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Relatos para tí: "Amor y decepción"



Lo había intentado, ¡válgame dios si lo había intentado! Y lo único que había conseguido había sido que su alma se arrinconara en lo más recóndito de su cuerpo. Una y otra vez había creado la ilusión de que todo iría a mejor. Pero no había funcionado. Los años habían pasado con una lentitud exasperante y el futuro se mostraba como un túnel negro y sin fin. Ya no podía seguir. Era inútil buscar culpables porque los dos lo eran: uno por acción el otro por omisión. Aquella casa que se suponía sería para toda la vida había quedado a medio construir. El ruido de la cremallera al cerrar la maleta fue el acorde final de una canción desacompasada. ¿Era una decisión valiente u otro acto de cobardía? No lo sabía, de lo único que tenía una completa certeza era que no quería aquello por más tiempo.
Y emprendió el regreso al pueblo, a casa de sus padres, como un perdedor. Les pediría que no le preguntaran nada, que tan sólo escucharan su explicación y le dejaran lamerse las heridas y hacer el duelo por un fracaso.
Y salió a la mañana siguiente a caminar por las calles que lo habían visto nacer, ni siquiera había deshecho el equipaje. El río seguía fluyendo inmutable a las alegrías o a las desdichas de la gente que habitaba a sus orillas, las casas apiñadas contra la montaña apenas habían cambiado en diez años. Las personas se cruzaban y saludaban, preguntándose por el estado de salud de algún enfermo o simplemente se comentaban lo que iban a comprar para la comida del mediodía… Y a  él también lo saludaban pero con extrañeza y se quedaban en silencio hasta que se alejara unos pasos para después cuchichear:
—¿No es el hijo de…?
—¿Aquel que vivía…?
—¿El que estaba casado con aquella…?
Y por supuesto que era extraño verlo así, solo, caminando con las manos en los bolsillos sin ninguna prisa, como quien no va a ninguna parte. Y era raro porque durante diez años sus escapadas para visitar a sus padres se habían convertido en un visto y no visto. Siempre con urgencia, desechando las invitaciones de los amigos para juntarse a beber una cerveza, evitando las fiestas, como si fuese un fugitivo.
Y probó a sacar las manos de los bolsillos pero los brazos le pesaron tanto que volvió a meterlas. Y pensó que quizás no había sido buena idea volver allí pero como un perro apedreado y hambriento no se le había ocurrido ningún otro lugar a donde ir.
Manuel pasó por delante de la brasería y olfateó el aroma de la carne asándose a la leña. No tenía apetito, lo había perdido junto con la sonrisa y el tono muscular. Era como un trozo de bofe con huesos que hacían ruido al andar. Y llegó al embarcadero donde unos niños se divertían pescando en el mismo sitio en el que él lo había hecho hacía… ¿dos siglos?
Marilúz escuchó de la vuelta de Manuel en el súper, mientras esperaba en la cola para pagar. No pudo prestar atención a toda la conversación que dos avezadas periodistas del “boca-oreja”, iban desgranando con cara de chusmas porque sus dos hijos habían decidido utilizar el carro de la compra como barco pirata. Sí, el menor hacía el papel de Jack Sparrow y defendía su galeón del ataque de su hermano.
—¡No!, Manu, deja eso…
—¡Qué sí que me dijo la Tere que apenas sale de casa de sus padres…!
—¡Oscar, no le provoques… qué romperéis algo!
—¿Y lo dejó ella o se fue él?
—Parece que se fue él pero vaya a saber… Yo he escuchado que ella era muy sargento.
—¡Manu!¿Cómo vas pegarle a tu hermano con el paquete de las magdalenas?
Marilúz pensó que los críos la habían hecho poner nerviosa pero siguió excitada aun después de tener la compra embolsada y a buen recaudo. Los niños continuaron su juego en la acera y ella miró en todas direcciones por si aparecía Manuel. Hacía años que no lo veía, habían sido de la misma colla, amigos de siempre que habían compartido la niñez y la adolescencia. Ella sabía que cada tanto él subía al pueblo a visitar a su madre, sabía que tenía una hija, que su mujer era de Barcelona y que vivían allá. ¿Habría engordado? ¿Se estaría quedando calvo?
Es que uno guarda de las personas una imagen en la memoria que trasciende al tiempo y… cuando las vuelve a ver se da cuenta que el tiempo es intransigente con todo lo material. Y eso  incluye a las personas.. Y Marilúz bajó desde la plaza Mayor por la calle de Los Mosaicos hacia el río.
Manuel dio la vuelta desde el embarcadero pasando por las antiguas piletas de lavar, penetró en un callejón muy estrecho, salió a la carretera para darse cuenta que se había equivocado. Y decidió coger la calle de Los Mosaicos hacia arriba hasta la transversal que llevaba a casa de sus padres.

Continuará...

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