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Los escritores jóvenes



Alguien dijo y no puedo recordar quien, algo como “a fin de cuentas ningún escritor puede escribir más que sobre sí mismo”. En su momento me pareció ridículo puesto que la imaginación nos debería permitir crear personajes. Luego descubrí que casi todo lo que escribo tiene que ver conmigo y me pareció vanidoso. Hoy estoy de acuerdo en que no hay alternativa posible. Podemos inventar la historia más fantástica pero los personajes siempre llevarán nuestro ADN.
Hace tiempo que recibo primeros capítulos de novelas, novelas enteras y cuentos de otros colegas escritores. Algunos de ellos son muy jóvenes y tienen un increíble potencial. Intento respetar la finalidad por la cual me los envían y si es una corrección la hago en privado. Muchos desean una opinión imparcial después de ser rechazados por las editoriales o no ganar un concurso. Intento explicarles que ganar un concurso no convierte a una fea en bonita y que las editoriales hace tiempo que no publican autores noveles por mayor potencial que tengan.
 En el caso de los comentarios, tan sólo hago públicos desde los positivos hasta los neutros. Es que después de vivir muchos años en los foros de Internet sobre literatura: “el gato que se quema con leche cuando ve una vaca: llora”. Todos esperamos un halago y pocos soportan una crítica.
Esta mañana leía un capítulo de una novela sobre un tema difícil de abordar y mi espíritu crítico comenzó a crisparse. Mi primera reacción fue decirle al autor que para romper una regla, primero se debe internalizar. Sin embargo seguí leyendo y un poco más adelante tuve ganas de recordarle que la rueda fue inventada hace tiempo pero como sé que tengo un pronto bastante feo, me contuve y se me ocurrió algo. ¿Cómo escribía yo hace veinticinco años? Y ni lerdo ni perezoso fui al armario donde guardo los originales de la época en que no había ordenadores al alcance de todos y yo escribía en una máquina Olivetti portátil, una Lettera 32 para más datos. Cogí una carpeta al azar y analicé el primer párrafo de un cuento cuyo título es: Destino. Encontré comas donde no debían ir, demasiados gerundios y frases excesivamente largas, descripciones innecesarias y abuso de calificativos.
Es obvio que la experiencia, la práctica y unos cuantos talleres literarios han ayudado, pensé. Sin darme cuenta me leí todo el cuento y al llegar al final comprendí algo muy interesante: Los personajes que hace veinticinco años me emocionaban… ahora me parecen superficiales, apenas una pincelada sobre el papel… El cuento en cuestión: “Destino”, habla de la muerte y el azar, deja el mensaje de que no podemos reemplazar a una persona aferrándonos a otra sin correr el riesgo de repetir la historia. En aquel momento yo sólo había perdido a mis abuelos y a mi perra… Veinticinco años después por muerte o ruptura he perdido a mis padres, a mi hermana y asisto a la distancia a la declinación de personas que han sido muy importantes en mi vida. Si hoy reescribiera Destino es probable que no se titulara así y cambiaría muchísimas cosas incluido el final.
No siento una excesiva predilección por los franceses por temas de chauvinismo histórico y poca inclinación  a la sinceridad, pero debo reconocerles que salvo el tontolón de Sarkozy, siempre han elegido presidentes viejos, con experiencia. Porque nadie puede dar lo que no tiene. Y eso precisamente fue lo que descubrí al finalizar “Destino”: hace veinticinco años no tenía la experiencia que tengo ahora. Y no es que tuviera poca porque con diecisiete años ya iba por el mundo.
Entendí entonces por qué con escritores de gran capacidad, los personajes me parecen siluetas del teatro chino. No hay emociones porque el escritor no las ha vivido. Y en ese campo sólo manda la experiencia. El peligro es que el lector acabe asociando estos personajes de cartón piedra con la vida real.
Reconozco que de no haber vivido muchísimos años de mi vida entre mujeres, no habría podido escribir “Yo, Úrsula”. Si no hubiese cambiado de país, dejándolo todo para apostar desde cero, a quince mil kilómetros de distancia, no hubiese escrito “Teucro deCreta: todo va a alguna parte”. Renascencia es la comparación entre lo que me dijeron que era la vida y lo que yo advertí que es en realidad después de vivirla. “Las Marcas de San Cosme” me confirmó que nada es lo que parece y que puedes alucinar si se te ocurre investigar bajo la superficie del mundo, pero no la hubiese podido escribir a los veinticinco ni a los treinta. Y así todas mis novelas… y mis cuentos.
Hace un par de semanas hablaba con una jovencita que apenas sobrepasa los veinte y quiere ser escritora. Hubiese podido decirle lo mismo que me dijeron a mí a su edad:
—Lee a los clásicos, a Vargas Llosa, a García Márquez, Eduardo Mallea, Víctor Chamorro, Sábato, Borges y Cervantes… por hacer un potpurrí indigerible. Y la verdad es que no pude. Ella había leído a Hesse. Y no digo que sea suficiente.
Entonces le aconsejé que envejeciera, que investigara cada personaje hasta destriparlo como un oso de peluche, que se obsesionara en buscar información sobre el tema que quería tratar y que creara pequeñas salidas paralelas a la historia principal. Parece que entendió el mensaje, veremos como desarrolla su historia.
Me pareció interesante poner estos pensamientos por escrito y más dado la proliferación de autores debido a los libros electrónicos. Trataré de sintetizarlos:
  • Quieras o no tus personajes llevarán tu ADN.
  • La pólvora y la rueda ya están inventadas.
  • No trabajes sobre tu idea inicial, investiga a fondo porque puede que estés equivocado/a en algunos conceptos.
  • Relee el original cada vez que te sientes a escribir y corrige lo que no te suene bien o no se entienda a la primera.
  • Apunta en una libreta las modificaciones que deberías hacer mientras vas leyendo.
  • Arriésgate a proponer razonamientos. La gente hoy parece no querer pensar pero los lectores de verdad es precisamente lo que buscan: ampliar el horizonte de su pensamiento.
  • Si tienes a alguien de confianza que lea el original, incítalo a que te saque los fallos.
  • Si vas a escribir sobre experiencias que no has vivido entrevista muy bien a los personajes, mira sus caras, observa sus manos. Para un escritor el lenguaje corporal es importante. Para un escritor joven el lenguaje corporal es imprescindible.
  • Deja a la imaginación del lector los calificativos de aquel paisaje que a ti te ha impactado. Son suficientes cuatro trazos para definir una puesta de sol.


No digo que alguien no pueda convertirse en un buen escritor siendo muy joven. Hay casos de best sellers con menos de veinte años y no he leído nada de ellos, por lo que no puedo opinar. Pero sí he leído infinidad de obras que me confirman que la regla tiene excepciones.


                                                                                                           





                                                                                                             

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