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El pozo de la desidia


Alguien alguna vez lo había mencionado… Que si se le había desaparecido un perro a Don Blas. Pero el chucho en cuestión era amigo de irse de vacaciones varios días detrás de una perra en celo.
En otra oportunidad la vaca de doña Antonia se esfumó sin dejar rastro. Y la mayoría del vecindario pensó en algún cuatrero muy necesitado de carne. Porque la vaca era vieja, viejísima, tanto que ya ni leche daba. Algunos apostaron a que había muerto en el bosque, al costado del río o quizás ahogada en él.
Pero un día desapareció parte del bosque, sí, el de la otra margen del río. Los chopos centenarios se desvanecieron sin dejar rastro. Bueno, quizás una leve inclinación del terreno y una falta de césped en el espacio que antes ocupaban las raíces. Pero como era invierno y casi nadie iba por allí, los pobladores lo atribuyeron a algún negociado del ayuntamiento para recalificar terrenos en pos de venderlos para construir pisos.
Justo antes del inicio de la primavera habían desaparecido casi todos los álamos del bosque. Sólo unos pocos se aferraban a la tierra de la ribera y se obstinaban en querer brotar.
Una mañana de Abril quienes cruzaban en bote para ir a trabajar a las granjas y fincas, se encontraron con que no había río. Los botes descansaban cómodamente sobre el lecho seco. Aquello era grave porque el pueblo debía hasta su nombre a aquel caudal de agua: Ribera del Sésamo.
Se realizaron reuniones, se encomendaron estudios y se crearon comisiones pero el río no volvió. El agua llegaba hasta un extremo del pueblo, justo donde antes estaba el bosque y vivía don Blas con sus perros y doña Antonia con su vaca. A partir de allí se la tragaba la tierra en lo que algún experto calificó de fisuras de la falla con nombre de un santo que nadie recordó.
Al poco tiempo muchos pensaron que aquello no había sido tan catastrófico. Ahora se podía cruzar a pie, no habría mosquitos en verano y los niños podían jugar al fútbol o andar en bicicleta sin peligro de ahogarse. Hubo quien adujo que de todas maneras el río estaba contaminado, los peces que vivían en él no se podían comer y ni siquiera servía para refrescarse en los calurosos días de verano.
Como medida extraordinaria el pleno del Ayuntamiento acordó agregar al nombre del pueblo una palabra que reflejara la actual situación… Ribera del Sésamo pasó a llamarse: Ribera del Sésamo… Seco.
Una noche en que había partido de liga televisado en directo se escuchó un gran estruendo. Nadie se movió de delante del televisor porque era una semifinal. A la mañana siguiente el paseo que bordeaba el cauce seco y las dos primeras hileras de casas se habían pulverizado. Algunas de esas casas eran verdaderas reliquias del siglo XIII construidas en piedra pero no habían quedado ni rastros.
Muchas familias hicieron las maletas y se fueron a otro pueblo o a la ciudad que si encogía demoraría más en desaparecer. Los que quedaron vieron como poco a poco se esfumaba el casco antiguo, la Iglesia, el Ayuntamiento, el Centro de Asistencia Médica y el Hogar de Ancianos.
—Mientras no nos toque a nosotros… —dijeron— que los viejos han vivido ya su vida, a la Iglesia no va ni el cura y en el centro de salud te matan en lugar de curarte.
Ayer pasé por allí. El viento silbaba lacónico una cancioncilla que me erizó los pelos de la nuca. Tan sólo quedaba un cartel inclinado con una flecha y otro que rezaba: Ribera del Sésamo Seco.



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