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Yo, Úrsula y la mujer profesional

El profesional busca todas las maneras de hacerlo mejor. Prueba un camino, luego otro, elige su propio estilo, lo desarrolla… No tiene metas definitivas, un logro es un sitio donde afirmarse para lanzarse y mejorar lo que ya ha hecho mejor y el mundo está contento de pagarle porque sabe que siempre encontrará en él algo nuevo, distinto, ideado, pensado y llevado a la práctica por “un profesional”. Yo, Úrsula.


Desde el llano solemos ver a los artistas que han llegado al estrellato: cantantes, escritores, pintores... Como unos seres afortunados que estaban en el lugar adecuado y en el momento oportuno. Y la mayoría de las veces lo es. De tanto golpear puertas, siempre hay alguna que se abre y si se aprovecha la oportunidad, puede que se tenga acceso al minuto de fama...


Era cierto, yo no era una profesional, sólo había tenido un golpe de suerte. Pero había trabajado muy duro para que llegara, aunque perfectamente podría no haber arribado en un millón de años. Si J.C. no hubiese ido a beber café aquella mañana… Si yo no me hubiese empeñado en pagar mi parte del disco trabajando de camarera… Comencé a pensar que mi vida era una carretera plagada de desvíos y señales. Todos deberíamos nacer con un mapa incorporado. Yo, Úrsula.

Pero prolongar la fama, forjarse una carrera y mostrarse sólida es tener muy claro lo que se quiere hacer. No hablamos de dónde se quiere llegar porque eso no lo sabe nadie, dependerá de la suerte, del destino o de lo buena que sea la persona en su actividad.
Para ello se necesita un gran poder de observación y mucha intuición. La visión periférica de la mujer hace que capte detalles de una imagen que un hombre no podría y su intuición le permite olfatear la señal del camino para saber si es verdadera o falsa.
Sin embargo estos atributos naturales no son suficientes. ¿De qué le vale a un artista intuir el levísimo temblor de las alas de una libélula si luego no se pone a pintarla o a dedicarle un verso?
¿De qué le vale escribir una novela sobre las mismas alas de la misma libélula si luego la guarda en un cajón sin releerla, sin corregirla, sin pulirla?
Es que desde la captación de la intención a la acción hay un cambio de género y así como es necesaria la sensibilidad femenina, es imprescindible la actitud masculina para llegar a la acción.
¿Quiere decir que una mujer debe transformarse en un marimacho para hacer algo? No, de la misma manera que para mí escribir Yo, Úrsula no significó amariconarme.
Creo que la educación que nos han dado ha errado por simplicista. ¿Qué hombres y mujeres son como mitades de una naranja?
Falso... y este concepto se aclara mucho más en otra novela que se llama Las Marcas de San Cosme.
El error de concepto nace en los orígenes de nuestra civilización, más atrás de la era cristiana cuando las civilizaciones asiáticas parecían tener una respuesta para todo. Y quizás la tenían pero no era tan simple, o no tan respuesta. Quizás eran más preguntas...
Por ello Yo, Úrsula defiende el derecho de la mujer a su autorrealización más allá de los preconceptos culturales, que irónicamente están más arraigados dentro del propio género femenino que de la sociedad.

Ricardo  Lampugnani. 
Autor de Yo, Úrsula  

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