Wednesday, December 28, 2011

En el día de los inocentes: Inocencio el conserje


Me llaman Inocencio y digo me llaman, porque yo no me llamo nunca. Es más, casi no me hablo y cuando me contemplo en el espejo lo hago para intentar descubrir aquel sello que el creador tendría que haber impreso en mí. Una especie de made in the paradise… que si hasta los caracoles lo llevan según leí en la Muy Interesante.
Soy conserje de una gran empresa, al menos es lo que hasta hoy pone  el organigrama con fotos que hay colgado en varios puntos de la fábrica. A juzgar por todas las flechas que me apuntan, debería ser alguien muy importante. La realidad es que todos me mangonean.
He intentado salir de mi posición y subir en el escalafón… Nadie ha sido capaz de conseguir en menos tiempo unos croissants crujientes y un carajillo de Therry original para una visita inesperada o traspapelada en las congestionadas agendas del Departamento comercial o del de Comunicación. He batido todos los récords de llegada a  Correos antes de que cierren y llevo ocho ratas muertas, que escandalizaban a las empleadas de oficina y… con mi propia mano.
—Inocencio, tienes que ir a buscar un paquete de repuestos…, es urgente.
—Inocencio, tráeme un café y unas aspirinas… que tengo un dolor de cabeza…
—Inocencio reparte el correo…- Inocencio, Inocencio. Si hasta cuando duermo escucho que me llaman y estoy seguro que no soy yo porque jamás me hubiese puesto ese nombre.
Hace aproximadamente un mes, el Jefe de los Contables, un “intocable” dentro de la jerarquía máxima, me pidió  que le buscase unos papeles en el archivo. Debían ser importantes porque él mismo se había pasado toda la mañana dando vuelta carpetas, sudando redondeles bajo las axilas y expeliendo un aroma a “chivo expiatorio” que dejó embebido en las paredes y los legajos.
Yo admiro a ese hombre por el minimalismo que impera en su despacho. Jamás hay un papel sobre la mesa, nunca una congestión de trabajo. En los únicos momentos en que se desmadra es cuando hay inventarios y eso es dos veces al año.
Encontré los expedientes en menos que canta un gallo, eran de una subvención del Banco Mundial y no olían a “chivo expiatorio” sino a “gato encerrado”.
—Eres un fiera —me dijo cuando se los entregué y parecía que le había salvado la vida.
—Si, por supuesto, por eso sigo siendo el conserje —contesté entristecido
—Mi estimado Inocencio —lo de estimado me sonó raro— si quieres ascender en esta empresa deberás aprender la “Hipocresía laboral” y saber decir lo que los otros quieren escuchar…—dicho esto me empujó fuera de su oficina y me cerró la puerta en mis narices.
Busqué en el diccionario pero están: “hipocresía” y “laboral” por separado. Me fui una tarde al locutorio de Abdul y consulté en Internet. El buscador me llevó a muchos sitios en cuya mayoría veían con malos ojos la conjunción de las dos palabras. Entonces fue cuando se me ocurrió la brillante idea: al Jefe de los Contables se le había escapado la frase por la alegría de encontrar los papeles que necesitaba o me la había regalado… Si hay una receta tan escueta para triunfar, lo más probable sería que todos los que la hubiesen empleado dijesen que no servía por “hipocresía laboral”
Estaba muy claro que para poder decirles a los demás lo que quieren oír, hay que prestarles atención antes y para ejercer la “hipocresía laboral” se debe ser muy buen actor, meterse en el papel y entender que toda la sangre que corra es simple salsa de tomate.
Hoy me han acabado mi despacho. Tiene aire acondicionado individual, ordenador con internet de banda ancha y han cogido a dos chavales para que me ayuden. Casi he duplicado el sueldo y mi trabajo es sencillo.
Al gerente le agrada que le digan lo bien que comanda el timón y que tiene razón en todo. Además en necesario estar “superconvencido”.
A quienes le siguen en el escalafón les resulta de mucha utilidad tener noticias frescas de los que navegan en la red durante la jornada laboral, los que hablan en los pasillos,  si fulanita se peleó con menganita o sultanito se rebeló contra el sistema e intentó romperle la crisma al jefe y lo que está dispuesta a hacer Pepita con tal de obtener un poco de poder.
Yo sonrío y actúo, que por algo me llaman Inocencio y tengo la cara que tengo frente al espejo… 

New Realase!!!

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