Monday, August 27, 2012

Lo que voy escribiendo...

Los escritores somos un poco como los icebergs. Sí, eso creo. Lo que mostramos es tan sólo una parte de nuestro trabajo: la que se edita, la que ve la luz y en líneas generales esa parte está desfasada en el tiempo. En raras ocasiones comentamos lo que estamos escribiendo ahora, en tiempo presente. Quizás sea temor a que nos copien y alguien publique una historia parecida antes que nosotros, tal vez sea una cábala para que nuestra obra tenga éxito después de cocinarse en absoluta soledad.
Hoy quisiera haceros partícipes de mi cocina de autor y enseñaros de manera escueta lo que vendrá después de "Teucro deCreta: Todo va a alguna parte" y la ya bastante conocida "Yo, Úrsula".
¡Entrad!, podéis oler, mirar y sentir pero no tocar. Es que este es mi personal caos organizado y cualquier movimiento que se realice sin que mi cerebro lo detecte... implicaría horas de buscar. ¿Véis el libro de tapas rojas?, sí aquel que parece contener anotaciones que sobresalen de sus páginas. Pues no son anotaciones, son páginas que se han desprendido porque la edición es de 1980, precaria y sin ninguna pretensión comercial. Es uno de los pilares de la novela que estoy escribiendo hoy. Debajo del libro rojo veréis una libreta. Es mi recetario particular. Allí podéis encontrar desde teléfonos de contacto hasta ideas todavía no desarrolladas pasando por la definición de infortunio, los nombres de Arístide Soulier, Ziereis, Bachmayer o la dirección web de un documental de antena 3. Pero lo que quizás os asombraría es la definición del Yin, el principio femenino del Feng -Shui, que es más falso que la falsa moneda porque proviene del Dào Dé pero sólo toma los elementos negativos... el Yin es la cualidad del agua... que fluye con suavidad y controla las cosas sin gobernarlas. Y en la pila de libros de la derecha encontraréis un cuaderno del año 2005, que compré en un aeropuerto, la revista del "Campanari de Xerta", mi agenda y un par de diccionarios. Ahora os abriré los archivos de dos novelas: "Renascencia" y "Las Marcas de San Cosme". La primera podría catalogarse como una novela juvenil para que lean los jóvenes, los padres que tienen hijos en el límite de la pubertad, los que algún día serán padres y los que han sido hijos, es decir todos... Os dejo leer unas líneas:

"Nosotros éramos niños sin tecnología pero no éramos tontos. Conocíamos todas las casas abandonadas del barrio y también  las que estaban ocupadas, aunque parecieran desiertas. Sabíamos que en algunas se desarrollaban historias secretas, tan secretas y tan terribles que necesitaban la mugre y el olor a humedad para ser viables. Las horas de la siesta y el crepúsculo eran las preferidas para entrar en acción y eran esos momentos en los que parecíamos lagartos. Montados a horcajadas de los muros, soportando el calor y lo rugoso del revoque, aguantábamos horas hasta que los ojos nos comenzaban a lagrimear de tanto fijar la vista. Buscábamos sombras que se moviesen, cruzando las ventanas de cristales opacos y rotos por nuestras propias incursiones anteriores.
 —¡Eh!, Agu, he visto algo —me susurraba el  “bombilla”. Lo llamábamos así en alusión a la forma de su cabeza.
—Yo no he visto nada —acotaba  el “cerilla”, quien obviamente era pelirrojo.
—Es que tú no ves  —sentenciaba “el rata”.
Ese era el momento en que el “cerilla” bajaba de un salto, se quitaba las gafas; —su padre lo tenía sentenciado si las volvía a romper —y los dos se trenzaban en una pelea que terminaba inevitablemente en camisetas desgarradas y narices manando sangre. Estábamos tan acostumbrados que llevábamos gasa y esparadrapo en los bolsillos para taponar la hemorragia, cubrir los rasguños y así no tener que volver a casa por ayuda.
Así descubrimos entre narices rotas y lomos torrados por el sol, que Mingo, el tendero de la esquina, se escapaba a la hora de la siesta para tirarse a Sofía, la hija de la panadera, quien no debía pasar de los diecisiete. Mingo era casi un anciano que vendía desde lencería supuestamente fina, a manteles de hule por metro y ropa de marca fraudulenta. Pero lo espeluznante resultó ser que la jovencita de mirada esquiva y curvas pronunciadas, hacía lo mismo con el de las pompas fúnebres, recordado por estar siempre puliendo y lustrando el Impala negro de los servicios y con el Tano repartidor de bombonas de butano. Lo que más nos indignaba y por qué no decirlo también nos excitaba era que martes y jueves, sábados y domingos, Sofía se paseaba del brazo de su novio oficial: delgado, pálido, alto y con ojos de buey enamorado. Ella ponía cara de gata junto a la estufa y se dejaba hamacar en los juegos de la plaza."
¡Pss!, ¡suficiente! Ahora os dejo hurgar un poco en "Las Marcas de San Cosme":
"El pueblo de San Cosme es bonito. Las calles están pavimentadas con pizarra y son peligrosamente empinadas; en algunos casos pasan a la altura del segundo piso de las casas de abajo y muchas han sido transformadas en escaleras para salvar el gran desnivel. Las construcciones del casco antiguo datan del siglo XII, tal como lo demuestran las fechas esculpidas en los muros. Muchas han sido recicladas y ello me dio la sensación de estar viviendo en la época medieval. Otras en cambio, muestran el negro de las vigas que otrora formaran el esqueleto de los techos y producen miedo y tristeza, como si se tratase de un muerto. Todavía pueden verse antiguos y enormes candados de hierro en las puertas y gruesas rejas en las ventanas; lo que me llevó a pensar que sus habitantes vivían temerosos. Pero no pude imaginar la razón de aquel miedo en un paraje tan apartado.
En los archivos de San Cosme no hay ningún documento que haga referencia a la historia del pueblo con anterioridad al año mil novecientos y cuando me interesé por los restos de una muralla que serpentea en la parte más baja, obtuve sólo vagas referencias a una fortaleza templaria. Según parece, además de las conocidas construcciones de Lleida, Miravet y Tortosa, hay innumerables fortalezas anónimas que los templarios utilizaban a espaldas de los gobiernos, para consolidar su poderío y evitar posibles invasiones.
Frente a la plaza mayor de San Cosme hay una taberna en la que se comen los mejores embutidos que he probado y unos caracoles con salsa verde que son un manjar. En la puerta, una muñeca de tamaño natural vestida de bruja sostiene en una mano el menú del día y en la otra una escoba. Pese a que hay otros restaurantes y bares, éste está siempre a rebosar. En sus dos pisos superiores funciona una especie de hotel o pensión donde me hospedé todas las veces que fui.
Sin embargo el atractivo turístico principal de la zona se encuentra a unos cuatro kilómetros por una carretera muy angosta que se retuerce entre bosques de pinos. Me pareció increíble que se aventurasen por él autocares de larga distancia que apenas caben. El tránsito en aquel trozo es permanente y hasta hay atascos los fines de semana. Al final del recorrido hay un parking pero siempre está colapsado a pesar que fue ampliado tres veces en un año. Los coches aparcan incluso a ambos costados del camino y los buses pasan casi rozándolos. Un cartel anuncia: Cueva de Bastet – Valle de la Calavera.
Para llegar a la cueva se debe descender por unas escaleras de madera hasta el fondo de un barranco, previo paso por la boletería donde cobran la entrada. El pequeño valle formado por el desnivel del terreno tiene al final una pared rocosa. Al mirarla se descubre la forma nítida de un cráneo que parece pintado sobre la piedra. Sin embargo la imagen es natural, producto del color distinto de las rocas, de allí el nombre de Barranco de la Calavera.
Tras caminar unos doscientos metros por un sendero bordeado de matas de genista y romero se llega a la entrada de la cueva de Bastet.
Los primeros metros del interior están equipados con un sistema de luces de acostumbramiento gradual a la oscuridad y después del primer recodo todo queda iluminado por una luz azul que otorga al sitio un aspecto misterioso como si hubiese bruma. Está prohibido hacer fotos con flash puesto que se trata de una cueva “viva” y las que hice sin él salieron totalmente oscuras, como si no hubiese nada.
 En algunos momentos se tiene la sensación de perder la noción del espacio y de las distancias entre los objetos, por lo que el recorrido está delimitado por cuerdas y se recomienda caminar con lentitud pero sin detenerse.
La luminosidad azul proviene de una estatuilla piramidal de base triangular instalada sobre un altar de piedra. Los detalles no son observables en el interior de la cueva, pero fuera hay abundante material que permite ver que la pirámide acaba en una cabeza de rasgos humanos y sexo indefinido.
Sobre las paredes de la cueva hay imágenes pintadas de una mujer con cabeza de felino. Los dibujos conservan una altísima definición y parecen haber sido pintados por artistas distintos y en diferentes épocas. En los más antiguos la mujer está de perfil y los trazos recuerdan los jeroglíficos egipcios. En los más modernos la figura parece salirse de la pared, la mujer se ve de frente, con el ombligo y los pechos al aire. El resto del cuerpo está cubierto con una vestimenta como si fuese una malla constituida por  pequeñas escamas pintadas una a una. Todas llevan en una mano algo que en un inicio me pareció un manojo de llaves y luego supe que es un instrumento musical antiguo llamado sistro"
Por último: "La Fatalidad de la Rosa y el Picaport", una historia que vino a mí sin quererlo: 
 
"Rosa estaba sentada bajo la parra con las manos sobre el regazo y la mirada fija en algún punto del muro de piedra que limitaba el jardín con la calle. A ratos su mano izquierda se apretaba en un puño cerrado y la derecha alisaba los pliegues del delantal cuadrillé. Siempre había sido así y siempre lo sería. Sus hijos y sus nietos lo sabían y respetaban aquellos momentos en que Rosa penetraba en su mundo… o se evadía de la realidad. Y aquel punto del muro de piedra en que fijaba la mirada era el cerrojo de su universo paralelo. Pero esta vez la puerta no se abrió. El muro seguía ahí como un conglomerado de piedras unidas por la argamasa en cuyos recovecos habían comenzado a crecer unas argilagas.
 Entonces vio pasar al forastero. Él se apoyaba en un bastón para caminar y vestía bermudas color marrón, camisa a rayas y una gorra de tela de algodón en la cabeza. No había dudas, no era del pueblo pero aun así la breve mirada que le dedicó, produjo en la cabeza de Rosa una pequeña revolución.
—Un hombre majo, bien plantado… mayor pero conservado —se dijo Rosa en un intento de explicarse a sí misma la sensación extraña que había sentido.
Al forastero le había sucedido algo similar. Tan sólo hacía dos días que había llegado a Xerta después de casi veinticuatro horas entre vuelos y aeropuertos. Apenas había superado el jet lag y atribuyó la sensación de familiaridad con la mujer sentada bajo la parra a alguna neurona que se negaba a aceptar los nuevos usos horarios.
Xerta es un pueblo pequeño de la provincia de Tarragona. Su ubicación estratégica recostado sobre los meandros del río Ebro lo hizo importante cuando aquel curso de agua servía para la comunicación, el transporte y por qué no también para las invasiones y los saqueos. Durante la guerra civil, Xerta fue ocupada por los republicanos y se convirtió en uno de los puntos neurálgicos de la Batalla de L’Ebre que finalizara con la victoria del frente fascista el 13 de Enero de 1939 en Tortosa.
Precisamente por la calle de Tortosa se dirigió el forastero rumbo a la plaza de la Iglesia mientras en su gastada memoria intentaba encontrar una mirada, un gesto similar al de la mujer sentada bajo la parra. Es que no la había visto jamás pero no se fiaba de sus recuerdos. Había muerto tantas veces que quizás aquella imagen pertenecía a una de sus vidas, y quizás no quisiera volver allí."
 Bien, hay más pero deberéis esperar a que decida abrir nuevamente mi cocina o que se publiquen, lo que ocurra primero... Gracias por venir y no toquéis nada al salir; sólo oler, sentir y mirar...

New Realase!!!

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This book will be published first for Englis readers

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