan. Además es mucho más cómodo.
En el otro extremo un grupo de irascibles busca culpables… que si el capitán es un inepto, que el armador escatimó reforzar la estructura del casco para ganar más dinero que depositar en paraísos fiscales o que se ha permitido mayor tripulación de la debida. Pero las palabras no evitan que entre el agua y la ira no intimida al oleaje.
Los marineros hacen lo que pueden, de acuerdo al reglamento que es muy estricto: cada orden debe expedirse por triplicado, llevar el sello del contramaestre, escribirse en el cuaderno de bitácora y no pasarse un pelo de la norma. Por supuesto que entrando a trabajar a las ocho horas, con desayunos escalonados entre las nueve y las once y retirándose a las cuatro de la tarde con una hora para comer en medio… poco se puede hacer. Y si además los agujeros han de ser taponados con la ropa que se les quite a los pasajeros, bueno, acaba siendo un trabajo de lo más estresante.
El capitán limpia sus galones, consulta con el mando intermedio y reflexiona sobre la forma de salir… lo menos perjudicado posible del trance. Los oficiales se reúnen, extraen conclusiones, dan explicaciones que nadie cree, ofrecen entrevistas y convocan a conferencias de prensa para decir que se ha tapado un agujero y que hay esperanzas; sin mencionar los dos nuevos que se han abierto al obturar el primero. Y el barco se sigue hundiendo…
Ya no hay lanchas salvavidas. Unos pocos listillos han pagado al capitán o a los oficiales para llevárselas. No les llega la inteligencia para discernir que los botes están unidos con una cuerda invisible a la nave y al hundirse el barco se llevará las lanchas consigo. Quienes se han favorecido con la transacción tampoco entienden que las bolsas de monedas sólo les servirán de contrapeso para irse más rápido al fondo.
Los expertos han opinado que disminuyendo el peso, se logrará mantener la flotabilidad. Ignoran la ley de Arquímedes por la que todo cuerpo sumergido en un líquido recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al peso del líquido que desaloja y se obstinan en desarbolar el buque cuando la razón del hundimiento no es el peso sino la falta de estanqueidad.
En medio de la cubierta un hombre medita impasible frente al caos. No ayuda a taponar agujeros ni a cortar los palos, no ora, sólo reflexiona con la vista perdida en el horizonte.
Los que rezan lo miran expectantes para intentar descubrir si es él quien salvará el barco, los críticos lo insultan porque molesta allí de pie en medio de la cubierta, el capitán lo ignora y los oficiales están pensando en romperle las piernas para que deje de incordiar con su presencia incómoda.
De pronto el hombre se yergue en toda su estatura y extiende los brazos. Todos se vuelven hacia él
—¡Tengo la solución! —exclama alborozado y un silencio ilusionado se apodera de la cubierta. Por unos instantes las olas dejan de castigar el casco y tan sólo lo lamen.
—¿Y si simplemente dejamos que se hunda? —pregunta con una sonrisa en los labios.
Los gestos de desaprobación no se hacen esperar. Llegan en forma de murmullo arrollador del que sobresalen palabras sueltas como “loco”, “barbaridad”, “insensatez”…
—Este barco ya no nos lleva a ninguna parte, vivimos pendientes de él en lugar de él conducirnos donde queremos… Se ha convertido en nuestro amo en lugar de servirnos —continúa el hombre sin prestar atención a las muestras hostiles.
—¡Si dejamos que se hunda moriremos todos! —grita uno de los que rezaba.
—Todos moriremos… —contesta el hombre.
—Si perdemos el tiempo en filosofías baratas, cuando queramos darnos cuenta, será demasiado tarde… ¡debemos hacer algo ya! —gritó uno de los exaltados irascibles.
—Si perdemos el tiempo intentando salvar este barco que no tiene remedio y se hundirá de todos modos, no tendremos la mente despejada para buscar otra opción nueva, inédita, original… quizás debamos tirarnos al agua e intentar nadar —replica el hombre sin inmutarse.
—¿Qué dices cabrón?, ¿quieres que nos ahoguemos para que tú te quedes el último y te salves?—pregunta ofuscado un oficial.
—He dicho que el barco ha dejado de servirme y no pienso ser su siervo hasta que se hunda…
—Ha sobrevivido más de cien años y participado en varias guerras… —agrega el contramaestre.
—Pues ponedle una lápida bonita en el fondo del mar —contesta el hombre que a la sazón parece decidido a enemistarse con todos.
—¡Vaya con el desagradecido este!, que si nuestro barco no te gusta no sé qué haces en él —exclama uno de la multitud que rezaba y ahora se ha puesto en pie de guerra.
—¡Yo digo que no necesitamos sermones y que si no está de acuerdo en salvar el barco, ya podemos tirarlo al agua! —grita otro de parte de los irascibles.
En menos que canta un gallo todos los que estaban divididos se ponen de acuerdo… y lanzan al hombre por la borda.
Apenas ha tenido tiempo de quitarse la ropa y hacerles fuck you con el dedo y ya está en el agua, nadando vigorosamente hacia una isla que ha avistado hace unos minutos cuando se le ocurrió que quizás podrían dejar que el barco se hundiese.

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