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2ª y última parte de "Amor y Decepción" en Relatos para tí



Manuel dio la vuelta desde el embarcadero pasando por las antiguas piletas de lavar, penetró en un callejón muy estrecho, salió a la carretera para darse cuenta que se había equivocado. Y decidió coger la calle de Los Mosaicos hacia arriba hasta la transversal que llevaba a casa de sus padres. Antes de girar sintió una repentina ansiedad, tan sólo se asomó por la calle que subía hasta la plaza y vio una figura femenina cargada con pesadas bolsas alrededor de la cual correteaban dos chavales. No le pareció familiar aunque salvo que fuesen nuevos en el pueblo, con seguridad les conocía. Sin embargo la postal era alegre y jovial y él no estaba para fingir, entonces decidió continuar por la carretera aunque eso significara alargar innecesariamente el regreso.
Marilúz  se detuvo en seco. Había visto cruzar a alguien por la carretera y se le había producido un nudo en la garganta. Estás loca tía, pensó y reagrupó a su pequeña tropa para cruzar la carretera: Manu a la derecha y Oscar a la izquierda, agarraditos a las asas de las bolsas, ejerciendo un poco más de peso. Ya no sentía los dedos y el plástico parecía ir introduciéndose en la carne, pero sólo le quedaban unos metros para llegar a casa.
A duras penas llegó a la cocina con Daisy, la perra, metiendo el hocico en la compra. Era un animal testarudo, pesado, desobediente y mal educado pero una amiga entrañable de sus hijos a los que despertaba a lambetazos por las mañanas, esperaba sentada en la entrada a que regresaran de la escuela y soportaba estoicamente que la utilizaran de caballo cuando jugaban…
Y su marido que no se enteraba de nada y quería regalar al animal porque había encontrado pelos en el sofá.
Marilúz guardó los productos que necesitaban frío en la nevera y el resto en las repisas… y ni siquiera preguntó si había alguien en la casa. Si estaba, no estaba disponible o no estaba de humor, lo cual era equivalente a no estar.
Manu y Oscar jugaban con Daisy a tirarse una pelota de tenis y la perra corría de un lado al otro intentando atraparla.
—¡Niños… a jugar al patio y tened cuidado con las plantas! —gritó como de costumbre.
Una antigua nostalgia se le instaló en el cuerpo y un aletear de mariposas le hizo cosquillas en su estómago. No sabía cómo había llegado hasta allí y la vida no le estaba resultando como se la había imaginado. El único aliciente eran los hijos. Pero crecen y después vuelan, pensó.
Manuel decidió salir a caminar a primera hora de la mañana y cuando ya hubiese anochecido. Era la mejor manera de cruzarse con muy poca gente o con nadie. El no estar pendiente de los demás le permitiría confeccionar una estrategia para recuperar a su hija. La pequeña no quería verlo porque lo culpaba por haberse ido, o… lo que era mucho más probable: su ex mujer lo había puesto a caldo con su hija y la niña le había creído. Aquel era el primer objetivo, luego vería qué haría con los trozos de su vida que después de aquel naufragio aun continuaban a la deriva. Entró en casa de sus padres con el gesto de haber hecho mucho ejercicio y estar casi exhausto.
—Me voy a duchar —dijo sin dar tiempo siquiera a un saludo; y subió al primer piso donde se encontraba su habitación y el baño.
Marilúz analizó su situación: aquella inmovilidad le crispaba los nervios y la monotonía estiraba sus piernas hacia la depresión. No podía irse de su casa porque corría el riesgo de perder la custodia de sus hijos, de poder superar eso: no podría mantenerlos porque había dejado de trabajar a instancias de su esposo quien quería que se dedicase a cuidarlos y educarlos. Una trampa…, pensó. Una trampa que le había quitado la alegría de subir a la montaña, el placer de pescar en el río o de irse un fin de semana a los puertos a bajar torrentes haciendo rápel. Si eso era ser adulto y asumir responsabilidades: ¡ahogaba! Y por supuesto que era totalmente cierto que los niños no habían pedido venir al mundo pero no era menos verdad que ninguna madre merecía arruinarse la vida por el sólo hecho de haber parido un hijo.
Eran las ocho de la tarde de un día que había sido particularmente suave. Una tenue brisa bajaba por el río y siseaba entre la copa de los chopos. Marilúz acabó de preparar la cena, se duchó, se calzó unos tejanos y una blusa y cogió un sweater por si tenía frío. Su marido veía el fútbol por el canal codificado y los niños una peli de dibujos en su habitación. Salió a la calle y comenzó a caminar hacia la ribera. Al acabar el asfalto escuchó el sonido de la grava bajo sus botas de taco bajo.
No hubo posibilidad de esquivarse, la antigua casa angosta la carretera y su paredes se unen en un vértice a noventa grados. Imposible verse antes de encontrarse. Los dos demostraron sorpresa aunque ninguno estaba sorprendido. Y caminaron juntos y conversaron como si el tiempo se hubiese detenido diez años atrás. Manuel ya no llevaba las manos en los bolsillos, había recuperado la sonrisa y el tono muscular. Marilúz sentía que podía trepar la montaña más alta sin cansarse…
Doce de la noche. Marilúz introdujo la llave en la cerradura. Había luz en la sala. Sobre la mesa del comedor había un plato con sus correspondientes cubiertos y una copa a medio llenar con vino negro. Su marido estaba de pie, apoyado un brazo en el marco de la puerta que dividía el comedor de la cocina.
—No vale la pena ni que te enfades… porque me voy —dijo ella.

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