Sunday, June 08, 2014

Convenciones sociales




Juan quería ser poeta. Le apasionaban los versos, disfrutaba con la música que producen las palabras enlazadas. Se imaginaba que sus poemas serían algún día canciones y recorrerían el mundo repetidos por millones de gargantas.
Un día se lo dijo a su padre.
—Papá, quiero ser poeta.
—¿Y cómo te ganarás la vida, hijo? —preguntó el padre y la cara del niño se ensombreció.
—Mira, creo que lo más adecuado es que estudies una profesión o elijas un oficio, como yo. Eso te hará un hombre de bien. Luego buscas una buena chica como tu madre, a la que le gusten los niños. Te casas y formas una preciosa familia. Te compras una casa, un coche y ves crecer a los hijos, les das estudios y un día te harán abuelo como espero serlo yo… Es la vida.
Juan no volvió a escribir ni un solo verso más. Eso sí, estudió química industrial, entró a trabajar en una gran empresa y gracias a su esfuerzo fue escalando posiciones hasta llegar a jefe. Conoció a una dulce jovencita, se enamoró y se casó. Tuvieron tres hijos adorables, compraron una enorme casa con jardín, un coche familiar y un chalet de fin de semana en las montañas.
Pero Juan siempre estaba inquieto, se irritaba por cualquier tontería y buscaba estar siempre ocupado. Cuando ya los dos pequeños estaban en edad escolar y el mayor en el instituto, la empresa para la que trabajaba  decidió cerrar su planta e irse fuera del país. Juan se quedó sin trabajo. Aunque tenía ahorros y había sido indemnizado, su ritmo de vida lo llevó en poco tiempo a gastar todo lo que tenía.
Juan recorrió sin éxito empresas grandes medianas y pequeñas. La crisis había hecho que todas tuviesen que reducir personal y Juan entró en una depresión profunda por lo que debieron ingresarlo en un instituto de salud mental.
Un día su hijo mayor fue a visitarlo; acababa el bachillerato y no sabía qué hacer con su vida. Aún a sabiendas que quizás no le contestase, el joven hizo la pregunta:
—Papá… —el padre no levantó la cabeza que tenía hundida entre las manos.
—Acabo este año el bachillerato y no sé que hacer…
Hubo unos minutos de silencio. Luego Juan levantó con esfuerzo la cabeza y miró a su hijo desde aquellos ojos hundidos y aguardentosos.
—Busca aquello que te haga feliz. No importa lo que te digan...
Alos pocos meses Juan comenzó a mejorar, dejó la medicación y recibió el alta.  A su última visita al psicólogo acudió con una libreta en las manos.
—¿Qué es esa libreta Juan? —preguntó el terapeuta y Juan sonriendo de oreja a oreja contestó:
—Soy poeta…


Sunday, June 01, 2014

Educar para la libertad



En una finca del Burgá que poca gente conoce, nacieron al mismo tiempo y de diferente madre, dos cabritos: Tizón y Luna.
Tizón nació en el corral cuyo límite estaba dado por dos alambres conectados a un boyero eléctrico. Luna en cambio lo había hecho en medio del bosque, salvaje, quizás producto del viejo dicho que dice que “la cabra siempre tira al monte”.
Un día los dos pequeños se encontraron frente a frente, uno a cada lado de los alambres.
—¡Ven a jugar conmigo! —invitó Luna— Tenemos todo un bosque para correr, saltar y hacer cabriolas.
—Mi mamá no me deja —repuso Tizón— dice que soy un cabrito de granja y debo aprender a comportarme como tal. Además estos alambres están electrificados y no puedo saltar sin tocarlos.
—Vale, tú mismo —dijo Luna y salió corriendo hacia el bosque. Se pasó horas investigando cuevas, corriendo detrás de los pájaros, persiguiendo ardillas y ramoneando cuanta hierba apetecible apareciera ante sus ojos.

Tizón en cambio recibió su ración de pienso, mamó de la leche de su madre y trotó por el corral pero sin grandes desmanes. Debía ser un cabrito educado aunque por dentro sintiese la necesidad de saltar y correr.
Al día siguiente Luna volvió.
—¿No quieres venir a jugar conmigo? Ayer descubrí una cueva hermosísima y hay unas flores que te hacen estornudar cuando las comes…

—No puedo, hoy debo aprender el idioma del granjero que es el que nos da de comer.
Y Luna volvió a correr y saltar por el bosque compadeciéndose del pobre Tizón. Hasta que cuando estaba a punto de comerse un brote tierno y apetecible de hinojo, sintió un olor raro y alarmante que traía el viento. Todo su cuerpo se puso en tensión y lamentó haberse alejado de su madre. Por un instante permaneció tiesa con las patas apretadas contra el suelo. Pero el olor iba en aumento y un click dentro de su cerebro la hizo salir disparada. Y Luna corrió y saltó por sobre matas y argilagas, sin mirar atrás, con la sensación de tener a alguien adherido a sus ancas. Y sólo se detuvo cuando sus fuerzas comenzaron a fallar.
Quizás Tizón tenga suerte después de todo, pensó mientras intentaba recuperar el aliento, en el bosque hay cosas muy bonitas pero también muchos peligros… Los lobos por ejemplo o puedes caerte y romperte una pata y entonces vendrán las aves de rapiña para acabar de matarte… O puedes morder una planta venenosa por equivocación y nadie llamará al veterinario…Y si la primavera es muy seca cuesta encontrar pastos apetecibles o brotes tiernos. Y él tiene su ración de pienso asegurada cada día…
Luna estuvo unos cuantos días pensativa, ramoneando sin apetito y saltando sin entusiasmo. Al fin se decidió a volver a buscar a Tizón. Quizás él quisiera saltar por sobre los alambres electrificados y juntos correrían por el monte. Y si aparecía algún peligro se tendrían el uno al otro para estar alertas y ayudarse. O podía que ella decidiese entrar al corral, no era tonta y era capaz de aprender a ser educada.
A medida que iba acercándose a la granja la desconfianza y el desánimo comenzaron a quitarles fuerzas a sus patas. Para cuando llegó a los alambres, Luna tenía un olor muy feo impregnando sus fosas nasales…
Tizón pendía de un gancho y el granjero había comenzado a quitarle la piel.



Tú decides la educación que quieres darle a tus hijos.
La libertad es peligrosa pero domesticarse es mortal…
 

Viendo como se cocina la próxima guerra

Cuando comencé a recopilar información para escribir la novela "La Fatalidad de la Rosa y el Picaport", título todavía provisional hasta que la acabe, quise entender las circunstancias que llevaron a España a una guerra fratricida y al resto del mundo a un conflicto armado de consecuencias catastróficas. No soy analista político y de todo lo que leí en su día debí hacer mi propia situación de lugar porque deduje que las opiniones de los especialistas estaban teñidas de algún interés político. Hoy me parece que estamos cocinando el mismo guiso, ojalá me equivoque pero si es así quizás sea el momento de que abramos los ojos porque ya sabemos lo que pasó. Os ofrezco los ingredientes que a mi modesto modo de ver se dieron en la década del 30 y os animo a comparar con lo que está sucediendo ahora:
  • Incremento de la desigualdad social y económica.
  • Ignorancia tolerada y provocada.
  • Grandes privilegios para algunas castas encumbradas en el poder.
  • Aparición de grupos que representaban el descontento.
  • Aglutinamiento de sectores violentos que veían en la destrucción del sistema la solución de todos los males.
  • Pérdida de poder de los partidos de derechas con su consiguiente radicalización hacia el fascismo.
  • Aumento de poder de la izquierda con la consiguiente afiliación de los sectores más radicales.
  • Aparición de los nacionalismos como aparente solución para la defensa de los intereses comunes de una nación o pueblo.
  • Demonización por parte de la maquinaria capitalista de todos los sectores no afines a sus intereses.
  • Financiación y ensalzamiento de pseudo líderes (paranoicos, egocentristas, iluminados) que introducidos en los movimientos peligrosos para los poderosos, los pudrieron por dentro desviándolos de sus objetivos iniciales.
  • Aparente triunfo de la democracia con partidos radicalizados que quisieron tomar represalias contra los encumbrados y lo único que consiguieron fue incrementar el odio.
  • Reacción de los poderosos a través de una guerra y recuperación del statu quo.


Las técnicas empleadas para la cocción son la de la olla de presión, el baño maría, el chuf chuf a fuego lento y el wok a toda pastilla. El plato acabado tiene propiedades empobrecedoras, resignativas y depurativas. Y lo que es peor: el combustible que se quema es el pueblo y el manjar se lo siguen comiendo los mismos de siempre.

Friday, May 30, 2014

Jet Lag



Las ciudades tienen la capacidad de ir mutando sus puntos de máxima afluencia de público. Una zona que otrora era muy demandada por los comerciantes, debido al incesante paso de peatones, se transforma en poco tiempo en un páramo por donde tan sólo revolotean palomas, papeles y bolsas de plástico empujados posiblemente por el aire que producen las alas de las palomas. Yo viví  casi treinta años en una ciudad y si bien asistí a este fenómeno muchas veces, nunca me llamó la atención. La ciudad te hipnotiza.
Luego me fui. Cambié todo lo que se puede cambiar en una vida menos los afectos. Entre esos cambios estaba el conglomerado de edificios por uno de montañas y pinares, mar, caletas y playas pequeñas.
Y un día volví a aquella ciudad. No para quedarme, tan sólo para completar unos trámites. No habían pasado veinticuatro horas de mi arribo cuando se me estropeó el reloj. Ha de ser la pila, pensé mientras intentaba recordar las relojerías que había conocido durante el tiempo que había vivido allí.
En aquella época existía una calle en la que casi todos los negocios eran o relojerías o joyerías, luego con las sucesivas crisis muchos se transformaron en compradores de oro y timadores de incautas ancianas que habían acumulado joyas en tiempos de bonanza. La calle desembocaba en pleno corazón financiero de la ciudad y a mí me quedaba a un tiro de piedra.
En términos generales las películas del lejano oeste donde se muestran pueblos fantasmas, me parecían un tanto exageradas. Eso de escuchar los carteles chirriando, ver pasar bolas de ramas empujadas por el viento… Acabo de corregir porque había escrito “me parecen un tanto exageradas”. Después de transitar la calle de las antiguas relojerías, no me lo parecen tanto: Suciedad, casi el ochenta por ciento de los locales cerrados y carteles ya casi ilegibles que indican “Se vende”, “Se alquila”… Es triste ver que los pocos comercios que quedan se debaten entre el cierre y la decrepitud sin saber cual de las dos llegará primero.
A pesar de la melancolía yo seguía necesitando una pila para mi reloj de pulsera. De repente entre un parking que antes no existía y las oficinas vacías de una empresa con aires de grandeza, sólo aires; encontré una relojería que me resultó muy conocida. Mi abuelo solía llevar allí su reloj de bolsillo para limpiar y aceitar. Pensé de inmediato y con beneplácito que las cosas buenas perduran en el tiempo. Yo siempre iba a remolque de mi abuelo que tenía las piernas larguísimas y a pesar de que ya era anciano y yo un niño no podía seguirle el ritmo. Luego de retirar o dejar el reloj nos íbamos juntos a un bar donde hacían los mejores cafés con leche del planeta y unos entrepanes tostados que quitaban el aliento. Me quedé de pie en la acera de enfrente porque mi cerebro logró hasta rememorar y reproducir el aroma de los bocadillos calientes y la combinación con el café con leche que llevaba espuma arriba y a mi abuelo le dejaba el bigote manchado de color crema. Y hasta me pareció ver al viejo de manos huesudas pero tiernas, empujar la puerta de la relojería con una mientras con la otra extraía el reloj del bolsillo de su chaleco.
¡Ostras lo que es  la memoria!, pensé con una gran emoción. Después de tantos años podía reconstruir la fisonomía de mi abuelo; aunque no estuviese totalmente convencido de que fuese realmente él. En medio de aquel pensamiento escatológico, mis piernas cogieron el gobierno  de mi persona y me introdujeron en la tienda. Quizás lo que querían era lo mismo que el resto de mi cuerpo: una pila para el reloj de muñeca. Y hago aquí un inciso para quienes no han viajado demasiado entre paralelos y meridianos. Los meridianos con algún ajuste son los que marcan los husos horarios. Por ello si debes desplazarte hacia el este u oeste y el vuelo dura mucho tiempo es probable que no te cuadre la hora cuando llegues y tengas hambre cuando no toque, sueño cuando no corresponda… En términos  actuales le suelen llamar jet lag  pero le iría  muy bien cualquier otro nombre, como “gran putada”, por ejemplo porque prácticamente te deja inhabilitado durante unas horas o días. Pues aquel jet lag a mí me traía de cabeza: me había despertado a las tres de la madrugada sin sueño, tuve hambre a las cuatro de la tarde y me dormía de pie a las nueve  de la mañana como si hubiese trasnochado. Y ni siquiera sabía si mi reloj se había estropeado por la hora de España o de Sudamérica.
A este fenómeno de jet lag achaco lo que voy a contaros, aunque he de decir en defensa de lo misterioso: que el reloj funciona perfectamente.
Al entrar en aquel comercio dieron exactamente las diez de la mañana y casi enloquezco por el ruido. En las paredes había colgados cientos de relojes de péndulo y de cuco, de cadena y pesas, eléctricos, electrónicos y contra las paredes descansaban grandes relojes de pie. Y todos marcaban con exactitud la misma hora. Cuando al fin cesó la barahúnda me acerqué al mostrador donde una cabeza calva y gacha se concentraba en el vientre metálico de un reloj de cuerda.
—Necesitaría cambiar la pila… —dije casi temeroso de que por mi culpa le saltasen las tripas de engranaje al enfermo.
No me contestó, tan sólo una mano que sostenía una pinza señaló hacia la izquierda. Yo obediente caminé un par de metros en esa dirección.
El otro relojero tenía el cabello largo, canoso y despeinado; los dos extremos, pensé. Una barba gris desaliñada intentaba cubrir a empujones su piel macilenta. Llevaba unas gafas gruesas tan pasadas de moda que  y debido a lo cíclico de ésta, quizás en un par de años volverían a ser el último grito. Un monóculo de joyero adherido al armazón le concedía un aspecto irreal como de personaje de La Guerra de las Galaxias. Casi me río en su cara al ocurrírseme que si lo aislásemos del entorno parecería el director de una orquesta de hormigas.
El hombre tenía modales  delicados y hablaba en una voz casi inaudible. Pensé que quizás el hecho de trabajar con un principio tan poderoso, destructivo y letal como es el tiempo, lo había transformado en un ser tan considerado y cauteloso.
—Quisiera cambiar la pila… —repetí y mi voz pareció infantil, como cuando acompañaba a mi abuelo y le pedía que me levantara para poder ver del otro lado del mostrador.
El relojero extendió la mano con la palma hacia arriba y yo coloqué mi reloj en ella. Mientras esperaba se me ocurrió una frase que me pareció genial para definir a aquel oficio: “especialistas en las entrañas de la máquina de dios, conocedores de los engranajes que hacen latir la vida en los vientres de acero”
—No se crea, nada tiene que ver la vida con el tiempo —dijo el relojero y me quedé perplejo. Quizás en mi alteración por el jet lag había dicho la frase en voz alta. Por eso tuve mucho cuidado cuando pensé que al salir de allí me gustaría volver a recorrer el camino que hacía con mi abuelo, ir hasta aquel bar que no sabía siquiera si existía todavía, sentarme en un reservado con sillones de cuero y pedir un zumo de naranja exprimido, un café con leche con mucha espuma y un Carlitos especial como se llamaba aquel sándwich tan rico.
—La Granja Bahía todavía existe, puede que haya cambiado un poco pero no mucho —dijo el relojero extendiéndome mi reloj ya recargado con su pila nueva.
—¿Cuánto le debo? —balbuceé mientras intentaba asegurarme de haber sólo pensado y no haber abierto la boca.
—Son cuarenta pesos… a precio viejo.
Saqué el dinero de mi cartera, se lo puse sobre el mostrador y salí de allí como hipnotizado.
Las últimas indicaciones rebotaban en mi cabeza como una pelota de ping pong: “cuando llegue a la peatonal gire a la izquierda, doscientos metros y a la derecha…”
Peatonal… peatonal… a la izquierda… no me es familiar, ¿y si voy a la derecha?, ¿no me habrá dicho derecha?..
—¡Maldito jet lag! —exclamé y una mujer gorda y vieja que llevaba un pañuelo atado en la cabeza me miró con cara de compasión.
Al final cogí a la izquierda, hice los doscientos metros y al llegar a la segunda esquina giré a la derecha. De repente los edificios me resultaron familiares, eran viejos y aquel trozo de calle había permanecido con sus adoquines originales. No había caminado más de cincuenta metros cuando reconocí la fachada. Tenía unos cerámicos de color granate que yo no recordaba hasta que volví a verlos. En una de las paredes había dos palmeras pintadas y en la entrada un cartel escrito con tiza de varios colores que rezaba: “Batidos, jugos naturales, cocktails tropicales”
Entré conteniendo la respiración y me dirigí hacia uno de los reservados con sillones de piel marrón y altos respaldos que oficiaban de separadores. Observé cómo se acercaba un camarero de impecable chaquetilla blanca y pajarita negra cerrando el cuello de la camisa. Me repetí para mi mismo lo que deseaba: “un zumo de naranja exprimido, un café con leche y un carlitos especial con doble de queso”.
Cuando llegó hasta mi mesa me quedé mudo. Aquel hombre se parecía extraordinariamente al que siempre nos atendía a mi abuelo y a mí. ¿Sería su hijo? Las mismas entradas en la cabeza, el mismo talante de quien hace algo que le agrada, el mismo tono de voz e igual gesto atento, semi inclinado hacia mí mientras esperaba la orden. Pero a mí no podía engañarme. El viejo camarero de hacía casi cincuenta años tenía un tic que a mí me divertía mucho y al que solía imitar en casa: mientras atendía a sus clientes llevaba una servilleta blanca colgando del brazo y cada cinco segundos  la tocaba con la otra mano como para asegurarse que seguía allí.
—Si desea desayunar puedo recomendarle nuestras medias lunas recién horneadas —me dijo luego de haber intentado con los batidos, licuados y zumos.
—Un zumo de naranja, un Carlitos especial y un café con leche estará bien —dije de un tirón y observé su brazo derecho. La servilleta blanca pendía de él cuidadosamente doblada. Y conté: un, dos, tres… La mano izquierda se movió y acarició la tela para asegurarse que seguía allí.
—Como usted desee… ¿le traigo el zumo antes o junto con el café con leche y el carlitos?
Cuando el efecto del jet lag se pasa y uno duerme de un tirón toda la noche parece que el alma volviera a habitar en nuestro cuerpo. Me desperté con una sensación esplendorosa de haber descansado y fui hasta la cocina donde mi tía preparaba unas tostadas para desayunar.
—¿Llevaste a cambiarle la pila al reloj? —me preguntó mientras servía café recién hecho en dos tazas.
—Sí, ayer —dije sacudiendo la muñeca y estuve a punto de contarle lo extraño de los sucesos pero me contuve. Bebí el café, comí dos o tres rodajas de pan tostado con mantequilla y mermelada casera, me vestí y me eché a la calle. Quería comprobar que el relojero no leía la mente y que el camarero no era el mismo de cuando yo era niño.
Apuré el paso por la antigua calle de las joyerías, pasé por delante de las oficinas vacías de la empresa con “aires” de grandeza y… mis pies se quedaron atornillados al piso mientras mi cabeza intentaba razonar. Las vitrinas y la puerta de la relojería donde había estado el día anterior se hallaban tapizadas con papel.
¿Habrán cerrado de un día para otro?, me pregunté mientras me acercaba. Pero el papel de periódico que cubría los vidrios estaba amarillento, despegado en varios sitios y los cristales sucios como si hubiesen pasado años desde la última vez que los limpiaron. Me acerqué a la puerta y la empujé, estaba cerrada a calicanto. Espié a través del cristal y dentro tan sólo estaba el mostrador, el mismo en el que yo había estado apoyado el día anterior. Ningún reloj en las paredes, el suelo estaba lleno de polvo y detrás de la puerta había cientos de cartas que nadie había recogido.
—No puede ser —dije mientras volvía a empujar la puerta para cerciorarme de que no se trataba de un poltergeist.
Entre temeroso y asombrado aceleré el paso hacia la Granja Bahía pero a medida que caminaba me iba percatando que los detalles no eran los mismos. Comenzando por el aroma, habían desaparecido las vendedoras de chipá en las puertas de los negocios importantes, y donde el día anterior había un emporio del plástico, hoy sólo existía un despojo negro y retorcido. Pensé en comprarme unos zapatos en algunas de las zapaterías de calle San Luis pero visto lo visto desistí porque no sabía si aquello desaparecería también y yo me quedaría sin calzado y sin dinero.
Después de los doscientos metros de peatonal que me parecieron más sucios y abandonados que la mañana anterior  y en los que había creído ver muchos más locales abiertos; mis pasos se hicieron más cuidadosos a la espera de pisar los adoquines relucientes y también resbaladizos, pero el suelo continuó plano y liso. Entonces bajé la vista y temí haberme equivocado de calle. Allí había asfalto y no era nuevo. La granja Bahía se adivinaba tras una valla de hierro y madera que con seguridad hacía años estaba allí. Alguien había comenzado obras pero tan sólo de demolición.
¿Cómo podría describir los sentimientos que me abordaron?
Diría que lo más parecido es estar en el andén de una estación de rodarías, muy cerca de la línea amarilla que indica la prohibición de acercarse a las vías, y… Que te pase un tren de alta velocidad por delante sin que te des cuenta que se aproxima.
Me encaminé a casa de mi tía con la misma sobriedad de quien se ha bebido unas cuantas cervezas. Me hice un lío con la numeración de la calle. No recordaba si el número del edificio era 654 o 465 pero llegué al 122 y no encontré una fachada conocida. Volví a subir por la calle 9 de Julio y el 465 era la acera opuesta a la que recordaba, por tanto debía ser el 654. Apuré el paso y a medida que me iba acercando la desesperación se apoderaba de mi persona. Entre los números 652 y 664 reposaba el esqueleto de un edificio en construcción. Allí obviamente no vivía mi tía ni tenía yo mi maleta con los papeles, la ropa y el dinero.
—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! —me escuché gritar a mí mismo.
—¿Estás bien?
—Creo que sí, ¿qué hora es?
—Es casi hora de cenar…
¡Maldito jet lag!

Saturday, May 17, 2014

Continuemos en la cocina...

Muchísimas lecturas y pocos comentarios. Eso es bueno. mucha gente que creía saberlo todo comienza a descubrir que quizás no
sabe nada. O quizás supone que sabe. Es decir: mi abuela me dijo que el rabo de toro de lidia cocinado en cazuela de barro es una delicia. El que yo he probado no era de toro de lidia, no estaba cocinado en cazuela de barro, pero igual me supo a delicia. ¿Será por mi abuela? Puede...
Cuando escribes una historia original de la que nadie ha escuchado hablar, te arriesgas a romper arquetipos. <y las personas se sienten seguras con los arquetipos^. Si yo digo que mi abuelo era fascista durante la guerra civil española, me colgaréis una etiqueta de derechas pero si afirmo que mi otro abuelo era anarquista en Italia, dudaréis...
Por ello la cocina que funde los gustos de todos: la pizza italiana, como me la enseñó mi abuela siciliana, la cocina de mi madre gallega y mis propios agregados...
En literatura como en la comida los gustos son cambiantes. Ahora se pone de moda la novela erótica y todo dios a leer y escribir novela erótica. Hace unos años pasó con la novela histórica e Isabel Allende, luego con la Rowlings y Harry Potter en infantil juvenil y después con el furor de Crepúsculo. ¿Qué hace que una novela tenga tanto éxito? ¿Es su autor un superdotado o un suertudo que ha estado en el lugar justo y el momento oportuno? Pues no, nada es tan aleatorio en el mundo económico...
Como decía más arriba, cuando escribes una novela original, te arriesgas a romper arquetipos. Y eso molesta al lector. Pero quizás tu temática entra dentro de un nicho de mercado que hace tiempo no se explota y algún visionario o experto en marketing encuentra que puede llegar a sacarle provecho. Si tiene razón, te habrás convertido en el nuevo Dan Brown. ¿Así de simple? Pues si lo consideras simple, es así de simple. El problema de las editoriales españolas o hispanoamericanas es que usan anteojeras. ¿Anteojeras? Sí, como los caballos que tiran de un carro. Las anteojeras evitan el temor de mirar con amplitud un mercado de más de mil millones de personas hispano parlantes y al mismo tiempo no permiten visualizar oportunidades de mercado. Todo es copiar y pegar. Es decir que si los yanquis sacan 50 Sombras de Grey porque han investigado que hacía mucho que no se editaba novela erótica... los españoles compran 50 Sombras y piden a sus escritores que escriban sobre esa temática. En realidad debería ser al revés pero es más sencillo subirse al carro del vencedor y no darle importancia al mercado que se tiene.
Esto es una excelente oportunidad para las pequeñas editoriales con miras amplias aunque serán copiadas en muy poco tiempo si llegan a tener éxito. Un ejemplo: Àrbora Books invierte su esfuerzo en una colección de libros infantiles dedicados a promover el patrimonio histórico y cultural de les terres de L'Ebre, menos de cinco meses después un prestigioso periódico decide publicar ocho obras infantiles de sus bazas super mega reconocidas pero no por literatura infantil. ¿No era que los niños de hoy no leen?
A ver que no es una queja, cada uno puede hacer lo que buenamente le de la gana mientras el juez no lo considere ilegal. Eso sí, chavales de otras cocinas literarias, a ver si ponéis una poca de imaginación y dejáis de copiar burdamente...

Thursday, May 01, 2014

Todos nos quejamos y todos tenemos razón… pero no es suficiente.




La historia va precipitando los hechos y se nos muere Gabriel García Márquez y Gerard Vergès casi al mismo tiempo. ¿A que se parecen? Podrían ser hermanos aunque quizás sean dos personalidades contrapuestas… como muchos hermanos. A Gabriel García Marquez, Rafael Narbona lo pone a parir como un pesetero, chupaculos y advenedizo http://rafaelnarbona.es/?p=7372 pero sus libros se han vendido como rosquillas y su fortuna está guardada a muy buen recaudo sin saber cuánto acumulaba. En cambio Gerard Vergés, que también ostenta unos cuantos logros que  copio del periódico La Vanguardia: 

Tortosa (Tarragona). (EFE).- El poeta tortosino Gerard Vergés falleció anoche, pocos minutos después de las 23 horas, a los 83 años, según ha informado hoy el alcalde de Tortosa, Ferran Bel.

Nacido en Tortosa en 1931, Vergés recibió la Cruz de Sant Jordi en 1997, fue farmacéutico y profesor universitario, además de escritor, y su primer libro publicado, el poemario 'L'ombra rogenca de la lloba' (1981), ganó el Premio Carles Riba de poesía.

Como traductor, destaca su versión de los sonetos de William Shakespeare ('Tots els sonets de Shakespeare', 1993, premio Serra d'Or de traducción poética en 1994).

Su poesía completa fue traducida al castellano de la mano de Ramón García Mateos en el volumen 'La raíz de la mandrágora (2005)'. También fue colaborador habitual del diario 'Avui' y columnista del semanario 'L'Ebre', y una parte de estas colaboraciones las recogió en 'Alfabet per a adults'.

Miembro de la Real Academia de Farmacia de Catalunya desde 2001, el 22 de mayo de 2009 recibió de manos de Ferran Bel la Medalla de Oro de la ciudad de Tortosa (ya disponía de la Medalla de Plata, otorgada durante la alcaldía de Vicent Beguer).

Además del Carles Riba, Vergés fue galardonado con el premio Josep Pla en 1985 por 'Tretze biografies imperfectes', y cinco años más tarde recibió el Premio Josep Vallverdu por 'Eros i art', mientras que en 1994 obtuvo el Premio de la Crítica Serra d'Or de traducción poética por 'Tots els sonets de Shakespeare'.

Precisamente este Sant Jordi su último poemario, 'El jardí de les delícies', ha sido uno de los títulos más vendidos en las Tierras del Ebro.

La última frase no me consta (El jardí de les delícies com a llibre més venut a les terres de L’Ebre)  y ya hubiese querido que la gente tuviese esa finura y delicadeza para despedir a alguien que se lo merece. No creo que su fortuna sirva para que nadie se pelee por ella.
Sin embargo esto es anecdótico y no devolverá la vida a ninguno de los dos citados... Pero quizás nos servirá de reflexión.
Dicen que el éxito sube por las escaleras y el fracaso baja por el elevador. Pero nada es blanco o negro sino una infinita gama de grises y hay éxitos que suben por elevadores y fracasos que bajan llorando por las escaleras. Gabriel García Márquez no tenía futuro alguno como escritor, es más: debió autopublicarse para poder vender algo y cuando vio la posibilidad de ser rémora, lo hizo y lo hizo bien. Gerard Vergés era farmacéutico por lo que no le hacía falta escribir para vivir. Y se sabe que el hambre o la penuria afila la inventiva hasta el infinito.
Hace unos días tres amigas escritoras se quejaban por razones diferentes. Las tres están muy bien conceptuadas pero es evidente que su situación no las halaga, más bien las maltrata. La una se lamentaba de que después de haber fichado para una gran editorial no sólo se sentía como una esclava, cobraba menos que cuando era independiente y debía pagarse sus propias promociones. La segunda que siempre ha sido independiente protestaba de la exposición del artista ante los filibusteros (pagados o no), de las redes sociales con la consecuente reducción de ingresos. Y la última se quejaba amargamente de la falta de profesionalidad de correctores, editores y agentes de pago y de la necesidad de que un escritor se convirtiese además en maquetador, diseñador, corrector y publicista https://www.facebook.com/mpintomaldonado?hc_location=timeline.
Por último, ha crecido la idea sobre una teoría de la conspiración  entre los autores que habiendo comenzado como independientes fueron fichados por una editorial (en general Tagus, Ediciones B, Roca Editorial y otras y han soportado un descenso de sus ventas y posiciones en los rankings que no tienen explicación alguna. Y se quejan claro está, con razón.
Pues no me cierra la situación porque Gabriel García Márquez  ganó mucho dinero acercándose al poder y los autores independientes lo pierden cuando se acercan a él?
Si miramos las grandes modificaciones que ha hecho el Grupo Atresmedia que incluye Planeta por perder un puesto en el ranking de editoriales y la ofensiva de Random House Mondadori que ha comprado Alfaguara, podemos llegar a la conclusión  que la C.I.A. tiene menos presupuesto que esta gente. ¿Qué les costaría entonces encumbrar a un autor que apunta maneras para después comprarlo y eliminarlo de las listas?
Pues casi nada. Pero ¿qué ganarían?
Ellos tienen sus bazas que ya les generan millones de euros. Lo que hacen es limpiar el camino. En el caso de Gabriel García Márquez utilizaron su poder en contra de Mario Vargas Llosa. Gerard Vergés no valía la pena desde el punto de vista económico.
¿Estupefacto?
¿Impresionado?
No te sientas mal porque hasta en el yoghurt que comes por la mañana pasa lo mismo.
Me decía un amigo hace unos días: —la solución es destruir todo y empezar de nuevo.
Yo no estoy de acuerdo: Las revoluciones adelantan 15 años en un sólo día  y atrasan 500 años en un minuto.
La solución pasa por construir otro orden de cosas paralelo, pasa por el hecho de que la gente sea más consciente: educación contra la ignorancia, educación contra la maldad, educación contra la indiferencia. No compres libros que no sean de autores locales, compra publicaciones de editoriales pequeñas, que no existan en las listas de las grandes corporaciones... No es suficiente quejarse con razón, siempre podemos hacer algo aunque sea sólo negarnos....   

Cocineros de sueños. Mi cocina de autor literario.




Anoche estaba viendo Master Chef (que por cierto es el único reality que miro) y pensé que nosotros, los escritores, somos una especie de cocineros de palabras para saciar el hambre del espíritu o para satisfacer el apetito de relax de mentes estresadas. Y por qué no quizás también en algunos casos para acariciar espíritus sibaritas que disfrutan con la levedad de un vocablo o el colorido de una imagen creada a partir de letras ordenadas de una cierta manera.  Algunos llegan a chefs. No son todos los que están en la foto ni están todos los que son.
Yo cocino letras desde hace mucho tiempo con diferentes resultados y la bondad de mis comensales ha hecho que en el peor de los casos guarden silencio. Quizás no he destacado lo suficiente para crearme verdaderos enemigos que descuarticen mis escritos o tal vez los grandes tiburones de la crítica no han llegado a pasar por mi cocina.
A vosotros, los que guardáis silencio cuando uno de mis platos tiene demasiada sal o los sabores son difíciles de asimilar, os doy un pase libre a mi cocina.
Así como en otra entrada os he dejado husmear en mis fogones y probar algunos trocitos de mis recetas. Hoy comenzaré con algunas preparaciones literarias. No significa esto que sean las mejores, tampoco que a vosotros os dé el mismo resultado que a mí pero quizás os ayude a mejorar o a comenzar o a replantearos algo.
La primera pregunta que me viene a la mente mientras me anudo el delantal es:
  • ¿Vale la pena escribir?—me pregunto y mi otro yo responde: —¡Qué va!, una novela promedio de 300 páginas cuesta cuatro meses mínimo de construir trabajando a destajo, sin tener en cuenta corrección, maquetación, portada, distribución y promoción. Cuatro meses de trabajo son unas 960 horas y el promedio de una faena especializada sin tirar a lo alto es de unos 10€ la hora. Yo no he ganado todavía 9600€ por una novela.
  • Quizás lo segundo que debería preguntarme es: ¿qué quiero decir? A veces toda una novela se basa en una sola frase, pero es importante saber el mensaje de lo que quiero transmitir. También hay recetas que podemos seguir pero en general el ingrediente secreto no lo dice nadie. Una regla que no recuerdo de quién es dice: si escribes un cuento empieza casi por el final. Funciona pero como casi todas las series de televisión ya lo hacen, deja de ser original.
  • Lo tercero que es bueno pensar es: ¿a quién va dirigido lo que estoy por escribir? Porque en realidad todos estamos demasiado ocupados para leer lo que escribe un ilustre desconocido. En especial si tiene más de treinta líneas por lo que en este post hasta aquí llega tu atención.
  •  Y es importante si cojo la escritura como un oficio y pretendo vivir de ella. Esta pregunta, realizada y mal interpretada por muchos autores famosos, ha dejado muchas perlas. — ¡Yo escribo y el que quiera leerme que me lea! —ha dicho más de un consagrado (y yo lo he borrado de mi lista). Pero no se trata de eso. Se trata de pensar si lo que pienso escribir es para mi propio disfrute, si es el desahogo de una emoción o de un pensamiento que me agobia o si por el contrario va dirigido a un lector que no me conoce y debe utilizar su propia imaginación y entendimiento para interpretar lo que quiero decir. Por supuesto estamos hablando de lectores que no leen por snobismo, por moda o por jactarse de conocer tal o cual libro.
    A estos últimos se les podría obligar a comprar un libro de la misma manera que compran un jean, un donut o un condón con gusto a tinto de verano.

En otras entradas hablaré de cómo saber si un tema es interesante, qué aditivos debería incluir la historia para que tenga la posibilidad de gustar más, cómo comenzar y en que parte del hilo conductor. Por ahora centrémonos en estos dos puntos:


¿Qué quiero decir?
¿A quién va destinada la historia?

Sunday, February 23, 2014

Entrevista a Ricard Corlëon

Una de mis funciones como asesor editorial de Àrbora Books es buscar escritores que puedan ser atractivos al público lector. Al comienzo parece tarea fácil porque hay miles de escritores deseosos de publicar sus historias. El problema es si hay miles de lectores dispuestos a leer lo que ellos escriben. Por supuesto que si hablásemos de Dan Brown, Paulo Cohelo y algunos otros afortunados, no haría falta hacer un estudio de mercado, ellos se venden solos. Pero no podemos de momento afrontar sus cachets y por lo tanto habremos de dirigirnos a escritores menos conocidos aunque no necesariamente menos buenos. Y hoy me ha tocado realizar una entrevista que me resultó al menos inquietante. Se trata de Ricard Corleön, un escritor que se define a sí mismo como un "boy" de la literatura contemporánea. No quiere fotografías, se cubre casi toda la cara con unas enormes gafas de sol y vive en una urbanización de Sant Jordi de Alfama que en invierno al menos produce un poco de temor por lo poco habitada. LLegamos hasta allí por un camino que deja bastante que desear pero la casa que surge entre un pequeño grupo de pinos parece de lo más acogedora. La planta baja ya es como un primer piso debido a que seguramente se ha aprovechado el nivel del suelo y el subsuelo para cocheras, almacenes y algo más que no sabemos qué es.
Ricard Corleön nos recibe en la amplia terraza a la que da su salón de estar. Afuera está fresco y hay humedad, llueve un agua muy fina que te empapa la ropa sin apenas darte cuenta. Cuando entramos nos obliga a descalzarnos. Miro mis calcetines con desesperación y me tranquilizo al ver que están sanos. El suelo es de madera y la sensación en los pies es agradable, cálida. Pienso en mi casa con sus baldosas frías y decido que cuando pueda cambiaré a parquet flotante. En el centro del salón hay un hogar enorme en el que chisporrotean varios troncos. El interior se siente confortable, ni excesivamente cálido ni incómodamente frío y lo mejor... bastante seco.
Esperábamos que nos invitase con un café o una infusión pero delante de nosotros abre una botella de vino negro, un Terra Alta col-elecció privada del 2002.
—¡Cámaras fuera! —exclama y un asistente muy amable pero muy firme nos pide que inactivemos hasta los móviles. No parece un acto de represión sino un signo de intimidad.
—Me pagan mucho dinero por no existir... o al menos por no aparecer en las portadas de las revistas...—dice sentándose en un sofá de piel blanco.
Yo, que soy proclive a creer en las teorías de la confabulación me imagino a Dan Brown o a Zafón dependiendo de lo que se le pase por la mente a nuestro Ricard Corleön... La realidad es que aquel tío gana dinero y mucho escribiendo para otros que se hacen famosos o ya son famosos pero incapaces de ligar cuatro frases seguidas...
—El oficio del "negro" en literatura, viene de la época medieval —me dice escanciando vino en unas copas cuyo pie es como una gota de vino derramada.
—Sí, pero la remuneración... —objeto con conocimiento de causa.
—Las cosas cambian y hoy por hoy a las editoriales multinacionales les es más fácil pagar cien mil euros por una novela de cuatrocientas páginas a un "negro" de confianza que apostar por lo que piense un autor "consagrado", borracho, drogado y exhausto de atender fiestas, galas y presentaciones...
—¿Y usted para quién escribe? —pregunto sabiendo que es improbable que conteste.
—Si se lo dijese perdería credibilidad delante de mis clientes, pero puedo ponerle sobre la pista de algunas obras...
—¿A sí? —cuáles por ejemplo.
—No le diré nombres pero sí le contaré un secreto que le permitirá deducir cuáles obras he escrito yo...
—¡Vaya primicia!, ¿nos permite grabarla en vídeo?
—¡No!
—Vale... —dejamos las manos quietas y aguzamos el oído porque sería el único medio de registrar la conversación.
—Nunca acabo mis historias...
—¿Cómo dice?
—Lo que habéis escuchado... Nunca acabo mis historias, llego hasta el nudo y desarrollo parte del desenlace, pero el final se lo dejo al autor, el que recibirá el crédito... y por el cual me pagan.
De golpe y sin aviso comenzaron a acumularse en mi cabeza los títulos de libros que parecían excepcionales hasta casi el final y luego se acababan en unas cuantas frases bobas que representaban no tener nada que ver con el resto de la narración. Y no digo nombres porque no quiero recibir cédulas judiciales por algo que me reveló un hombre que vive en las sombras...
—¿Y podría decirnos cuánto gana anualmente con esta profesión? —pregunto más por morbo propio que por interés periodístico.
— Ahora se ha reducido un poco pero podría decir que entre cuatrocientos y quinientos...
Allí se me fue la pinza porque deduje que de ganar cuatrocientos o quinientos euros mensuales no había manera de mantener el tren de vida que llevaba y esa casa y que por necesidad debía tener otros ingresos...
—Bueno, puede que llegue a los seiscientos mil euros anuales si cuento algunos artículos...
Y la nao de mi especulación recibió un cañonazo en plena popa que desarboló todo el velamen.
—¿Seiscientos mil euros mensuales por escribir para otro? —se me escapó la pregunta.
—Anuales, no mensuales ¿Le parece poco?
—No necesariamente...
—Pues no crea que es mucho teniendo en cuenta que yo produzco los éxitos por los que tanto "autor" y editores ganan millones y millones de dólares y no pensemos en las historias que se transforman en películas porque yo no recibo nada pero los derechos se pagan como mínimo a un millón de euros...
Yo comencé a dudar que aquel tío fuese un loco, pero... ¡qué bien vivía! Sin embargo decidí que o sacaba provecho de aquella entrevista o desenmascaraba a un farsante.
—¿Y no piensa publicar nada como usted mismo?.. qué si es tan bueno podría ganar cien veces más... —lancé la puñalada trapera... ¡Qué no tenía ganas de seguir escuchando chorradas!
—Pues sí y por eso os he permitido venir... —dijo y se me cayó la mandíbula.
—En este pen tenéis dos novelas, son para público adolescente..., me interesa saber cómo enfocaríais la promoción.
—¿Con qué nombre publicaría? —pregunté pensando que quizás podríamos utilizar algo de su trayectoria.
—Ricard Corleön...
—¿Su verdadero nombre?
—No, ¡hombre! es un seudónimo, con mi verdadero nombre recibo los talones de las obras que escribo para terceros, pero nunca sabrás cuál es...
Me levanté del sofá con una leve sensación de relax, producida por el vino, tal vez. —Este mundo no acabará nunca de sorprenderme, —me dije y me alejé rumbo al coche con la mano derecha en el bolsillo de la americana, sosteniendo el dispositivo USB, no fuese a ser que desapareciera...

Reivindiquemos LA MAFIA

 El poder ha estado concentrado en lo que llevamos de historia judeo cristiana, en manos corruptas: venales señores feudales, peores revolucionarios y más actualmente una mierda de políticos. ¿Cómo se reacciona ante una injusticia institucionalizada?
Pues resulta que la mafia es una reacción familiar a una situación injusta, que también podría tildarse de mafiosa porque obedece a intereses de clanes. Es decir que la mafia tal y como nos la han vendido a través del cine y la tele, poco tiene que ver con los verdaderos principios que iniciaron este movimiento social en el siglo XVI. Y recordaré a un antecesor mío, el compositor Giovanni Battista Lampugnani, Todavía espero que su obra se haga pública, siendo muy buena e incluso conteniendo elementos que podrían ser extraídos del contexto musical... Pero lleva la oscura marca de Giovanni Andrea Lampugnani, un noble que decidió poner fin a las maquiavélicas elucubraciones de los Sforça...
Ante la globalización que ha asegurado el dominio del mundo para las grandes multinacionales y su impunidad en todos los manejos financieros... La única solución es la MAFIA, la tribu familiar para la cual están primero sus miembros y luego todo lo demás.
   

Habla sólo cuando tus palabras sean más valiosas que tu silencio

Durante meses parece que desaparezco del blog, de las redes sociales y de todo lo que no sea mi entorno más cercano. Y lo agradezco porque no es que esté inactivo sino que lo que pueda decir es menos valioso que el silencio... Mi vida se reinventa cada xxx años, las puertas se cierran pero se abren las ventanas y entra el sol. Yo vivo en una constante sensación de sorpresa. Lo que creía hasta ayer es tan sólo la cubierta del libro que tengo en mis manos hoy. No me entendáis mal. No es que voy dando botes de una pared a otra sino que es como un GR. Paso de lugares umbríos, acogedores a la más abierta naturaleza inclemente para luego llegar a una playa de aguas tranquilas. Y lo que parecía no tener ningún sentido, se ve a la distancia como un trozo del camino que era necesario recorrer. Todo sirve, incluso aquella inmersión no deseada que te obliga a retener la última burbuja de aire en los pulmones para no morir. Todos deberíamos pasar por aquel momento en que nuestra alma constela los instantes claves del pasado y une los acontecimientos deshaciendo la red que nuestra mente había urdido para mantener el stato quo. El Evangelio habla de Tarso que cayó de su caballo fulminado por un rayo y así encontró la iluminación. Yo me he caído de casi todo lo que levante del suelo y muy iluminado no estoy porque aún debo encender la luz eléctrica cuando se hace de noche. Por ello seguiré escribiendo cuando mis palabras sean más valiosas que mis silencios y no me importará nada si las leéis o no. Es mi camino... Y ahora sé que no tengo nada que decir, que no hay ningún mensaje que deba transmitir como misión. Es un alivio saber que puedo escribir las historias que se me ocurran sin la necesidad de incluir en ellas algo más. Eso sí no puedo asegurar que dejen de existir los mensajes cifrados, las verdades repetidas y las frases con doble sentido. "El que quiera entender que entienda..."

New Realase!!!

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Cinco céntimos.

Cinco Céntimos sobre mí No soy de escribir mucho sobre mí, aunque dicen por ahí que uno no puede escribir más que sobre sí mismo. Con...