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Cocineros de sueños. Mi cocina de autor literario.




Anoche estaba viendo Master Chef (que por cierto es el único reality que miro) y pensé que nosotros, los escritores, somos una especie de cocineros de palabras para saciar el hambre del espíritu o para satisfacer el apetito de relax de mentes estresadas. Y por qué no quizás también en algunos casos para acariciar espíritus sibaritas que disfrutan con la levedad de un vocablo o el colorido de una imagen creada a partir de letras ordenadas de una cierta manera.  Algunos llegan a chefs. No son todos los que están en la foto ni están todos los que son.
Yo cocino letras desde hace mucho tiempo con diferentes resultados y la bondad de mis comensales ha hecho que en el peor de los casos guarden silencio. Quizás no he destacado lo suficiente para crearme verdaderos enemigos que descuarticen mis escritos o tal vez los grandes tiburones de la crítica no han llegado a pasar por mi cocina.
A vosotros, los que guardáis silencio cuando uno de mis platos tiene demasiada sal o los sabores son difíciles de asimilar, os doy un pase libre a mi cocina.
Así como en otra entrada os he dejado husmear en mis fogones y probar algunos trocitos de mis recetas. Hoy comenzaré con algunas preparaciones literarias. No significa esto que sean las mejores, tampoco que a vosotros os dé el mismo resultado que a mí pero quizás os ayude a mejorar o a comenzar o a replantearos algo.
La primera pregunta que me viene a la mente mientras me anudo el delantal es:
  • ¿Vale la pena escribir?—me pregunto y mi otro yo responde: —¡Qué va!, una novela promedio de 300 páginas cuesta cuatro meses mínimo de construir trabajando a destajo, sin tener en cuenta corrección, maquetación, portada, distribución y promoción. Cuatro meses de trabajo son unas 960 horas y el promedio de una faena especializada sin tirar a lo alto es de unos 10€ la hora. Yo no he ganado todavía 9600€ por una novela.
  • Quizás lo segundo que debería preguntarme es: ¿qué quiero decir? A veces toda una novela se basa en una sola frase, pero es importante saber el mensaje de lo que quiero transmitir. También hay recetas que podemos seguir pero en general el ingrediente secreto no lo dice nadie. Una regla que no recuerdo de quién es dice: si escribes un cuento empieza casi por el final. Funciona pero como casi todas las series de televisión ya lo hacen, deja de ser original.
  • Lo tercero que es bueno pensar es: ¿a quién va dirigido lo que estoy por escribir? Porque en realidad todos estamos demasiado ocupados para leer lo que escribe un ilustre desconocido. En especial si tiene más de treinta líneas por lo que en este post hasta aquí llega tu atención.
  •  Y es importante si cojo la escritura como un oficio y pretendo vivir de ella. Esta pregunta, realizada y mal interpretada por muchos autores famosos, ha dejado muchas perlas. — ¡Yo escribo y el que quiera leerme que me lea! —ha dicho más de un consagrado (y yo lo he borrado de mi lista). Pero no se trata de eso. Se trata de pensar si lo que pienso escribir es para mi propio disfrute, si es el desahogo de una emoción o de un pensamiento que me agobia o si por el contrario va dirigido a un lector que no me conoce y debe utilizar su propia imaginación y entendimiento para interpretar lo que quiero decir. Por supuesto estamos hablando de lectores que no leen por snobismo, por moda o por jactarse de conocer tal o cual libro.
    A estos últimos se les podría obligar a comprar un libro de la misma manera que compran un jean, un donut o un condón con gusto a tinto de verano.

En otras entradas hablaré de cómo saber si un tema es interesante, qué aditivos debería incluir la historia para que tenga la posibilidad de gustar más, cómo comenzar y en que parte del hilo conductor. Por ahora centrémonos en estos dos puntos:


¿Qué quiero decir?
¿A quién va destinada la historia?

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¿Por qué la adolescencia tiene tanta mala prensa?

Yo me he rebelado con llamar adolescencia a ese período de la existencia. Es que la palabra adolescente está ubicada entre adolecer y adolorido, y conlleva la sensación de padecer una enfermedad inevitable que se cura con el tiempo, como la gripe, y que puede paliarse aprendiendo a usar tampones, preservativos, cremas depilatorias, maquinillas de afeitar o fumando. Por ello he elegido «Renascencia» y la he definido como la etapa de la vida en la cual constatamos que podemos relacionarnos con los demás sin dejar de ser nosotros mismos. En ella aplicamos nuestras cualidades innatas y contrastamos los valores aprendidos en la familia o proclamados por la sociedad.De más está decir que hay personas de noventa años que todavía no la han superado. De ahí el valor de esta novela, ubicada temporalmente en el punto en que comenzamos a asomar la cabeza a un mundo nuevo, extraño, muchas veces incomprensible y las más de las veces profundamente cruel e injusto. Pero también tiene algo de misterio…

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