Sunday, February 24, 2013

Yanguanté



Los pies de Yanguanté casi no tocaban el suelo. Su cuerpo se movía en la oscuridad de la selva con la gracilidad de una gacela y la decisión de un jaguar. Sus oídos aguzaban la percepción de otras carreras, detrás de ella, a sus lados, adivinaban intentos de encerronas, acercamientos… Sus fosas nasales dilatadas venteaban entre respiración y respiración el olor de las pieles sudorosas, de las hormonas saliendo por los poros de sus perseguidores… Sus miembros inferiores evitaban el abrazo traicionero de lianas y enredaderas y se movían a una velocidad que se le antojó invisible para cualquier ojo. Yanguanté estaba cubierta de sangre aunque no era consciente de a quién pertenecía ese olor que debía intentar quitarse de encima cuanto antes si quería salvar su vida. Quizás la habían herido en uno de los zarpazos lanzados sin destino fijo, tal vez se había salpicado con la de alguno de los que no habían podido escapar… El ataque había sido fulminante, contra el viento, sin una décima de segundo para activar los músculos. Los depredadores habían saltado sobre sus caderas, precisos, rasgando con sus cuchillos las arterias femorales y los tendones de las piernas… Que alguien cayera daba tiempo a los demás para escapar, pero los depredadores no tenían hambre, estaban cazando para tener reservas y por ello con cada víctima tan sólo se detenía el autor y alguien más que le ayudara a inmovilizar el cuerpo hasta que la sangre acabara de salir y los estertores se detuvieran. Ella sabía que no dejarían de perseguirla, era joven y su carne era tierna y apetecible. No debía pensar en eso, no debía pensar en eso… El sentirse derrotada le quitaba velocidad, no escuchaba con la misma fiabilidad  ni olía de la misma manera. Debía creer que lo lograría, tenía mucha energía, deseos de vivir… como todos. ¿quién quiere morir?
Las carreras se adivinan más cercanas, se escuchan las ramas quebrándose unos metros más atrás. Yanguanté escucha su corazón latir al máximo de revoluciones. Ya no puede ir más rápido… la alcanzan. En cualquier instante se clavará el puñal en su cuerpo, que al menos sea preciso para no tener que sufrir más de la cuenta…
El ladrido de los perros la despierta. Su padre acaba de llegar de la cacería con una jabalí muerta…
http://www.youtube.com/watch?v=tFmncpZcs0U

Booktrailer de la novela "Yo, Úrsula".

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Saturday, February 16, 2013

2ª y última parte de "Amor y Decepción" en Relatos para tí



Manuel dio la vuelta desde el embarcadero pasando por las antiguas piletas de lavar, penetró en un callejón muy estrecho, salió a la carretera para darse cuenta que se había equivocado. Y decidió coger la calle de Los Mosaicos hacia arriba hasta la transversal que llevaba a casa de sus padres. Antes de girar sintió una repentina ansiedad, tan sólo se asomó por la calle que subía hasta la plaza y vio una figura femenina cargada con pesadas bolsas alrededor de la cual correteaban dos chavales. No le pareció familiar aunque salvo que fuesen nuevos en el pueblo, con seguridad les conocía. Sin embargo la postal era alegre y jovial y él no estaba para fingir, entonces decidió continuar por la carretera aunque eso significara alargar innecesariamente el regreso.
Marilúz  se detuvo en seco. Había visto cruzar a alguien por la carretera y se le había producido un nudo en la garganta. Estás loca tía, pensó y reagrupó a su pequeña tropa para cruzar la carretera: Manu a la derecha y Oscar a la izquierda, agarraditos a las asas de las bolsas, ejerciendo un poco más de peso. Ya no sentía los dedos y el plástico parecía ir introduciéndose en la carne, pero sólo le quedaban unos metros para llegar a casa.
A duras penas llegó a la cocina con Daisy, la perra, metiendo el hocico en la compra. Era un animal testarudo, pesado, desobediente y mal educado pero una amiga entrañable de sus hijos a los que despertaba a lambetazos por las mañanas, esperaba sentada en la entrada a que regresaran de la escuela y soportaba estoicamente que la utilizaran de caballo cuando jugaban…
Y su marido que no se enteraba de nada y quería regalar al animal porque había encontrado pelos en el sofá.
Marilúz guardó los productos que necesitaban frío en la nevera y el resto en las repisas… y ni siquiera preguntó si había alguien en la casa. Si estaba, no estaba disponible o no estaba de humor, lo cual era equivalente a no estar.
Manu y Oscar jugaban con Daisy a tirarse una pelota de tenis y la perra corría de un lado al otro intentando atraparla.
—¡Niños… a jugar al patio y tened cuidado con las plantas! —gritó como de costumbre.
Una antigua nostalgia se le instaló en el cuerpo y un aletear de mariposas le hizo cosquillas en su estómago. No sabía cómo había llegado hasta allí y la vida no le estaba resultando como se la había imaginado. El único aliciente eran los hijos. Pero crecen y después vuelan, pensó.
Manuel decidió salir a caminar a primera hora de la mañana y cuando ya hubiese anochecido. Era la mejor manera de cruzarse con muy poca gente o con nadie. El no estar pendiente de los demás le permitiría confeccionar una estrategia para recuperar a su hija. La pequeña no quería verlo porque lo culpaba por haberse ido, o… lo que era mucho más probable: su ex mujer lo había puesto a caldo con su hija y la niña le había creído. Aquel era el primer objetivo, luego vería qué haría con los trozos de su vida que después de aquel naufragio aun continuaban a la deriva. Entró en casa de sus padres con el gesto de haber hecho mucho ejercicio y estar casi exhausto.
—Me voy a duchar —dijo sin dar tiempo siquiera a un saludo; y subió al primer piso donde se encontraba su habitación y el baño.
Marilúz analizó su situación: aquella inmovilidad le crispaba los nervios y la monotonía estiraba sus piernas hacia la depresión. No podía irse de su casa porque corría el riesgo de perder la custodia de sus hijos, de poder superar eso: no podría mantenerlos porque había dejado de trabajar a instancias de su esposo quien quería que se dedicase a cuidarlos y educarlos. Una trampa…, pensó. Una trampa que le había quitado la alegría de subir a la montaña, el placer de pescar en el río o de irse un fin de semana a los puertos a bajar torrentes haciendo rápel. Si eso era ser adulto y asumir responsabilidades: ¡ahogaba! Y por supuesto que era totalmente cierto que los niños no habían pedido venir al mundo pero no era menos verdad que ninguna madre merecía arruinarse la vida por el sólo hecho de haber parido un hijo.
Eran las ocho de la tarde de un día que había sido particularmente suave. Una tenue brisa bajaba por el río y siseaba entre la copa de los chopos. Marilúz acabó de preparar la cena, se duchó, se calzó unos tejanos y una blusa y cogió un sweater por si tenía frío. Su marido veía el fútbol por el canal codificado y los niños una peli de dibujos en su habitación. Salió a la calle y comenzó a caminar hacia la ribera. Al acabar el asfalto escuchó el sonido de la grava bajo sus botas de taco bajo.
No hubo posibilidad de esquivarse, la antigua casa angosta la carretera y su paredes se unen en un vértice a noventa grados. Imposible verse antes de encontrarse. Los dos demostraron sorpresa aunque ninguno estaba sorprendido. Y caminaron juntos y conversaron como si el tiempo se hubiese detenido diez años atrás. Manuel ya no llevaba las manos en los bolsillos, había recuperado la sonrisa y el tono muscular. Marilúz sentía que podía trepar la montaña más alta sin cansarse…
Doce de la noche. Marilúz introdujo la llave en la cerradura. Había luz en la sala. Sobre la mesa del comedor había un plato con sus correspondientes cubiertos y una copa a medio llenar con vino negro. Su marido estaba de pie, apoyado un brazo en el marco de la puerta que dividía el comedor de la cocina.
—No vale la pena ni que te enfades… porque me voy —dijo ella.

Thursday, February 07, 2013

¿Adolescencia?




(Prólogo de la novela "Renascencia")
De manera unilateral, sin previa consulta a la Real Academia, he decidido cambiar el nombre a esa etapa de la vida que comienza en la pubertad y acaba en la juventud. La palabra adolescencia, ubicada entre adolecer y adolorido conlleva la sensación de padecer una enfermedad inevitable que se cura con el tiempo, como la gripe, y que puede paliarse aprendiendo a usar tampones, compresas, cremas depilatorias, maquinillas de afeitar o fumando.
Propongo la sustitución por “renascencia” y un cambio de significado. ¿Por qué renascencia?  Simplemente porque volvemos a nacer frente a una sociedad llena de tabúes, reglas e imposiciones; que se mueve con la lentitud de un mamut.
Renacemos a nuestras personales circunstancias en las que palabras como “justicia” y “equidad”, “tolerancia” y “comprensión” suelen asumir significados contrapuestos.
He desechado “adaptancia”, porque implicaría la aceptación derrotista de que el mundo es así y nada lo puede cambiar.
Si consideramos la tradicional definición de adolescencia como el lapso de tiempo que los individuos necesitan para considerarse socialmente autónomos, deberíamos ampliar la edad en algunos casos hasta la muerte.
Desde el punto de vista sexual, al despertar de la capacidad procreadora se le llama pubertad y los que en verdad adolecemos somos los adultos por no formar e informar adecuadamente a los niños antes y durante ese proceso. Desde el ángulo de las relaciones, la que adolece es la sociedad de una mentalidad retorcida y sucia al no aceptar que la sexualidad es algo inherente al hombre.
Jean Piaget quiso endilgarle a la adolescencia el inicio de la lógica deductiva para resolver problemas complejos, cuando en realidad depende del aprendizaje y la educación.
G. Stanley Hall, director allá por 1909 de la Universidad de Clark (Massachusetts); asignó a la adolescencia la condición de stress emocional debido a los rápidos cambios psicológicos producidos durante la pubertad. Sin embargo la antropóloga Margaret Mead determinaría que este stress es totalmente evitable y que se debe a un problema social.
Si como sostiene el Psicólogo Erik Erikson, el desarrollo es un fenómeno psicosocial que se extiende durante toda la vida y el objetivo del adolescente es pasar de ser una persona dependiente a una independiente, esta etapa debe llamarse de otra manera.
Yo definiría la “renascencia” como aquel período no cuantificable de tiempo en el cual constatamos que podemos relacionarnos con los demás sin dejar de ser nosotros mismos. En el cual aplicamos aquellas cualidades innatas con las que nacimos a problemas concretos y contrastamos los valores aprendidos en la familia o proclamados por la sociedad, para ver si vale la pena portarlos como estandarte.
Y por sobre todas las cosas es la etapa en que nos enamoramos totalmente, completamente y para siempre…

Sunday, February 03, 2013

Relatos para tí: "Amor y decepción"



Lo había intentado, ¡válgame dios si lo había intentado! Y lo único que había conseguido había sido que su alma se arrinconara en lo más recóndito de su cuerpo. Una y otra vez había creado la ilusión de que todo iría a mejor. Pero no había funcionado. Los años habían pasado con una lentitud exasperante y el futuro se mostraba como un túnel negro y sin fin. Ya no podía seguir. Era inútil buscar culpables porque los dos lo eran: uno por acción el otro por omisión. Aquella casa que se suponía sería para toda la vida había quedado a medio construir. El ruido de la cremallera al cerrar la maleta fue el acorde final de una canción desacompasada. ¿Era una decisión valiente u otro acto de cobardía? No lo sabía, de lo único que tenía una completa certeza era que no quería aquello por más tiempo.
Y emprendió el regreso al pueblo, a casa de sus padres, como un perdedor. Les pediría que no le preguntaran nada, que tan sólo escucharan su explicación y le dejaran lamerse las heridas y hacer el duelo por un fracaso.
Y salió a la mañana siguiente a caminar por las calles que lo habían visto nacer, ni siquiera había deshecho el equipaje. El río seguía fluyendo inmutable a las alegrías o a las desdichas de la gente que habitaba a sus orillas, las casas apiñadas contra la montaña apenas habían cambiado en diez años. Las personas se cruzaban y saludaban, preguntándose por el estado de salud de algún enfermo o simplemente se comentaban lo que iban a comprar para la comida del mediodía… Y a  él también lo saludaban pero con extrañeza y se quedaban en silencio hasta que se alejara unos pasos para después cuchichear:
—¿No es el hijo de…?
—¿Aquel que vivía…?
—¿El que estaba casado con aquella…?
Y por supuesto que era extraño verlo así, solo, caminando con las manos en los bolsillos sin ninguna prisa, como quien no va a ninguna parte. Y era raro porque durante diez años sus escapadas para visitar a sus padres se habían convertido en un visto y no visto. Siempre con urgencia, desechando las invitaciones de los amigos para juntarse a beber una cerveza, evitando las fiestas, como si fuese un fugitivo.
Y probó a sacar las manos de los bolsillos pero los brazos le pesaron tanto que volvió a meterlas. Y pensó que quizás no había sido buena idea volver allí pero como un perro apedreado y hambriento no se le había ocurrido ningún otro lugar a donde ir.
Manuel pasó por delante de la brasería y olfateó el aroma de la carne asándose a la leña. No tenía apetito, lo había perdido junto con la sonrisa y el tono muscular. Era como un trozo de bofe con huesos que hacían ruido al andar. Y llegó al embarcadero donde unos niños se divertían pescando en el mismo sitio en el que él lo había hecho hacía… ¿dos siglos?
Marilúz escuchó de la vuelta de Manuel en el súper, mientras esperaba en la cola para pagar. No pudo prestar atención a toda la conversación que dos avezadas periodistas del “boca-oreja”, iban desgranando con cara de chusmas porque sus dos hijos habían decidido utilizar el carro de la compra como barco pirata. Sí, el menor hacía el papel de Jack Sparrow y defendía su galeón del ataque de su hermano.
—¡No!, Manu, deja eso…
—¡Qué sí que me dijo la Tere que apenas sale de casa de sus padres…!
—¡Oscar, no le provoques… qué romperéis algo!
—¿Y lo dejó ella o se fue él?
—Parece que se fue él pero vaya a saber… Yo he escuchado que ella era muy sargento.
—¡Manu!¿Cómo vas pegarle a tu hermano con el paquete de las magdalenas?
Marilúz pensó que los críos la habían hecho poner nerviosa pero siguió excitada aun después de tener la compra embolsada y a buen recaudo. Los niños continuaron su juego en la acera y ella miró en todas direcciones por si aparecía Manuel. Hacía años que no lo veía, habían sido de la misma colla, amigos de siempre que habían compartido la niñez y la adolescencia. Ella sabía que cada tanto él subía al pueblo a visitar a su madre, sabía que tenía una hija, que su mujer era de Barcelona y que vivían allá. ¿Habría engordado? ¿Se estaría quedando calvo?
Es que uno guarda de las personas una imagen en la memoria que trasciende al tiempo y… cuando las vuelve a ver se da cuenta que el tiempo es intransigente con todo lo material. Y eso  incluye a las personas.. Y Marilúz bajó desde la plaza Mayor por la calle de Los Mosaicos hacia el río.
Manuel dio la vuelta desde el embarcadero pasando por las antiguas piletas de lavar, penetró en un callejón muy estrecho, salió a la carretera para darse cuenta que se había equivocado. Y decidió coger la calle de Los Mosaicos hacia arriba hasta la transversal que llevaba a casa de sus padres.

Continuará...

New Realase!!!

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Cinco Céntimos sobre mí No soy de escribir mucho sobre mí, aunque dicen por ahí que uno no puede escribir más que sobre sí mismo. Con...