Friday, May 30, 2014

Jet Lag



Las ciudades tienen la capacidad de ir mutando sus puntos de máxima afluencia de público. Una zona que otrora era muy demandada por los comerciantes, debido al incesante paso de peatones, se transforma en poco tiempo en un páramo por donde tan sólo revolotean palomas, papeles y bolsas de plástico empujados posiblemente por el aire que producen las alas de las palomas. Yo viví  casi treinta años en una ciudad y si bien asistí a este fenómeno muchas veces, nunca me llamó la atención. La ciudad te hipnotiza.
Luego me fui. Cambié todo lo que se puede cambiar en una vida menos los afectos. Entre esos cambios estaba el conglomerado de edificios por uno de montañas y pinares, mar, caletas y playas pequeñas.
Y un día volví a aquella ciudad. No para quedarme, tan sólo para completar unos trámites. No habían pasado veinticuatro horas de mi arribo cuando se me estropeó el reloj. Ha de ser la pila, pensé mientras intentaba recordar las relojerías que había conocido durante el tiempo que había vivido allí.
En aquella época existía una calle en la que casi todos los negocios eran o relojerías o joyerías, luego con las sucesivas crisis muchos se transformaron en compradores de oro y timadores de incautas ancianas que habían acumulado joyas en tiempos de bonanza. La calle desembocaba en pleno corazón financiero de la ciudad y a mí me quedaba a un tiro de piedra.
En términos generales las películas del lejano oeste donde se muestran pueblos fantasmas, me parecían un tanto exageradas. Eso de escuchar los carteles chirriando, ver pasar bolas de ramas empujadas por el viento… Acabo de corregir porque había escrito “me parecen un tanto exageradas”. Después de transitar la calle de las antiguas relojerías, no me lo parecen tanto: Suciedad, casi el ochenta por ciento de los locales cerrados y carteles ya casi ilegibles que indican “Se vende”, “Se alquila”… Es triste ver que los pocos comercios que quedan se debaten entre el cierre y la decrepitud sin saber cual de las dos llegará primero.
A pesar de la melancolía yo seguía necesitando una pila para mi reloj de pulsera. De repente entre un parking que antes no existía y las oficinas vacías de una empresa con aires de grandeza, sólo aires; encontré una relojería que me resultó muy conocida. Mi abuelo solía llevar allí su reloj de bolsillo para limpiar y aceitar. Pensé de inmediato y con beneplácito que las cosas buenas perduran en el tiempo. Yo siempre iba a remolque de mi abuelo que tenía las piernas larguísimas y a pesar de que ya era anciano y yo un niño no podía seguirle el ritmo. Luego de retirar o dejar el reloj nos íbamos juntos a un bar donde hacían los mejores cafés con leche del planeta y unos entrepanes tostados que quitaban el aliento. Me quedé de pie en la acera de enfrente porque mi cerebro logró hasta rememorar y reproducir el aroma de los bocadillos calientes y la combinación con el café con leche que llevaba espuma arriba y a mi abuelo le dejaba el bigote manchado de color crema. Y hasta me pareció ver al viejo de manos huesudas pero tiernas, empujar la puerta de la relojería con una mientras con la otra extraía el reloj del bolsillo de su chaleco.
¡Ostras lo que es  la memoria!, pensé con una gran emoción. Después de tantos años podía reconstruir la fisonomía de mi abuelo; aunque no estuviese totalmente convencido de que fuese realmente él. En medio de aquel pensamiento escatológico, mis piernas cogieron el gobierno  de mi persona y me introdujeron en la tienda. Quizás lo que querían era lo mismo que el resto de mi cuerpo: una pila para el reloj de muñeca. Y hago aquí un inciso para quienes no han viajado demasiado entre paralelos y meridianos. Los meridianos con algún ajuste son los que marcan los husos horarios. Por ello si debes desplazarte hacia el este u oeste y el vuelo dura mucho tiempo es probable que no te cuadre la hora cuando llegues y tengas hambre cuando no toque, sueño cuando no corresponda… En términos  actuales le suelen llamar jet lag  pero le iría  muy bien cualquier otro nombre, como “gran putada”, por ejemplo porque prácticamente te deja inhabilitado durante unas horas o días. Pues aquel jet lag a mí me traía de cabeza: me había despertado a las tres de la madrugada sin sueño, tuve hambre a las cuatro de la tarde y me dormía de pie a las nueve  de la mañana como si hubiese trasnochado. Y ni siquiera sabía si mi reloj se había estropeado por la hora de España o de Sudamérica.
A este fenómeno de jet lag achaco lo que voy a contaros, aunque he de decir en defensa de lo misterioso: que el reloj funciona perfectamente.
Al entrar en aquel comercio dieron exactamente las diez de la mañana y casi enloquezco por el ruido. En las paredes había colgados cientos de relojes de péndulo y de cuco, de cadena y pesas, eléctricos, electrónicos y contra las paredes descansaban grandes relojes de pie. Y todos marcaban con exactitud la misma hora. Cuando al fin cesó la barahúnda me acerqué al mostrador donde una cabeza calva y gacha se concentraba en el vientre metálico de un reloj de cuerda.
—Necesitaría cambiar la pila… —dije casi temeroso de que por mi culpa le saltasen las tripas de engranaje al enfermo.
No me contestó, tan sólo una mano que sostenía una pinza señaló hacia la izquierda. Yo obediente caminé un par de metros en esa dirección.
El otro relojero tenía el cabello largo, canoso y despeinado; los dos extremos, pensé. Una barba gris desaliñada intentaba cubrir a empujones su piel macilenta. Llevaba unas gafas gruesas tan pasadas de moda que  y debido a lo cíclico de ésta, quizás en un par de años volverían a ser el último grito. Un monóculo de joyero adherido al armazón le concedía un aspecto irreal como de personaje de La Guerra de las Galaxias. Casi me río en su cara al ocurrírseme que si lo aislásemos del entorno parecería el director de una orquesta de hormigas.
El hombre tenía modales  delicados y hablaba en una voz casi inaudible. Pensé que quizás el hecho de trabajar con un principio tan poderoso, destructivo y letal como es el tiempo, lo había transformado en un ser tan considerado y cauteloso.
—Quisiera cambiar la pila… —repetí y mi voz pareció infantil, como cuando acompañaba a mi abuelo y le pedía que me levantara para poder ver del otro lado del mostrador.
El relojero extendió la mano con la palma hacia arriba y yo coloqué mi reloj en ella. Mientras esperaba se me ocurrió una frase que me pareció genial para definir a aquel oficio: “especialistas en las entrañas de la máquina de dios, conocedores de los engranajes que hacen latir la vida en los vientres de acero”
—No se crea, nada tiene que ver la vida con el tiempo —dijo el relojero y me quedé perplejo. Quizás en mi alteración por el jet lag había dicho la frase en voz alta. Por eso tuve mucho cuidado cuando pensé que al salir de allí me gustaría volver a recorrer el camino que hacía con mi abuelo, ir hasta aquel bar que no sabía siquiera si existía todavía, sentarme en un reservado con sillones de cuero y pedir un zumo de naranja exprimido, un café con leche con mucha espuma y un Carlitos especial como se llamaba aquel sándwich tan rico.
—La Granja Bahía todavía existe, puede que haya cambiado un poco pero no mucho —dijo el relojero extendiéndome mi reloj ya recargado con su pila nueva.
—¿Cuánto le debo? —balbuceé mientras intentaba asegurarme de haber sólo pensado y no haber abierto la boca.
—Son cuarenta pesos… a precio viejo.
Saqué el dinero de mi cartera, se lo puse sobre el mostrador y salí de allí como hipnotizado.
Las últimas indicaciones rebotaban en mi cabeza como una pelota de ping pong: “cuando llegue a la peatonal gire a la izquierda, doscientos metros y a la derecha…”
Peatonal… peatonal… a la izquierda… no me es familiar, ¿y si voy a la derecha?, ¿no me habrá dicho derecha?..
—¡Maldito jet lag! —exclamé y una mujer gorda y vieja que llevaba un pañuelo atado en la cabeza me miró con cara de compasión.
Al final cogí a la izquierda, hice los doscientos metros y al llegar a la segunda esquina giré a la derecha. De repente los edificios me resultaron familiares, eran viejos y aquel trozo de calle había permanecido con sus adoquines originales. No había caminado más de cincuenta metros cuando reconocí la fachada. Tenía unos cerámicos de color granate que yo no recordaba hasta que volví a verlos. En una de las paredes había dos palmeras pintadas y en la entrada un cartel escrito con tiza de varios colores que rezaba: “Batidos, jugos naturales, cocktails tropicales”
Entré conteniendo la respiración y me dirigí hacia uno de los reservados con sillones de piel marrón y altos respaldos que oficiaban de separadores. Observé cómo se acercaba un camarero de impecable chaquetilla blanca y pajarita negra cerrando el cuello de la camisa. Me repetí para mi mismo lo que deseaba: “un zumo de naranja exprimido, un café con leche y un carlitos especial con doble de queso”.
Cuando llegó hasta mi mesa me quedé mudo. Aquel hombre se parecía extraordinariamente al que siempre nos atendía a mi abuelo y a mí. ¿Sería su hijo? Las mismas entradas en la cabeza, el mismo talante de quien hace algo que le agrada, el mismo tono de voz e igual gesto atento, semi inclinado hacia mí mientras esperaba la orden. Pero a mí no podía engañarme. El viejo camarero de hacía casi cincuenta años tenía un tic que a mí me divertía mucho y al que solía imitar en casa: mientras atendía a sus clientes llevaba una servilleta blanca colgando del brazo y cada cinco segundos  la tocaba con la otra mano como para asegurarse que seguía allí.
—Si desea desayunar puedo recomendarle nuestras medias lunas recién horneadas —me dijo luego de haber intentado con los batidos, licuados y zumos.
—Un zumo de naranja, un Carlitos especial y un café con leche estará bien —dije de un tirón y observé su brazo derecho. La servilleta blanca pendía de él cuidadosamente doblada. Y conté: un, dos, tres… La mano izquierda se movió y acarició la tela para asegurarse que seguía allí.
—Como usted desee… ¿le traigo el zumo antes o junto con el café con leche y el carlitos?
Cuando el efecto del jet lag se pasa y uno duerme de un tirón toda la noche parece que el alma volviera a habitar en nuestro cuerpo. Me desperté con una sensación esplendorosa de haber descansado y fui hasta la cocina donde mi tía preparaba unas tostadas para desayunar.
—¿Llevaste a cambiarle la pila al reloj? —me preguntó mientras servía café recién hecho en dos tazas.
—Sí, ayer —dije sacudiendo la muñeca y estuve a punto de contarle lo extraño de los sucesos pero me contuve. Bebí el café, comí dos o tres rodajas de pan tostado con mantequilla y mermelada casera, me vestí y me eché a la calle. Quería comprobar que el relojero no leía la mente y que el camarero no era el mismo de cuando yo era niño.
Apuré el paso por la antigua calle de las joyerías, pasé por delante de las oficinas vacías de la empresa con “aires” de grandeza y… mis pies se quedaron atornillados al piso mientras mi cabeza intentaba razonar. Las vitrinas y la puerta de la relojería donde había estado el día anterior se hallaban tapizadas con papel.
¿Habrán cerrado de un día para otro?, me pregunté mientras me acercaba. Pero el papel de periódico que cubría los vidrios estaba amarillento, despegado en varios sitios y los cristales sucios como si hubiesen pasado años desde la última vez que los limpiaron. Me acerqué a la puerta y la empujé, estaba cerrada a calicanto. Espié a través del cristal y dentro tan sólo estaba el mostrador, el mismo en el que yo había estado apoyado el día anterior. Ningún reloj en las paredes, el suelo estaba lleno de polvo y detrás de la puerta había cientos de cartas que nadie había recogido.
—No puede ser —dije mientras volvía a empujar la puerta para cerciorarme de que no se trataba de un poltergeist.
Entre temeroso y asombrado aceleré el paso hacia la Granja Bahía pero a medida que caminaba me iba percatando que los detalles no eran los mismos. Comenzando por el aroma, habían desaparecido las vendedoras de chipá en las puertas de los negocios importantes, y donde el día anterior había un emporio del plástico, hoy sólo existía un despojo negro y retorcido. Pensé en comprarme unos zapatos en algunas de las zapaterías de calle San Luis pero visto lo visto desistí porque no sabía si aquello desaparecería también y yo me quedaría sin calzado y sin dinero.
Después de los doscientos metros de peatonal que me parecieron más sucios y abandonados que la mañana anterior  y en los que había creído ver muchos más locales abiertos; mis pasos se hicieron más cuidadosos a la espera de pisar los adoquines relucientes y también resbaladizos, pero el suelo continuó plano y liso. Entonces bajé la vista y temí haberme equivocado de calle. Allí había asfalto y no era nuevo. La granja Bahía se adivinaba tras una valla de hierro y madera que con seguridad hacía años estaba allí. Alguien había comenzado obras pero tan sólo de demolición.
¿Cómo podría describir los sentimientos que me abordaron?
Diría que lo más parecido es estar en el andén de una estación de rodarías, muy cerca de la línea amarilla que indica la prohibición de acercarse a las vías, y… Que te pase un tren de alta velocidad por delante sin que te des cuenta que se aproxima.
Me encaminé a casa de mi tía con la misma sobriedad de quien se ha bebido unas cuantas cervezas. Me hice un lío con la numeración de la calle. No recordaba si el número del edificio era 654 o 465 pero llegué al 122 y no encontré una fachada conocida. Volví a subir por la calle 9 de Julio y el 465 era la acera opuesta a la que recordaba, por tanto debía ser el 654. Apuré el paso y a medida que me iba acercando la desesperación se apoderaba de mi persona. Entre los números 652 y 664 reposaba el esqueleto de un edificio en construcción. Allí obviamente no vivía mi tía ni tenía yo mi maleta con los papeles, la ropa y el dinero.
—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! —me escuché gritar a mí mismo.
—¿Estás bien?
—Creo que sí, ¿qué hora es?
—Es casi hora de cenar…
¡Maldito jet lag!

Saturday, May 17, 2014

Continuemos en la cocina...

Muchísimas lecturas y pocos comentarios. Eso es bueno. mucha gente que creía saberlo todo comienza a descubrir que quizás no
sabe nada. O quizás supone que sabe. Es decir: mi abuela me dijo que el rabo de toro de lidia cocinado en cazuela de barro es una delicia. El que yo he probado no era de toro de lidia, no estaba cocinado en cazuela de barro, pero igual me supo a delicia. ¿Será por mi abuela? Puede...
Cuando escribes una historia original de la que nadie ha escuchado hablar, te arriesgas a romper arquetipos. <y las personas se sienten seguras con los arquetipos^. Si yo digo que mi abuelo era fascista durante la guerra civil española, me colgaréis una etiqueta de derechas pero si afirmo que mi otro abuelo era anarquista en Italia, dudaréis...
Por ello la cocina que funde los gustos de todos: la pizza italiana, como me la enseñó mi abuela siciliana, la cocina de mi madre gallega y mis propios agregados...
En literatura como en la comida los gustos son cambiantes. Ahora se pone de moda la novela erótica y todo dios a leer y escribir novela erótica. Hace unos años pasó con la novela histórica e Isabel Allende, luego con la Rowlings y Harry Potter en infantil juvenil y después con el furor de Crepúsculo. ¿Qué hace que una novela tenga tanto éxito? ¿Es su autor un superdotado o un suertudo que ha estado en el lugar justo y el momento oportuno? Pues no, nada es tan aleatorio en el mundo económico...
Como decía más arriba, cuando escribes una novela original, te arriesgas a romper arquetipos. Y eso molesta al lector. Pero quizás tu temática entra dentro de un nicho de mercado que hace tiempo no se explota y algún visionario o experto en marketing encuentra que puede llegar a sacarle provecho. Si tiene razón, te habrás convertido en el nuevo Dan Brown. ¿Así de simple? Pues si lo consideras simple, es así de simple. El problema de las editoriales españolas o hispanoamericanas es que usan anteojeras. ¿Anteojeras? Sí, como los caballos que tiran de un carro. Las anteojeras evitan el temor de mirar con amplitud un mercado de más de mil millones de personas hispano parlantes y al mismo tiempo no permiten visualizar oportunidades de mercado. Todo es copiar y pegar. Es decir que si los yanquis sacan 50 Sombras de Grey porque han investigado que hacía mucho que no se editaba novela erótica... los españoles compran 50 Sombras y piden a sus escritores que escriban sobre esa temática. En realidad debería ser al revés pero es más sencillo subirse al carro del vencedor y no darle importancia al mercado que se tiene.
Esto es una excelente oportunidad para las pequeñas editoriales con miras amplias aunque serán copiadas en muy poco tiempo si llegan a tener éxito. Un ejemplo: Àrbora Books invierte su esfuerzo en una colección de libros infantiles dedicados a promover el patrimonio histórico y cultural de les terres de L'Ebre, menos de cinco meses después un prestigioso periódico decide publicar ocho obras infantiles de sus bazas super mega reconocidas pero no por literatura infantil. ¿No era que los niños de hoy no leen?
A ver que no es una queja, cada uno puede hacer lo que buenamente le de la gana mientras el juez no lo considere ilegal. Eso sí, chavales de otras cocinas literarias, a ver si ponéis una poca de imaginación y dejáis de copiar burdamente...

Thursday, May 01, 2014

Todos nos quejamos y todos tenemos razón… pero no es suficiente.




La historia va precipitando los hechos y se nos muere Gabriel García Márquez y Gerard Vergès casi al mismo tiempo. ¿A que se parecen? Podrían ser hermanos aunque quizás sean dos personalidades contrapuestas… como muchos hermanos. A Gabriel García Marquez, Rafael Narbona lo pone a parir como un pesetero, chupaculos y advenedizo http://rafaelnarbona.es/?p=7372 pero sus libros se han vendido como rosquillas y su fortuna está guardada a muy buen recaudo sin saber cuánto acumulaba. En cambio Gerard Vergés, que también ostenta unos cuantos logros que  copio del periódico La Vanguardia: 

Tortosa (Tarragona). (EFE).- El poeta tortosino Gerard Vergés falleció anoche, pocos minutos después de las 23 horas, a los 83 años, según ha informado hoy el alcalde de Tortosa, Ferran Bel.

Nacido en Tortosa en 1931, Vergés recibió la Cruz de Sant Jordi en 1997, fue farmacéutico y profesor universitario, además de escritor, y su primer libro publicado, el poemario 'L'ombra rogenca de la lloba' (1981), ganó el Premio Carles Riba de poesía.

Como traductor, destaca su versión de los sonetos de William Shakespeare ('Tots els sonets de Shakespeare', 1993, premio Serra d'Or de traducción poética en 1994).

Su poesía completa fue traducida al castellano de la mano de Ramón García Mateos en el volumen 'La raíz de la mandrágora (2005)'. También fue colaborador habitual del diario 'Avui' y columnista del semanario 'L'Ebre', y una parte de estas colaboraciones las recogió en 'Alfabet per a adults'.

Miembro de la Real Academia de Farmacia de Catalunya desde 2001, el 22 de mayo de 2009 recibió de manos de Ferran Bel la Medalla de Oro de la ciudad de Tortosa (ya disponía de la Medalla de Plata, otorgada durante la alcaldía de Vicent Beguer).

Además del Carles Riba, Vergés fue galardonado con el premio Josep Pla en 1985 por 'Tretze biografies imperfectes', y cinco años más tarde recibió el Premio Josep Vallverdu por 'Eros i art', mientras que en 1994 obtuvo el Premio de la Crítica Serra d'Or de traducción poética por 'Tots els sonets de Shakespeare'.

Precisamente este Sant Jordi su último poemario, 'El jardí de les delícies', ha sido uno de los títulos más vendidos en las Tierras del Ebro.

La última frase no me consta (El jardí de les delícies com a llibre més venut a les terres de L’Ebre)  y ya hubiese querido que la gente tuviese esa finura y delicadeza para despedir a alguien que se lo merece. No creo que su fortuna sirva para que nadie se pelee por ella.
Sin embargo esto es anecdótico y no devolverá la vida a ninguno de los dos citados... Pero quizás nos servirá de reflexión.
Dicen que el éxito sube por las escaleras y el fracaso baja por el elevador. Pero nada es blanco o negro sino una infinita gama de grises y hay éxitos que suben por elevadores y fracasos que bajan llorando por las escaleras. Gabriel García Márquez no tenía futuro alguno como escritor, es más: debió autopublicarse para poder vender algo y cuando vio la posibilidad de ser rémora, lo hizo y lo hizo bien. Gerard Vergés era farmacéutico por lo que no le hacía falta escribir para vivir. Y se sabe que el hambre o la penuria afila la inventiva hasta el infinito.
Hace unos días tres amigas escritoras se quejaban por razones diferentes. Las tres están muy bien conceptuadas pero es evidente que su situación no las halaga, más bien las maltrata. La una se lamentaba de que después de haber fichado para una gran editorial no sólo se sentía como una esclava, cobraba menos que cuando era independiente y debía pagarse sus propias promociones. La segunda que siempre ha sido independiente protestaba de la exposición del artista ante los filibusteros (pagados o no), de las redes sociales con la consecuente reducción de ingresos. Y la última se quejaba amargamente de la falta de profesionalidad de correctores, editores y agentes de pago y de la necesidad de que un escritor se convirtiese además en maquetador, diseñador, corrector y publicista https://www.facebook.com/mpintomaldonado?hc_location=timeline.
Por último, ha crecido la idea sobre una teoría de la conspiración  entre los autores que habiendo comenzado como independientes fueron fichados por una editorial (en general Tagus, Ediciones B, Roca Editorial y otras y han soportado un descenso de sus ventas y posiciones en los rankings que no tienen explicación alguna. Y se quejan claro está, con razón.
Pues no me cierra la situación porque Gabriel García Márquez  ganó mucho dinero acercándose al poder y los autores independientes lo pierden cuando se acercan a él?
Si miramos las grandes modificaciones que ha hecho el Grupo Atresmedia que incluye Planeta por perder un puesto en el ranking de editoriales y la ofensiva de Random House Mondadori que ha comprado Alfaguara, podemos llegar a la conclusión  que la C.I.A. tiene menos presupuesto que esta gente. ¿Qué les costaría entonces encumbrar a un autor que apunta maneras para después comprarlo y eliminarlo de las listas?
Pues casi nada. Pero ¿qué ganarían?
Ellos tienen sus bazas que ya les generan millones de euros. Lo que hacen es limpiar el camino. En el caso de Gabriel García Márquez utilizaron su poder en contra de Mario Vargas Llosa. Gerard Vergés no valía la pena desde el punto de vista económico.
¿Estupefacto?
¿Impresionado?
No te sientas mal porque hasta en el yoghurt que comes por la mañana pasa lo mismo.
Me decía un amigo hace unos días: —la solución es destruir todo y empezar de nuevo.
Yo no estoy de acuerdo: Las revoluciones adelantan 15 años en un sólo día  y atrasan 500 años en un minuto.
La solución pasa por construir otro orden de cosas paralelo, pasa por el hecho de que la gente sea más consciente: educación contra la ignorancia, educación contra la maldad, educación contra la indiferencia. No compres libros que no sean de autores locales, compra publicaciones de editoriales pequeñas, que no existan en las listas de las grandes corporaciones... No es suficiente quejarse con razón, siempre podemos hacer algo aunque sea sólo negarnos....   

Cocineros de sueños. Mi cocina de autor literario.




Anoche estaba viendo Master Chef (que por cierto es el único reality que miro) y pensé que nosotros, los escritores, somos una especie de cocineros de palabras para saciar el hambre del espíritu o para satisfacer el apetito de relax de mentes estresadas. Y por qué no quizás también en algunos casos para acariciar espíritus sibaritas que disfrutan con la levedad de un vocablo o el colorido de una imagen creada a partir de letras ordenadas de una cierta manera.  Algunos llegan a chefs. No son todos los que están en la foto ni están todos los que son.
Yo cocino letras desde hace mucho tiempo con diferentes resultados y la bondad de mis comensales ha hecho que en el peor de los casos guarden silencio. Quizás no he destacado lo suficiente para crearme verdaderos enemigos que descuarticen mis escritos o tal vez los grandes tiburones de la crítica no han llegado a pasar por mi cocina.
A vosotros, los que guardáis silencio cuando uno de mis platos tiene demasiada sal o los sabores son difíciles de asimilar, os doy un pase libre a mi cocina.
Así como en otra entrada os he dejado husmear en mis fogones y probar algunos trocitos de mis recetas. Hoy comenzaré con algunas preparaciones literarias. No significa esto que sean las mejores, tampoco que a vosotros os dé el mismo resultado que a mí pero quizás os ayude a mejorar o a comenzar o a replantearos algo.
La primera pregunta que me viene a la mente mientras me anudo el delantal es:
  • ¿Vale la pena escribir?—me pregunto y mi otro yo responde: —¡Qué va!, una novela promedio de 300 páginas cuesta cuatro meses mínimo de construir trabajando a destajo, sin tener en cuenta corrección, maquetación, portada, distribución y promoción. Cuatro meses de trabajo son unas 960 horas y el promedio de una faena especializada sin tirar a lo alto es de unos 10€ la hora. Yo no he ganado todavía 9600€ por una novela.
  • Quizás lo segundo que debería preguntarme es: ¿qué quiero decir? A veces toda una novela se basa en una sola frase, pero es importante saber el mensaje de lo que quiero transmitir. También hay recetas que podemos seguir pero en general el ingrediente secreto no lo dice nadie. Una regla que no recuerdo de quién es dice: si escribes un cuento empieza casi por el final. Funciona pero como casi todas las series de televisión ya lo hacen, deja de ser original.
  • Lo tercero que es bueno pensar es: ¿a quién va dirigido lo que estoy por escribir? Porque en realidad todos estamos demasiado ocupados para leer lo que escribe un ilustre desconocido. En especial si tiene más de treinta líneas por lo que en este post hasta aquí llega tu atención.
  •  Y es importante si cojo la escritura como un oficio y pretendo vivir de ella. Esta pregunta, realizada y mal interpretada por muchos autores famosos, ha dejado muchas perlas. — ¡Yo escribo y el que quiera leerme que me lea! —ha dicho más de un consagrado (y yo lo he borrado de mi lista). Pero no se trata de eso. Se trata de pensar si lo que pienso escribir es para mi propio disfrute, si es el desahogo de una emoción o de un pensamiento que me agobia o si por el contrario va dirigido a un lector que no me conoce y debe utilizar su propia imaginación y entendimiento para interpretar lo que quiero decir. Por supuesto estamos hablando de lectores que no leen por snobismo, por moda o por jactarse de conocer tal o cual libro.
    A estos últimos se les podría obligar a comprar un libro de la misma manera que compran un jean, un donut o un condón con gusto a tinto de verano.

En otras entradas hablaré de cómo saber si un tema es interesante, qué aditivos debería incluir la historia para que tenga la posibilidad de gustar más, cómo comenzar y en que parte del hilo conductor. Por ahora centrémonos en estos dos puntos:


¿Qué quiero decir?
¿A quién va destinada la historia?

New Realase!!!

New Realase!!!
This book will be published first for Englis readers

Featured Post

Cinco céntimos.

Cinco Céntimos sobre mí No soy de escribir mucho sobre mí, aunque dicen por ahí que uno no puede escribir más que sobre sí mismo. Con...