Wednesday, October 31, 2012

¿El portal del ángel?.. Ja, ja, ja, ja




Miré el sobre que yacía en el asiento del acompañante. Por la ventana encelofanada leí por enésima vez la dirección donde debía entregarlo: Carrer Ample 2. Era el último del día y también había decidido que sería el último de mi brevísima carrera de mensajero. Debut y despedida, aquello no era para mí.
No tenía ni idea de dónde quedaría aquella calle pero al ver el pueblo desde la carretera comarcal, me tranquilicé. Estaba encasquetado en la falda de un cerro y me pareció tan pequeño como para encontrar cualquier dirección sin dificultad. Además ya había descubierto que en sitios así la gentileza es inversamente proporcional al número de habitantes y siempre podía recurrir a algún vecino.
Eran las seis de la tarde pero la noche se venía al galope arropada por una niebla un tanto inquietante.
Con cierta dificultad vi el cartel que ponía “Església” – “Ajuntament” con dos flechas, una hacia arriba, la otra a la derecha. Pensé que por más que la Iglesia nos ofreciera el Cielo, lo de ir directo era algo difícil, así que seguí a la derecha. Me topé con una plaza que no tenía salida. Metí la marcha de retroceso y a unos veinte metros encontré una arcada antiquísima. El cartel de madera rezaba “Portal de l’Àngel. Miré por el retrovisor. Todo era niebla y oscuridad. La calle era tan empinada que debí hacer unas cuantas maniobras para entrar al portal y así me di cuenta que el coche apenas cabía en el callejón. Las aceras eran tan estrechas que los espejos laterales casi rozaban las paredes de piedra  que tenían aspecto de ser extremadamente gruesas y sólo estaban interrumpidas cada tanto por puertas demasiado angostas o excesivamente bajas por lo que no parecían estar habitadas por personas de estatura normal. Tampoco era normal que no hubiese una sola bifurcación decente por la que se pudiera girar ya que las dos o tres que encontré estaban a noventa grados y daban a callejuelas estrechas en las que no circularía más que un hombre a caballo. El continuar recto no ofrecía garantía de nada ya que al final del recorrido encontré un zigzag y una bajada tan pronunciada como para temer que el coche se despeñara por ella. Intenté apearme para evaluar la situación pero las puertas estaban encorsetadas entre los muros y dos milímetros más habrían obligado a recurrir al chapista. No podía ir hacia atrás por lo que puse las manos sudadas en el volante y tiré de él mientras bajábamos un poco rodando y otro deslizando. Llegamos a otra plaza muy pequeña de la que partían tres corredores a cual más angosto y sinuoso. Abrí la puerta e intenté bajar pero mi pié izquierdo no encontró firme donde apoyarse y debí hacer un gran esfuerzo para no caer. El coche había quedado a escasos diez centímetros de un hueco por el que se descendía a través de escaleras de piedra a vaya saber dónde. Ya era noche cerrada, la luz del alumbrado se difuminaba entre aquella boira y no llegaba al suelo, no había un alma a quién preguntarle la manera de salir de allí. Bajé los cristales y cerré los espejos laterales, elegí el callejón que me pareció más ancho y aunque poco me ha importado el chirrido de las chapas contra los muros, no he podido avanzar más de cincuenta metros antes de quedar varado. De las puertas estrechísimas y los portones excesivamente bajos han comenzado a salir personajes extraños. Los hombres visten harapos: pantalones a media pierna, chalecos de piel mugrienta y gorros con coleta de conejo. Las mujeres son casi enanas y gruesas y llevan enormes enaguas debajo de las cuales no deben  usar ropa interior ya que acabo de ver a una que a la luz de los faros ha hecho sus necesidades en plena calle y apenas agachándose.
Ahora, como si se percataran de repente, se arremolinan frente a mí, son tan feos que su visión corta la respiración y huelen a suciedad revenida que entra al coche aunque tenga los cristales levantados. El que parece ser el cabecilla se acerca a la luna delantera y gruñe con la boca abierta. Le quedan dos o tres dientes amarillos y tiene la lengua verde. Por la derecha aparece otro que lleva una maza de piedra con la que comienza a golpear la carrocería; el ruido parece ser una señal para que todos se lancen encima del coche… veo manos regordetas que hacen rechinar las hoces que empuñan contra los cristales y escucho el tronar de los garrotes que machacan el techo… y al frente, entre las manos aceitosas y los pubis desnudos que resbalan por la chapa encerada, veo iluminado por el único foco que queda sano, a un monje encapuchado que se apoya en una pértiga. Aterrorizado elevo la vista hacia el extremo del palo y me parece advertir en la penumbra, entre la niebla, la silueta de un ser humano, clavado en la pértiga y casi convertido en esqueleto.

New Realase!!!

New Realase!!!
This book will be published first for Englis readers

Featured Post

Cinco céntimos.

Cinco Céntimos sobre mí No soy de escribir mucho sobre mí, aunque dicen por ahí que uno no puede escribir más que sobre sí mismo. Con...