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Educar para la libertad



En una finca del Burgá que poca gente conoce, nacieron al mismo tiempo y de diferente madre, dos cabritos: Tizón y Luna.
Tizón nació en el corral cuyo límite estaba dado por dos alambres conectados a un boyero eléctrico. Luna en cambio lo había hecho en medio del bosque, salvaje, quizás producto del viejo dicho que dice que “la cabra siempre tira al monte”.
Un día los dos pequeños se encontraron frente a frente, uno a cada lado de los alambres.
—¡Ven a jugar conmigo! —invitó Luna— Tenemos todo un bosque para correr, saltar y hacer cabriolas.
—Mi mamá no me deja —repuso Tizón— dice que soy un cabrito de granja y debo aprender a comportarme como tal. Además estos alambres están electrificados y no puedo saltar sin tocarlos.
—Vale, tú mismo —dijo Luna y salió corriendo hacia el bosque. Se pasó horas investigando cuevas, corriendo detrás de los pájaros, persiguiendo ardillas y ramoneando cuanta hierba apetecible apareciera ante sus ojos.

Tizón en cambio recibió su ración de pienso, mamó de la leche de su madre y trotó por el corral pero sin grandes desmanes. Debía ser un cabrito educado aunque por dentro sintiese la necesidad de saltar y correr.
Al día siguiente Luna volvió.
—¿No quieres venir a jugar conmigo? Ayer descubrí una cueva hermosísima y hay unas flores que te hacen estornudar cuando las comes…

—No puedo, hoy debo aprender el idioma del granjero que es el que nos da de comer.
Y Luna volvió a correr y saltar por el bosque compadeciéndose del pobre Tizón. Hasta que cuando estaba a punto de comerse un brote tierno y apetecible de hinojo, sintió un olor raro y alarmante que traía el viento. Todo su cuerpo se puso en tensión y lamentó haberse alejado de su madre. Por un instante permaneció tiesa con las patas apretadas contra el suelo. Pero el olor iba en aumento y un click dentro de su cerebro la hizo salir disparada. Y Luna corrió y saltó por sobre matas y argilagas, sin mirar atrás, con la sensación de tener a alguien adherido a sus ancas. Y sólo se detuvo cuando sus fuerzas comenzaron a fallar.
Quizás Tizón tenga suerte después de todo, pensó mientras intentaba recuperar el aliento, en el bosque hay cosas muy bonitas pero también muchos peligros… Los lobos por ejemplo o puedes caerte y romperte una pata y entonces vendrán las aves de rapiña para acabar de matarte… O puedes morder una planta venenosa por equivocación y nadie llamará al veterinario…Y si la primavera es muy seca cuesta encontrar pastos apetecibles o brotes tiernos. Y él tiene su ración de pienso asegurada cada día…
Luna estuvo unos cuantos días pensativa, ramoneando sin apetito y saltando sin entusiasmo. Al fin se decidió a volver a buscar a Tizón. Quizás él quisiera saltar por sobre los alambres electrificados y juntos correrían por el monte. Y si aparecía algún peligro se tendrían el uno al otro para estar alertas y ayudarse. O podía que ella decidiese entrar al corral, no era tonta y era capaz de aprender a ser educada.
A medida que iba acercándose a la granja la desconfianza y el desánimo comenzaron a quitarles fuerzas a sus patas. Para cuando llegó a los alambres, Luna tenía un olor muy feo impregnando sus fosas nasales…
Tizón pendía de un gancho y el granjero había comenzado a quitarle la piel.



Tú decides la educación que quieres darle a tus hijos.
La libertad es peligrosa pero domesticarse es mortal…
 

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