Friday, May 30, 2014

Jet Lag



Las ciudades tienen la capacidad de ir mutando sus puntos de máxima afluencia de público. Una zona que otrora era muy demandada por los comerciantes, debido al incesante paso de peatones, se transforma en poco tiempo en un páramo por donde tan sólo revolotean palomas, papeles y bolsas de plástico empujados posiblemente por el aire que producen las alas de las palomas. Yo viví  casi treinta años en una ciudad y si bien asistí a este fenómeno muchas veces, nunca me llamó la atención. La ciudad te hipnotiza.
Luego me fui. Cambié todo lo que se puede cambiar en una vida menos los afectos. Entre esos cambios estaba el conglomerado de edificios por uno de montañas y pinares, mar, caletas y playas pequeñas.
Y un día volví a aquella ciudad. No para quedarme, tan sólo para completar unos trámites. No habían pasado veinticuatro horas de mi arribo cuando se me estropeó el reloj. Ha de ser la pila, pensé mientras intentaba recordar las relojerías que había conocido durante el tiempo que había vivido allí.
En aquella época existía una calle en la que casi todos los negocios eran o relojerías o joyerías, luego con las sucesivas crisis muchos se transformaron en compradores de oro y timadores de incautas ancianas que habían acumulado joyas en tiempos de bonanza. La calle desembocaba en pleno corazón financiero de la ciudad y a mí me quedaba a un tiro de piedra.
En términos generales las películas del lejano oeste donde se muestran pueblos fantasmas, me parecían un tanto exageradas. Eso de escuchar los carteles chirriando, ver pasar bolas de ramas empujadas por el viento… Acabo de corregir porque había escrito “me parecen un tanto exageradas”. Después de transitar la calle de las antiguas relojerías, no me lo parecen tanto: Suciedad, casi el ochenta por ciento de los locales cerrados y carteles ya casi ilegibles que indican “Se vende”, “Se alquila”… Es triste ver que los pocos comercios que quedan se debaten entre el cierre y la decrepitud sin saber cual de las dos llegará primero.
A pesar de la melancolía yo seguía necesitando una pila para mi reloj de pulsera. De repente entre un parking que antes no existía y las oficinas vacías de una empresa con aires de grandeza, sólo aires; encontré una relojería que me resultó muy conocida. Mi abuelo solía llevar allí su reloj de bolsillo para limpiar y aceitar. Pensé de inmediato y con beneplácito que las cosas buenas perduran en el tiempo. Yo siempre iba a remolque de mi abuelo que tenía las piernas larguísimas y a pesar de que ya era anciano y yo un niño no podía seguirle el ritmo. Luego de retirar o dejar el reloj nos íbamos juntos a un bar donde hacían los mejores cafés con leche del planeta y unos entrepanes tostados que quitaban el aliento. Me quedé de pie en la acera de enfrente porque mi cerebro logró hasta rememorar y reproducir el aroma de los bocadillos calientes y la combinación con el café con leche que llevaba espuma arriba y a mi abuelo le dejaba el bigote manchado de color crema. Y hasta me pareció ver al viejo de manos huesudas pero tiernas, empujar la puerta de la relojería con una mientras con la otra extraía el reloj del bolsillo de su chaleco.
¡Ostras lo que es  la memoria!, pensé con una gran emoción. Después de tantos años podía reconstruir la fisonomía de mi abuelo; aunque no estuviese totalmente convencido de que fuese realmente él. En medio de aquel pensamiento escatológico, mis piernas cogieron el gobierno  de mi persona y me introdujeron en la tienda. Quizás lo que querían era lo mismo que el resto de mi cuerpo: una pila para el reloj de muñeca. Y hago aquí un inciso para quienes no han viajado demasiado entre paralelos y meridianos. Los meridianos con algún ajuste son los que marcan los husos horarios. Por ello si debes desplazarte hacia el este u oeste y el vuelo dura mucho tiempo es probable que no te cuadre la hora cuando llegues y tengas hambre cuando no toque, sueño cuando no corresponda… En términos  actuales le suelen llamar jet lag  pero le iría  muy bien cualquier otro nombre, como “gran putada”, por ejemplo porque prácticamente te deja inhabilitado durante unas horas o días. Pues aquel jet lag a mí me traía de cabeza: me había despertado a las tres de la madrugada sin sueño, tuve hambre a las cuatro de la tarde y me dormía de pie a las nueve  de la mañana como si hubiese trasnochado. Y ni siquiera sabía si mi reloj se había estropeado por la hora de España o de Sudamérica.
A este fenómeno de jet lag achaco lo que voy a contaros, aunque he de decir en defensa de lo misterioso: que el reloj funciona perfectamente.
Al entrar en aquel comercio dieron exactamente las diez de la mañana y casi enloquezco por el ruido. En las paredes había colgados cientos de relojes de péndulo y de cuco, de cadena y pesas, eléctricos, electrónicos y contra las paredes descansaban grandes relojes de pie. Y todos marcaban con exactitud la misma hora. Cuando al fin cesó la barahúnda me acerqué al mostrador donde una cabeza calva y gacha se concentraba en el vientre metálico de un reloj de cuerda.
—Necesitaría cambiar la pila… —dije casi temeroso de que por mi culpa le saltasen las tripas de engranaje al enfermo.
No me contestó, tan sólo una mano que sostenía una pinza señaló hacia la izquierda. Yo obediente caminé un par de metros en esa dirección.
El otro relojero tenía el cabello largo, canoso y despeinado; los dos extremos, pensé. Una barba gris desaliñada intentaba cubrir a empujones su piel macilenta. Llevaba unas gafas gruesas tan pasadas de moda que  y debido a lo cíclico de ésta, quizás en un par de años volverían a ser el último grito. Un monóculo de joyero adherido al armazón le concedía un aspecto irreal como de personaje de La Guerra de las Galaxias. Casi me río en su cara al ocurrírseme que si lo aislásemos del entorno parecería el director de una orquesta de hormigas.
El hombre tenía modales  delicados y hablaba en una voz casi inaudible. Pensé que quizás el hecho de trabajar con un principio tan poderoso, destructivo y letal como es el tiempo, lo había transformado en un ser tan considerado y cauteloso.
—Quisiera cambiar la pila… —repetí y mi voz pareció infantil, como cuando acompañaba a mi abuelo y le pedía que me levantara para poder ver del otro lado del mostrador.
El relojero extendió la mano con la palma hacia arriba y yo coloqué mi reloj en ella. Mientras esperaba se me ocurrió una frase que me pareció genial para definir a aquel oficio: “especialistas en las entrañas de la máquina de dios, conocedores de los engranajes que hacen latir la vida en los vientres de acero”
—No se crea, nada tiene que ver la vida con el tiempo —dijo el relojero y me quedé perplejo. Quizás en mi alteración por el jet lag había dicho la frase en voz alta. Por eso tuve mucho cuidado cuando pensé que al salir de allí me gustaría volver a recorrer el camino que hacía con mi abuelo, ir hasta aquel bar que no sabía siquiera si existía todavía, sentarme en un reservado con sillones de cuero y pedir un zumo de naranja exprimido, un café con leche con mucha espuma y un Carlitos especial como se llamaba aquel sándwich tan rico.
—La Granja Bahía todavía existe, puede que haya cambiado un poco pero no mucho —dijo el relojero extendiéndome mi reloj ya recargado con su pila nueva.
—¿Cuánto le debo? —balbuceé mientras intentaba asegurarme de haber sólo pensado y no haber abierto la boca.
—Son cuarenta pesos… a precio viejo.
Saqué el dinero de mi cartera, se lo puse sobre el mostrador y salí de allí como hipnotizado.
Las últimas indicaciones rebotaban en mi cabeza como una pelota de ping pong: “cuando llegue a la peatonal gire a la izquierda, doscientos metros y a la derecha…”
Peatonal… peatonal… a la izquierda… no me es familiar, ¿y si voy a la derecha?, ¿no me habrá dicho derecha?..
—¡Maldito jet lag! —exclamé y una mujer gorda y vieja que llevaba un pañuelo atado en la cabeza me miró con cara de compasión.
Al final cogí a la izquierda, hice los doscientos metros y al llegar a la segunda esquina giré a la derecha. De repente los edificios me resultaron familiares, eran viejos y aquel trozo de calle había permanecido con sus adoquines originales. No había caminado más de cincuenta metros cuando reconocí la fachada. Tenía unos cerámicos de color granate que yo no recordaba hasta que volví a verlos. En una de las paredes había dos palmeras pintadas y en la entrada un cartel escrito con tiza de varios colores que rezaba: “Batidos, jugos naturales, cocktails tropicales”
Entré conteniendo la respiración y me dirigí hacia uno de los reservados con sillones de piel marrón y altos respaldos que oficiaban de separadores. Observé cómo se acercaba un camarero de impecable chaquetilla blanca y pajarita negra cerrando el cuello de la camisa. Me repetí para mi mismo lo que deseaba: “un zumo de naranja exprimido, un café con leche y un carlitos especial con doble de queso”.
Cuando llegó hasta mi mesa me quedé mudo. Aquel hombre se parecía extraordinariamente al que siempre nos atendía a mi abuelo y a mí. ¿Sería su hijo? Las mismas entradas en la cabeza, el mismo talante de quien hace algo que le agrada, el mismo tono de voz e igual gesto atento, semi inclinado hacia mí mientras esperaba la orden. Pero a mí no podía engañarme. El viejo camarero de hacía casi cincuenta años tenía un tic que a mí me divertía mucho y al que solía imitar en casa: mientras atendía a sus clientes llevaba una servilleta blanca colgando del brazo y cada cinco segundos  la tocaba con la otra mano como para asegurarse que seguía allí.
—Si desea desayunar puedo recomendarle nuestras medias lunas recién horneadas —me dijo luego de haber intentado con los batidos, licuados y zumos.
—Un zumo de naranja, un Carlitos especial y un café con leche estará bien —dije de un tirón y observé su brazo derecho. La servilleta blanca pendía de él cuidadosamente doblada. Y conté: un, dos, tres… La mano izquierda se movió y acarició la tela para asegurarse que seguía allí.
—Como usted desee… ¿le traigo el zumo antes o junto con el café con leche y el carlitos?
Cuando el efecto del jet lag se pasa y uno duerme de un tirón toda la noche parece que el alma volviera a habitar en nuestro cuerpo. Me desperté con una sensación esplendorosa de haber descansado y fui hasta la cocina donde mi tía preparaba unas tostadas para desayunar.
—¿Llevaste a cambiarle la pila al reloj? —me preguntó mientras servía café recién hecho en dos tazas.
—Sí, ayer —dije sacudiendo la muñeca y estuve a punto de contarle lo extraño de los sucesos pero me contuve. Bebí el café, comí dos o tres rodajas de pan tostado con mantequilla y mermelada casera, me vestí y me eché a la calle. Quería comprobar que el relojero no leía la mente y que el camarero no era el mismo de cuando yo era niño.
Apuré el paso por la antigua calle de las joyerías, pasé por delante de las oficinas vacías de la empresa con “aires” de grandeza y… mis pies se quedaron atornillados al piso mientras mi cabeza intentaba razonar. Las vitrinas y la puerta de la relojería donde había estado el día anterior se hallaban tapizadas con papel.
¿Habrán cerrado de un día para otro?, me pregunté mientras me acercaba. Pero el papel de periódico que cubría los vidrios estaba amarillento, despegado en varios sitios y los cristales sucios como si hubiesen pasado años desde la última vez que los limpiaron. Me acerqué a la puerta y la empujé, estaba cerrada a calicanto. Espié a través del cristal y dentro tan sólo estaba el mostrador, el mismo en el que yo había estado apoyado el día anterior. Ningún reloj en las paredes, el suelo estaba lleno de polvo y detrás de la puerta había cientos de cartas que nadie había recogido.
—No puede ser —dije mientras volvía a empujar la puerta para cerciorarme de que no se trataba de un poltergeist.
Entre temeroso y asombrado aceleré el paso hacia la Granja Bahía pero a medida que caminaba me iba percatando que los detalles no eran los mismos. Comenzando por el aroma, habían desaparecido las vendedoras de chipá en las puertas de los negocios importantes, y donde el día anterior había un emporio del plástico, hoy sólo existía un despojo negro y retorcido. Pensé en comprarme unos zapatos en algunas de las zapaterías de calle San Luis pero visto lo visto desistí porque no sabía si aquello desaparecería también y yo me quedaría sin calzado y sin dinero.
Después de los doscientos metros de peatonal que me parecieron más sucios y abandonados que la mañana anterior  y en los que había creído ver muchos más locales abiertos; mis pasos se hicieron más cuidadosos a la espera de pisar los adoquines relucientes y también resbaladizos, pero el suelo continuó plano y liso. Entonces bajé la vista y temí haberme equivocado de calle. Allí había asfalto y no era nuevo. La granja Bahía se adivinaba tras una valla de hierro y madera que con seguridad hacía años estaba allí. Alguien había comenzado obras pero tan sólo de demolición.
¿Cómo podría describir los sentimientos que me abordaron?
Diría que lo más parecido es estar en el andén de una estación de rodarías, muy cerca de la línea amarilla que indica la prohibición de acercarse a las vías, y… Que te pase un tren de alta velocidad por delante sin que te des cuenta que se aproxima.
Me encaminé a casa de mi tía con la misma sobriedad de quien se ha bebido unas cuantas cervezas. Me hice un lío con la numeración de la calle. No recordaba si el número del edificio era 654 o 465 pero llegué al 122 y no encontré una fachada conocida. Volví a subir por la calle 9 de Julio y el 465 era la acera opuesta a la que recordaba, por tanto debía ser el 654. Apuré el paso y a medida que me iba acercando la desesperación se apoderaba de mi persona. Entre los números 652 y 664 reposaba el esqueleto de un edificio en construcción. Allí obviamente no vivía mi tía ni tenía yo mi maleta con los papeles, la ropa y el dinero.
—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! —me escuché gritar a mí mismo.
—¿Estás bien?
—Creo que sí, ¿qué hora es?
—Es casi hora de cenar…
¡Maldito jet lag!

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