Friday, December 30, 2016

¿Cuándo comenzó su Renascencia?

Y usted preguntará: ¿Y eso qué es?

Es normal que lo pregunte porque «Renascencia» es el acrónimo entre renacer y adolescencia.

Y puede que usted diga: ¡Ah!, esa edad difícil o «la edad del pavo» como suelen llamarla algunos que deben haber nacido siendo adultos, porque de otra manera no se explica que la llamen así. O han intentado olvidarla de tan terrible que fue.

Es que pareciera ser que la adolescencia fuese una clase de enfermedad que se cura con el tiempo. «¡Ya pasará! Es una adolescente».
Cuando quise ponerle título a una novela juvenil que abarcaba el proceso de paso del niño al adolescente, quise investigar sobre esta etapa y lo que decían los expertos sobre ella. Y me encontré con que la definición tradicional dice más o menos lo siguiente: «Adolescencia es el lapso de tiempo que los individuos necesitan para considerarse socialmente autónomos»
¿Qué?
¿Socialmente autónomos?
Si como sostiene el Psicólogo Erik Erikson, el desarrollo es un fenómeno psicosocial que se extiende durante toda la vida y el objetivo del adolescente es pasar de ser una persona dependiente a una independiente, esta etapa debe llamarse de otra manera.
Porque yo conozco personas de 50 años que no han pasado la adolescencia.
Bueno, me dije. Asociemos la adolescencia al inicio de la capacidad procreadora. Pero resulta que a esa etapa se le llama pubertad y, los que en realidad adolescemos somos los adultos y la sociedad por no formar e informar adecuadamente a los niños antes y durante ese proceso. La mentalidad que prevalece es retorcida y sucia al no aceptar que la sexualidad es algo inherente al hombre.
Sobre esta etapa de la vida se han dicho verdaderas barbaridades, incluso por parte de los especialistas como por ejemplo:
G. Stanley Hall, director allá por 1909 de la Universidad de Clark (Massachusetts); asignó a la adolescencia la condición de stress emocional debido a los rápidos cambios psicológicos producidos durante la pubertad. 
Sin embargo, la antropóloga Margaret Mead determinaría años después que este stress es totalmente evitable y que se debe a un problema social.
Es decir que, el niño o niña cuando llega a la pubertad adquiere la velocidad de un tren y se encuentra con una sociedad llena de tabúes, reglas e imposiciones; que se mueve en lo moral y lo psicológico, con la lentitud de un mamut. ¡Como para no estresarse!

Por ello decidí cambiar el nombre de adolescencia a «Renascencia» y asignarle otro significado:
« Renascencia es el período no cuantificable de tiempo durante el cual constatamos que podemos relacionarnos con los demás sin dejar de ser nosotros mismos. En el cual aplicamos aquellas cualidades innatas con las que nacimos a problemas concretos y contrastamos los valores aprendidos en la familia o proclamados por la sociedad, para ver si vale la pena portarlos como estandarte.
Y por sobre todas las cosas es la etapa en que nos enamoramos totalmente, completamente y para siempre…
¿Y usted, cuándo comenzó su Renascencia?
Poque yo he tenido unas cuantas a lo largo de mi vida. Algunas de ellas están escondidas tras el telón de la historia en esta novela. https://www.amazon.com/Renascencia-Finalista-Certamen-Hontanar-Spanish-ebook/dp/B01KW4Z2BK/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1483123769&sr=1-1&keywords=Renascencia  
Y para comprar el libro en papel:
Si compra desde España:

Sunday, December 18, 2016

¿Por qué la adolescencia tiene tanta mala prensa?

Yo me he rebelado con llamar adolescencia a ese período de la existencia. Es que la palabra adolescente está ubicada entre adolecer y adolorido, y conlleva la sensación de padecer una enfermedad inevitable que se cura con el tiempo, como la gripe, y que puede paliarse aprendiendo a usar tampones, preservativos, cremas depilatorias, maquinillas de afeitar o fumando. Por ello he elegido «Renascencia» y la he definido como la etapa de la vida en la cual constatamos que podemos relacionarnos con los demás sin dejar de ser nosotros mismos. En ella aplicamos nuestras cualidades innatas y contrastamos los valores aprendidos en la familia o proclamados por la sociedad.De más está decir que hay personas de noventa años que todavía no la han superado. De ahí el valor de esta novela, ubicada temporalmente en el punto en que comenzamos a asomar la cabeza a un mundo nuevo, extraño, muchas veces incomprensible y las más de las veces profundamente cruel e injusto. Pero también tiene algo de misterioso y adictivo, en especial cuando nos enamoramos de verdad, por primera vez.


«...El cielo amagó caerse entre truenos y relámpagos, y a los cinco minutos salió el sol. «Ha de ser una zona adolescente del planeta», pensé.
Mónica no quería salir del agua y yo no sabía por qué
—No llevo bañador —me susurró
—Yo tampoco —contesté
—Pero a ti no se te nota —replicó emergiendo como una sirena. Quien no podía salir era yo, después de verla con la ropa pegada al cuerpo.
—Caminemos, necesito secarme antes de volver a casa y además debo hablar contigo —¿Hablar? No había una sola célula de mi cuerpo que deseara hablar en aquel momento. Sin embargo, el tono de su voz era lo suficientemente sombrío y presentí que mis sufrimientos sólo se habían tomado un respiro. Mi imaginación acaparó todas las hormonas de mi cuerpo. ¿Qué podía pasar que no hubiese sucedido ya? Si me comparaba con el Augusto que arrastraba resignado las maletas, al principio de las vacaciones… ¿Cuánto tiempo había pasado?, parecía toda una vida…
En fila india desfilaron mis recuerdos desde aquel ¡Hola! inicial al bikini floreado inalcanzable que luego se transformó en azul palpable a través de unos ojos verdes de muerte. La culminación estaba en esta Mujer, que me había ayudado a liberar mis fantasmas interiores.
 No estaba preparado. Sus brazos cruzados más debajo de la cintura protegían un gineceo pulsante, expectante. Y yo no sabía qué hacer ni qué decir.
Caminamos hasta que sus pezones desaparecieron tras la blusa seca.
—Me voy mañana…»

Párrafo de la novela «Renascencia» de Ricardo Lampugnani ©
  

Sunday, December 04, 2016

¿Poco yo? Parte 2

 En la entrada anterior habíamos hablado de lo maravilloso que es el producto ser humano en su parte externa, en sus componentes visibles.

¿Qué es lo invisible que nos hace espectaculares?       

 Componentes invisibles
·         MENTE
·         ESENCIA
Y Usted podría preguntar: ¿Solo dos y además tienen nombres usados hasta el cansancio, con las intenciones más diversas? 
Sí, es cierto. No se me ha ocurrido otra forma de nombrarlos ya que estos términos están en uso incluso entre los neurocientíficos. A decir verdad, podría cambiar ESENCIA por ALMA, pero no sé si no sería todavía peor.

Mente
Los antiguos griegos llamaban a la Mente psyché o psiquis aunque ellos le daban el significado de alma y establecían que allí residía la conciencia o inconciencia del producto ser humano.
Hoy en día se le atribuyen a la Mente los procesos de:
·                    Cognición (conocimiento)
·                    Emociones
·                    Creatividad
·                    Memoria
·                    Aprendizaje
·                    Sensaciones
·                    Percepciones
·                    Pensamientos
·                    Sentimientos
·                    Sentido del humor
El nivel de conciencia parece ser una línea fronteriza entre la Mente y la Esencia, que tanto puede estar en poder de una como de la otra.
En la mente también reside un elemento llamado egó, EGO en castellano, al que se le han atribuido todo tipo de cualidades a lo largo de la historia, y no siempre buenas. En realidad, según mi experiencia, el Ego o Yo, no tiene nada de malo y tan solo es el jefe de relaciones públicas de la mente.
Como puede verse, el producto ser humano no es únicamente excepcional en sus componentes visibles, sino que lo es mucho más al conocer su componente invisible: Mente.
A través de la mente no solo se aprende, sino que la información nueva se corrobora e imbrica con otros conocimientos anteriores, mejorándolos y enriqueciéndolos. Y además no pueden borrarse.
¿Qué?
Lo que ha leído. Los conocimientos no pueden borrarse. Aunque a veces pareciera que muchas cosas se han olvidado, es suficiente que se active su sistema gatillo para que todo aparezca allí, como recién aprendido. Obviamente hablamos de individuos sanos.
Permítame que me salga de la línea del manual de usuario para poner un ejemplo personal.
Hace unos días iba caminando por la ciudad de Tarragona y vi un árbol que me resultó conocido. No es autóctono del Mediterráneo sino de zonas tropicales y subtropicales de América por lo que no se ve mucho por aquí. A pesar de resultarme familiar, no recordaba el nombre científico. Al ver las hojas asocié su forma al nombre vulgar: pezuña de vaca y como un disparo me vino a la cabeza el nombre científico: bahuinia candicans. También recordé que le llaman falsa caoba y que su madera se usa en ebanistería. Es cierto que estuve en el mundo de las plantas ornamentales, pero de eso hace ya casi veinte años.
Ahora mismo, mientras escribía la anécdota anterior, al evocar el pasado en otro país, me vi a mi mismo acostado boca arriba. A la izquierda hay una ventana que tiene la persiana entreabierta. Por los resquicios se cuelan haces de luz que contienen pequeñas motas de polvo. Las partículas parecen bailar y a mí me divierten. Afuera se escucha el sonido de una escoba barriendo y un balde de agua que alguien vacía sobre el piso. Me invade una sensación de tranquilidad. No estoy solo. Mi madre baldea el patio… De eso hace ya, cincuenta y tantos años.
Como puede ver, la mente no solo almacena conocimientos sino también sensaciones, emociones y recuerdos. ¡Qué producto increíble es el ser humano!
https://www.youtube.com/watch?v=EF43j8HF28I
Los especialistas en neurología investigan de dónde proviene nuestro sentido del humor. De hecho, es una capacidad que no tiene explicación lógica. El cerebro recibe una información, la procesa y por alguna razón envía órdenes a los músculos para que se contraigan. Es la capacidad de la mente para imaginar ciertas situaciones que nos resultan graciosas. Y no son todas. Ciertos chistes nos hacen reír y otros no.
Como puede ver, señor usuario, gracias a la cámara de vídeo podemos ver, pero es debido a la capacidad de la mente que podemos percibir la belleza de un amanecer o de un atardecer.
A través del analizador de sonidos, escuchamos, pero gracias a la mente podemos disfrutar de la música.
Un quimiorreceptor nos permite oler, pero la mente nos permite percibir un perfume delicioso. Otro receptor nos deja saber si algo es dulce, salado, ácido o amargo, pero junto con el olfato y la mente somos capaces de degustar una buena comida.
La cobertura de la que estamos revestidos nos indica cuando entramos en contacto con otro cuerpo, pero es la mente la que nos hace disfrutar una caricia.
Podemos concluir entonces que el producto ser humano está diseñado para aprender casi ilimitadamente, recordar todo lo aprendido, establecer un campo de conocimiento haciendo interactuar todas las experiencias, disfrutar de la belleza, estremecerse con la música, gozar con los aromas y los sabores, emocionarse con una caricia y reírse a carcajadas con algo gracioso o simplemente sonreír de gusto. Además, tiene la capacidad de crear aquellas mismas cosas de las que es capaz de disfrutar y de imaginar situaciones inexistentes, mundos fantásticos y experiencias placenteras.
https://www.youtube.com/watch?v=gYleFu-z2_
En este punto, el usuario perspicaz comenzará a intuir que este manual podría llegar a ser una utopía.
¡No, no, no!
Pruebe usted a leer algo con la curiosidad y el interés de un niño. Haga solo eso, no piense en que está perdiendo el tiempo, que debe mirar el saldo de su cuenta bancaria o llevar el coche a revisión. Apunte en un papel lo que le llame la atención y verá que no olvidará lo aprendido.
De la misma manera siéntese a comer y solo a comer. Huela largamente, llévese un pequeño trozo de alimento a la boca, paséelo por todos los receptores, sienta la consistencia, la temperatura, los matices ácidos, dulces, salados, ese toque amargo… ¡Y verá la cantidad de sensaciones que puede ofrecer hasta un simple trozo de pan!
Procure hacer lo mismo con todo lo demás y comprenderá que el producto ser humano está diseñado para disfrutar de todo lo que le rodea.
Ya sé. En el mundo en el que vivimos no hay tiempo para todo eso.
¿Y para qué hay tiempo?
Se lo pregunta alguien que ha pasado muchos años corriendo, haciendo algo mientras pensaba en el resto de cosas que dejaba sin hacer. No hay manera de disfrutar si no se está presente. De nada vale que le cuenten lo buenísima que estaba aquella fiesta si usted no estaba allí.
Pero yo sé que el señor usuario no se cree del todo lo que se explica en este manual y le vendrá a la mente la cuestión del sufrimiento y el dolor…
Sí, el producto ser humano puede captar con la misma intensidad lo positivo que lo negativo, aunque a veces pareciese que lo negativo pesa más.
¿No ha estado usted nunca enfermo?
¿No ha tenido jamás un terrible dolor de muelas en plena noche?
El dolor y la fiebre no dejan pensar, las horas no pasan, uno quisiera dormirse pero no puede, no hay manera de relajarse.
¿Qué sucede cuando pasa el dolor y la fiebre se va?
Uno sale a la calle y todo parece más luminoso, las flores tienen más color, la comida sabe a gloria… Porque tras el padecimiento el producto ser humano tiene la necesidad de disfrutar, de estar presente. No hay sitio para poner la mente en piloto automático. Y esa es la razón por la que parece pesar más lo negativo. Es que la mayoría del tiempo en que no sufrimos, nos la pasamos con la Mente en piloto automático.
Hasta ahora, se puede vislumbrar que el producto no solo tiene unas prestaciones altísimas a través de sus componentes visibles, sino que la presencia del componente invisible Mente, potencia las mismas a niveles casi inimaginables.
Pero, ¿qué pasa con el otro componente invisible? Con lo que tenemos, ya vamos sobrados de equipamiento…
Parece que sí, pero seríamos una especie de zombis.

Es cierto que hay muchos especímenes en funcionamiento a los que parece faltarles algo, la ESENCIA.
Sin embargo, eso es imposible porque todos los productos se fabrican con todos sus componentes sin excepción. Puede que la Esencia esté descargada, minimizada, arrinconada, subyugada; pero está.

«La Felicidad. Manual de usuario para Humanos»
Ricardo lampugnani ©

Monday, November 28, 2016

¿Poco yo? Parte 1

Todos tenemos días en que nos sentimos poca cosa... casi insignificantes.

¿y si mirásemos al ser humano como si fuese un producto que compramos al nacer?

El producto ser humano consta de dos partes principales:
·                    Componentes visibles
·                    Componentes invisibles
Ya sé que le parecerá una verdad de Perogrullo. ¡Qué descubrimiento! ¿No? Pero de alguna manera hay que comenzar a desenredar la madeja.
Creo que todos los colores de este producto al que llamamos ser humano constan de estos componentes sin excepción: negros, blancos, amarillos y todos los tonos intermedios. Como puede ver, en esto también somos iguales. Incluso comparten estas características todos los modelos de las diferentes marcas: varones, mujeres, transexuales, homosexuales, bisexuales, lesbianas y asexuales. Ocurre lo mismo con los tamaños y formas de los diferentes modelos: altos, bajos, flacos, gordos, niños, adultos, bellos y feos.
Recapitulando, el producto ser humano tiene como finalidad ser feliz y viene de fábrica con dos tipos de componentes bien diferenciados: los visibles y los invisibles.
Componentes visibles.
Los componentes visibles constituyen la carcasa del producto, su panel de control, su sistema de ventilación, su motor, los sensores de detección, su mecanismo de traslación y su aparato de drenaje.
Su funcionamiento es totalmente automático y sincronizado. No necesita lubricación adicional y funciona con agua y elementos orgánicos variados.
Esta maravilla de la ingeniería universal es además: autorregulable. Es decir que si por un fallo de fabricación o un accidente posterior, alguno de sus sensores se avería o deja de funcionar, los otros se activan e incrementan su capacidad.
Los sistemas sensores están formados por:
·                  Una cámara de vídeo 2D  con 576 megapíxeles de resolución[1] que permite diferenciar los objetos que están en un primer plano de los que están en un segundo. Consta de obturador automático, gran angular de 120 grados hacia los lados y 60 grados en sentido vertical.
·                  Un analizador de sonidos que permite detectar la frecuencia, ritmo y altura y transmitirla de manera electroquímica al ordenador central.
·                  Un quimiorreceptor de olores que permite distinguir más de 10.000 aromas diferentes.
·                  Un quimiorreceptor de sabores capaz de detectar cinco variedades diferentes: ácido, dulce, amargo, salado y umami o sabroso. Además posee una serie de sensores táctiles que permiten distinguir consistencia, tamaño y temperatura. Si bien comparado con los otros sistemas parece rudimentario, al estar en íntimo contacto con el receptor de olores, le permite distinguir una enorme variación de combinaciones.
·                   Un sistema táctil que se activa instantáneamente cuando el producto entra en contacto con otro cuerpo y percibe la presión que recibe y la temperatura. Consta de más de cuatro millones de sensores distribuidos por toda la cubierta de la carcasa.
El producto ser humano viene de fábrica con un sofisticado sistema de seguridad y alarmas contra posibles ataques externos o internos. Asimismo posee la capacidad de actualizar sus archivos de datos con nuevas amenazas y desarrollar defensas efectivas para cada caso.
Su estructura interna, liviana y resistente, tiene la capacidad de auto repararse en caso de rotura. Sus articulaciones auto lubricadas le permiten una infinita variedad de movimientos con una precisión micrométrica a la que se agrega una velocidad de carrera variable, de cero a sesenta kilómetros por hora en los modelos más deportivos[2]. Las extremidades superiores pueden obtener una precisión y rapidez asombrosas mediante la práctica por repetición.
Todas las marcas y modelos vienen acabados con una cubierta porosa, flexible y resistente al desgaste. Este recubrimiento es fotosensible, es decir, tiene la capacidad de oscurecerse en presencia del sol y aclararse en ausencia de éste. El efecto es más evidente en los modelos de color claro. Además dispone de un dispositivo que detecta las diferencias térmicas y reacciona enviando la información al resto del sistema. Es suficiente con aplicar cualquier objeto sobre su superficie para saber si está frío o caliente. Consta también de un eficiente equipo de regulación térmica por humidificación y evaporación de agua.
Por último el producto ser humano consta de un ordenador central de última generación equipado con tres tipos de memoria:
·                    Sensorial
·                    Corto plazo
·                    Largo plazo
El uso de memorias dinámicas permite un almacenamiento de 2.5 petabytes, es decir aproximadamente un millón de gigabytes. Para que nos hagamos una idea de la capacidad de almacenaje, sería el equivalente a unos tres millones de horas de vídeo o 300 años de reproducción continua.
El ultra mega computador está unido a todos los sistemas sensores y motores de los que recibe información y a los que da órdenes y soluciona problemas.

Como puede observar, señor usuario, el producto ser humano es una maravilla tecnológica de última generación. Sin embargo, y pese a sus adelantos, comparte muchos de sus características con otros productos considerados de inferior calidad, llamados animales. De hecho, hay animales que superan en mucho los componentes visibles del ser humano. No en todos, pero lo superan en sensores, sistemas de seguridad, resistencia de la cubierta externa, velocidad, elasticidad y hasta en precisión.
¿Significa eso que es preferible el producto animal al ser humano? O… ¿Es el producto ser humano, parte de una gama más amplia denominada genéricamente: animal?
La respuesta a la primera pregunta es NO.
La respuesta a la segunda es: PUEDE
Aunque todo indique que el ser humano es un animal que ha evolucionado de los primates, el complejo equipamiento que comparte con ellos bastaría para hacerlo algo especial en el universo. El simple hecho que millones de átomos se hayan unido de una determinada manera, a fin de ofrecer prestaciones tan sofisticadas, es un milagro.
Por ello, si ha adquirido uno de sus modelos, puede darse por satisfecho. Será difícil que logre agotar sus capacidades incluso proponiéndoselo.
Sin embargo, hemos hablado tan solo de sus componentes visibles y de manera somera y enumerativa. Esperemos a conocer algunos de sus componentes invisibles.



[1] La cámara más potente del planeta es la Dark Energy Camera montada en el telescopio del Observatorio del Cerro Tololo en Chile y tiene 570 megapíxeles a través de cinco lentes de precisión.
[2] El modelo olímpico Usain Bolt puede desarrollar hasta 64 km/hora

Monday, November 21, 2016

Otros cinco céntimos sobre mí.

La atracción de los medios de comunicación.

Hoy vuelvo a hablar sobre mí, otros cinco céntimos. Y no es que me haya comenzado a gustar, sino que lo creo una obligación. ¿Quién va a leerme si nadie me conoce? Yo hago lo mismo antes de comenzar un libro. Saber del autor/a, de sus vivencias, de su experiencia…
En el último post había quedado en que siempre me gustó la televisión. Es un mundo fascinante y mágico, como una gran obra de teatro. El televidente solo ve lo que le dejan ver y se lo cree a pie juntillas. Yo participé por primera vez de un programa cuando tenía diecisiete años. Era un concurso de preguntas y respuestas que organizaba una aerolínea. Y acabé siendo el protagonista principal porque lo gané.
La sensación de salir a la calle y que todo el mundo te reconozca, sabe a gloria, pero también es adictiva. Y decidí meterme en ese mundo como locutor de noticias de un telediario. Sin embargo, fracasé. A pesar de llegar a la final de la selección, me ganó la hija de un periodista que ya trabajaba en el canal. ¿Habrá sido por influencias? Juro que lo pensé, pero si algo tiene el fracaso es que no tiene remedio. ¡Fracasamos y punto! Es la única manera de aprender. De los triunfos uno presume, de los fracasos aprende. Y yo debo haber aprendido mucho si tomo en cuenta los fracasos.
De todos modos, la vida tiende a dar segundas y terceras oportunidades. La mía llegó por causalidad, sí, no está mal escrito: CAUSALIDAD. Yo no creo en las casualidades. Todo tiene una razón, todo sucede por algo, aunque desconozcamos la causa.
Me inicié haciendo un micro de cuatro minutos para un programa que se llamaba «Perfume de mujer», al poco tiempo comencé a colaborar con «TV Salud» y acabé siendo director del mismo.
Entrevista para Canal 3 de Rosario
Luego vinieron las «ligas mayores», «Puertas Abiertas» y «El diario TV» conducidos por uno de los periodistas más reconocidos del interior de Argentina: Carlos Mut.
Carlos Mut
No obstante, me quedaba la radio. Ya había hecho mis pinitos en ella y comencé a colaborar con una gloria de la radiofonía: Norberto Chiabrando (hoy desaparecido) en un programa que duraba cuatro horas y se llamaba «Los mejores».
Norberto Chiabrando
También colaboraba regularmente con Nora Covalcid y otros periodistas. Fue una experiencia muy valiosa. Me han quedado multitud de anécdotas. En algunos casos hasta mi integridad física peligró al investigar noticias tras las cuales había mafias y grandes intereses políticos. Fui perseguido por seguratas, tiroteado en medio de un bosque, descalificado por políticos… ¡Emocionante! Pero poco redituable en el plano económico.
Nora Covalcid
Al mudarme de Argentina a España tampoco pude evitar el seguir en contacto con los medios: Ebre’s TV de Tortosa, Canal TE Amposta, Radio Nacional de España, Televisión Española (España Directo), Catalunya Ràdio. En estos casos, ya como responsable del equipo técnico de una de las empresas más grandes de Europa en su ramo.
Bueno, creo que ya es suficiente por hoy. Supongo que hay más de cinco céntimos.
¡Gracias por estar ahí!  


Sunday, October 30, 2016

Cocina de autor

A punto de acabar mi segundo libro de no ficción, debo decidir cual de las dos trilogías que tengo comenzadas, cocinaré este invierno. Sí, porque escribir es como cocinar un buen plato. Uno elige los ingredientes, los sazona para que sean más dulces, más salados o más picantes y luego los cuece a fuego lento, agregándoles un buen caldo, finas hierbas y esas especies que le dan un sabor y aroma peculiares...

Y creo que me decidiré por la más antigua, que ya lleva reposando unos meses... La saga tiene como título provisorio «Genios esclavos» y el primer libro se llamará casi con seguridad: «El secreto de Sara Mata y Darren O'Connor». Quienes han probado este primer plato me dicen que tiene algo de «The Gossip Girl», un toque de «Los Juegos del Hambre» y una suave reminiscencia a «10 cosas que odio de tí». Yo no lo sé porque de la primera solo he visto un par de capítulos, no leí «Los Juegos del Hambre» y no vi el remake de la peli. 

Como me gusta dejar entrar cada tanto a alguien en mi cocina, hoy voy a publicar un trozo del primer capítulo. A ver si alguien me da su opinión... 

¡Qué apetezca!


Las chicas se concentraban en las escaleras del Instituto La Vora. Era el primer día del último curso de la escuela secundaria obligatoria. Ellas estaban más cercanas al bachillerato que aquellos otros alumnos que ingresaban con cara de susto a su primer año en la escuela para grandes. Estar con un pie afuera era digno de orgullo, y así lo sentían ellas. Lo demostraban quedándose fuera y sin cargar la típica mochila que habían llevado adosada a la espalda durante cuatro años.
Mientras comentaban la fatídica noticia de la muerte de Anna y los rumores de que su amiga Sara Mata había sido interrogada por la policía, observaban las caras de quienes pasaban ante ellas y entraban al hall del edificio.
—A mí me dijeron que puede estar implicada… —comentó Inés mientras escondida entre sus camaradas le daba una última calada al cigarrillo.
— ¡Qué dices!... Sara es incapaz, yo la conozco bien —replicó Sonia, una morena que había compartido con Sara los años de escuela primaria en el pueblo vecino de El Marge.
— ¡Pss!.. ¡Con la cara de mosquita muerta que tiene! —agregó la Cleo mientras peinaba sus cabellos rubios con los dedos sin dejar de masticar chicle y menearse al compás de la música de su smarthphone.
Y es que la Cleo hacía tiempo que deseaba entrar al club de las populares que lideraba Inés y ya no sabía que decir con tal de hacerle la pelota. A pesar de ser resultona y medianamente inteligente, no tenía nada que ofrecer a Inés. No era oro ni plata, ni siquiera acero, quizás cobre… pero sin trabajar.
Inés era la matahari del instituto, lo había probado todo menos estudiar y repetía sin cansancio que quería ser modelo y actriz. Sus seguidoras intentaban imitarla en lo que podían y admiraban su desenfado ante los chicos, el desprecio hacia los profesores y su espectacular cuerpo que hacía voltear la cabeza a quien se cruzaba en su camino, fuese hombre o mujer.
—Dicen que estaba en pelotas…
— ¡Pobrecilla!
—A mí me da yuyu…
— ¡No me rayes!
—Yo escuché que se había enrollado con un camello…
—A ver, ¡tías! —Inés impuso su autoridad—… que la noche que murió Anna, la pasaba en casa de Sara y las dos le daban al alpiste… ¡vaya a saber qué pasó!, a lo mejor se fue de la bola y… —la frase le quedó a medias. Se quedó muda al ver acercarse una camiseta estampada con la bandera británica.  Contenía un cuerpo delgado, fibroso, tostado por el sol del verano que languidecía. Inés miró hacia abajo: unos tejanos descoloridos de tiro bajo que enfundaban unas piernas largas y acababan en unas bambas blancas con los cordones desatados. La mayoría de las otras chicas miraron hacia arriba: Ojos azules, nariz arremangada y unos bucles rubios cayendo sobre la frente en perfecto desorden.
— ¡Vaya bombón! —murmuró Inés.
—Está algo raquítico, pero me vale —dijo la Cleo lo suficientemente alto como para que el chico escuchara. Y pensó mirando de reojo a Inés: «otra vez este año no me como un rosco por su culpa.»
Las demás se limitaron a mirar y a forzar una sonrisa. Lo dejaron pasar y continuaron observando mientras subía la escalera. El nuevo, como sería bautizado hasta que tuviese un nombre, tenía un culito respingón que completaba una muy buena calificación general. Pero sin ninguna duda la destinada a probar sus atributos era Inés y las demás esperarían las migajas que cayesen de su plato. Nadie era capaz de disputarle el reinado.
El nuevo cruzó la puerta del hall de entrada y se detuvo. A lo largo del pasillo central se habían formado dos hileras de alumnos que recibían a los nuevos integrantes. El ritual de iniciación consistía en empujar al postulante, con violencia, hacia la otra fila. Quien estaba más cerca volvía a impulsarlo hacia el otro lado y así sucesivamente hasta que acababa de cruzar aquel túnel humano del cual salía en general mareado y magullado. Pero aquello no era todo. Detrás de las dos filas se veían varios muchachotes con aspecto de no tener edad para instituto. En apariencia oficiaban de encuestadores de los recién llegados, los palmeaban en la espalda y les daban unas instrucciones. La consigna era colocar el pulgar y anular de la mano derecha formando un aro que los superhombres penetrarían con dos dedos de su mano izquierda a los que previamente habían lubricado con saliva. «Such a denigrating ritual»[1], pensó Darren. Pero no era muy distinto de los que había conocido en otros sitios.
Darren avanzó un paso, pero no lo suficiente como para que el primer integrante del túnel lo cogiese. De improviso agarró al chaval por el cuello y lo lanzó hacia el otro costado del túnel humano. La acción fue tan rápida que nadie se percató que el que ingresaba a la serie de empujones era uno de sus propios miembros. Al segundo en la fila le sucedió lo mismo pero el tercero ya desistió y así el cuarto y el quinto. Darren llegó al final del pasillo sin haber recibido un roce. Pero faltaba lo peor porque allí pululaban repetidores en busca de víctimas con las que jugar al fack –cop. Quien no estuviese al tanto o se negase a realizar el ejercicio fálico estaba condenado a recibir tantos puñetazos como su verdugo decidiera. Los golpes eran en los brazos, por arriba de los codos y más valía no reportarlos como agresión si no se quería transformar en víctima de acoso para todo el curso.
Darren llegó al final del pasillo en el momento exacto en que El Taco descargaba su agresividad sobre un gordito de primer año, quien para colmo de males llevaba gafas.
—¿Puede que irte bien alguien de tu edad? —preguntó deteniendo el brazo del agresor en el aire.
—¿Y tú quién eres? —preguntó sorprendido el colombiano.
—Su hermano —contestó Darren y sin dar tiempo a ninguna reacción le retorció el brazo hasta casi rompérselo. El Taco se quedó inmóvil por el dolor y por la sorpresa. No podía ser que aquel tío con un acento tan raro fuese hermano del gusano con gafas que caminaba como si estuviese en los arrozales del Delta y se le pegasen las espardenyes[2] en el fango.
—Y si yo veo a ti, aquí hacer tonterías, ya puedes ir pedir una escayola… —le dijo al oído.
El Taco pegó un salto, alejándose en cuanto Darren lo soltó. Había peleado muchas veces, había desafiado navajazos y detenido botellazos, pero aquel tío delgaducho tenía algo en las manos. La torsión había sido poderosa y hasta el límite en que las articulaciones y los tendones comienzan a romperse. No estaba jugando y no le costaba nada ir un poco más allá si se le provocaba lo suficiente.
El Taco hizo un pequeño gesto, casi imperceptible para quienes no estaban prestando suficiente atención, pero muy explícito para Darren: el contrincante estaba de acuerdo en los términos de la tregua, su orgullo le impedía capitular por lo cual, si Darren pretendía dar la guerra por ganada, debería pelearse en serio. La tregua en cambio podía llevar a un acuerdo, a un pacto e incluso a una alianza de fuerzas. Y el Taco le dejó el camino libre, para sorpresa de muchos, que ya saboreaban una riña con derramamiento de sangre como desenlace.
Jordi Estarri había observado los movimientos de Darren desde el mismo instante en que puso los pies en el hall del edificio. Tenía muy buen olfato para detectar problemas y éste podía convertirse en uno… y de los gordos.
Darren pasó junto a Jordi sin prestarle la mínima atención. Sin embargo, también lo había visto y catalogado cuando entró en el edificio: «Manipulador, machista, mentiroso, pijo venido a menos y traficante encubierto», había pensado, y con el tiempo concluiría que su evaluación inicial se había quedado corta.
En aquel momento sonó el timbre que indicaba el comienzo de las clases. Las aulas de los primeros cursos se llenaron de ruido: mochilas contra el suelo, pupitres arrastrados y el roce de treinta cuerpos excitados por la novedad. Las de los mayores en cambio se veían despobladas, lánguidas. La Cleo entró acelerada, con el chicle en la boca y el móvil en la mano… Y se quedó paralizada. ¡Eran tan pocos! En años anteriores había utilizado su pequeña estatura y los pupitres detrás de alguien más alto para pasar desapercibida, pero ahora tenía la sensación de que no había dónde esconderse. Además, y para colmo de males, aquel color rubio de su cabello, que ella había pensado atraería a los chicos, la pondría en evidencia frente a los profesores. Todavía no habían comenzado las clases y ya estaba añorando su antiguo color negro azulado que le había valido el apodo de Cleo. Según le había explicado su madre, se trataba de un personaje muy famoso de la tele que mandaba a los niños a la cama cuando se acababa el horario infantil, allá por los años en que Franco todavía vivía. Ella misma había buscado un vídeo por Internet antes de aceptar que la llamasen así en todas partes. Aunque lo que en realidad le apetecía era llevarse ella misma los niños a la cama… y los no tan niños.


[1] Such a denigrating ritual: ¡Qué ritual denigrante!
[2] Espardenyes: cat. alpargatas
Ricardo Lampugnani
Derechos reservados ©

Friday, October 28, 2016

Ríete del Olimpo

A menudo pensamos que los clásicos son muy serios y aburridos, pero ¿qué pasaría si mirásemos al Olimpo con los ojos de hoy?
¿No sería una especie de culebrón?
Porque el poder absoluto tiene mucho de cómico y caricaturesco... Os dejo este fragmento.


Zeus meditaba sentado en su trono blanco, inmaculado. Usaba el rayo para acompañar sus
pensamientos sin percatarse que al moverlo, producía tormentas en distintos lugares de la Tierra.
— ¡No puede ser!, ¡No puede ser!... ¡Estoy harto!... —gritó sintiendo que el ojo izquierdo
le titilaba, como una estrella en el firmamento.
Es que cada vez que discutía con su esposa Hera por culpa de los celos, o alguien le
contrariaba, se ponía de muy mal humor. Todos lo sabían y procuraban mantenerse a distancia
para no despertar su ira.
Pero esta vez iba en serio, estaba cansado de repetir siempre lo mismo y que cada cual
hiciese lo que le venía en gana. Él quería un Olimpo reluciente que no le supusiera una tarea
titánica manejar y al mismo tiempo no pensaba delegar ni un ápice de poder en ninguno de sus
hijos.
La consecuencia era que el Olimpo era un caos… organizado. Los semidioses iban y
venían tratando de satisfacer las veleidades y caprichos de sus superiores. A veces, se enfrentaban
entre sí porque alguien asignaba a dos la misma tarea o problemas importantes no eran resueltos,
debido a que nadie se dedicaba a ello.
Todos llevaban oficialmente más ocupaciones de las que podían cargar y aun así cada día
se agregaba algún capricho. Los dioses no estaban en condiciones de oponerse a Zeus sin
arriesgarse a perder prerrogativas y éste tenía todo el día para pensar e idear tareas. La mayoría no
servían para nada, pero Zeus era terco y obtuso como las mulas de la Creta donde creciera.
—Aunque no estés de acuerdo… ¡hazlo!... Si dudas o piensas diferente… ¡créetelo! —
solía decir con desparpajo, que algunos acataban y otros masticaban sin acabar de tragar. Y
Hermes era uno de los segundos, es decir de los que masticaban.
De todos modos él, Zeus, era el Padre de todos. Sus decisiones estaban por encima de
cualquier tribunal y en consonancia con sus preferencias, prefería castigar a los dioses de menor
jerarquía aunque tuviesen parte de razón.
Era cierto que Afrodita se pasaba la eternidad excitando a unos y otros, pero ¿no era acaso
una de sus funciones?
Dionisio vivía de juerga en juerga, sin responsabilidad, pero alegraba a todos con el sólo
chispear de sus ojos pícaros. El desenfado con que salía de todas las complicaciones en las que él
mismo se metía, era proverbial. Jamás tenía la culpa de nada y siempre encontraba a alguien a
quien endosarle sus tareas.
Hera tenía un carácter horrible y era capaz de las peores atrocidades por envidia o celos,
que ella llamaba amor. Sin embargo estaba en todos los detalles, mantenía el orden y se imponía a
gritos si era necesario. Eso sí, anteponía siempre a sus palabras un sonoro:
— ¡Cariño! —aunque después viniese una frase prepotente, un insulto o una orden
ridícula.
Apolo, con sus poses amaneradas, montaba una tragedia de cualquier cosa. Hablaba hasta
por los codos aunque nunca ponía en práctica nada. Claro está que sus discursos magistrales,
recargados y remilgones, inspiraban siempre a algún poeta idealista y ya contaba en su haber con
cientos de poesías, canciones y prosas de una exquisita belleza. A Zeus le encantaba escucharlas y
aunque supiera que no eran de su autoría, ni entendiera de qué se trataban, lo admiraba por su
capacidad para robarlas.
Ártemis estaba siempre en la luna, en todo el sentido de la palabra, aunque su bohemia la
hacía una diosa adorable, en la luna...
Quizás la sobreprotección que Zeus ejercía sobre algunos de sus hijos se debiera en parte a
su infancia entre cabras, huertos y cuevas. Había sido duro, muy duro aceptar que su idolatrado
padre Cronos hubiese querido comérselo. Y aunque renegara de ello, una parte de la rusticidad de
aquellas tierras había quedado adherida a su piel. No era su culpa el haber crecido carente de una
temprana formación sofisticada, que lo obligaba ahora a saciar sus deseos de una manera
desenfrenada, sin escrúpulos.
Aún así, él mismo consideraba que había mejorado mucho por su contacto con las
pléyades del Olimpo. Había aprendido que podía encauzar su agresividad a una forma muy sutil,
aunque ello equivaliera a cambiar un garrote por la espada más afilada. El efecto era el mismo,
pero la forma era importante en aquel ambiente de educación exquisita.
—Perdón, Zeus, ¿me has mandado llamar? —preguntó Hermes interrumpiendo sus
cavilaciones.
—Si, pasa, pasa, siéntate —contestó Zeus con su sonrisa de “primero te acaricio, luego te
golpeo”.
—Te he pedido que vengas… —dijo el padre de los dioses, buscando las palabras más
afiladas, —porque quisiera que reflexionásemos sobre la forma en que te relacionas con los otros
dioses.
—No te entiendo —dijo Hermes entrecerrando los ojos, al tiempo que buscaba el ángulo
desde donde vendría el golpe.
—Sé que has tenido algunas discusiones con ellos… Muchos se quejan de tu
intransigencia…
“Ahora sí, ya sé por dónde”, pensó el mensajero, mientras comprobaba por enésima vez lo
chismosos y alcahuetes que eran sus hermanos y hermanas. Al primer problema, iban llorando a
contárselo a Zeus.
—Creo que tendrías que contenerte un poco en tus contestaciones y no ser tan orgulloso…
Al fin y al cabo tú también cometes errores —sentenció Zeus con una suavidad mentirosa,
apretando el rayo con fuerza.
—Mira, Padre, yo no estoy todo el día gimoteando por lo que me hacen los demás. Estoy
demasiado ocupado sirviendo de mensajero, protegiendo la ciencia y sacando a los viajeros de
caminos tenebrosos, entre otras cosas. Mis problemas con los otros dioses los resuelvo por mí
mismo y si no puedo o son muy graves, entonces te consulto. ¿No estás conforme con la forma en
que cumplo con mi misión? Dímelo, pero no me vengas con cuentos…—la voz de Hermes sonó
terriblemente agresiva a los oídos de Zeus, acostumbrados a elogios y adulaciones.
— ¿Desafías a tu Padre? —tronó la voz de Zeus.
—No, no te desafío. Mándame algo razonable y serás servido al instante —contestó
Hermes agitando las alas de sus pies.
— ¿Y quién determina si algo es razonable o no? —rugió Zeus, indignado. Hermes
comenzaba a cansarse de la estrechez de mira y egocentrismo del todopoderoso Señor del Olimpo,
pero una parte de su alma reconocía que algunos defectos que odiaba de su Padre eran los que no
aceptaba de sí mismo.
—En cuanto me lo mandes lo sabré, yo también soy un dios —contestó finalmente.
Los ojos de Zeus se llenaron de venas rojas como ríos de ira. Se levantó de su trono y
amenazante levantó los puños. Dio una brutal patada en el suelo que originó temblores y
maremotos.
Poseidón emergió del océano protestando contra la invasión de sus dominios. En la tierra,
los hombres huyeron aterrorizados de las ciudades.
— ¡Reconoce alguna vez cuando te equivocas! —gritó finalmente enfurecido.
—El día que me equivoque lo haré —replicó Hermes con tranquilidad. —Mientras tanto
déjame por favor que te diga algunas cosas. Yo soy el que anda por allá abajo, mezclado entre los
hombres, asistiendo a sus grandezas y miserias. Y créeme no son muy diferentes de las de aquí
arriba. A veces, no sé si los hombres son semejanza de los dioses o los dioses somos el espejo
donde ellos se miran. Quizás nos han creado con su mente para darle sentido a lo que no
entienden. Si es así, tendríamos que estar a su servicio y no ellos pendientes de nuestros
caprichos. Tú eres el primer orgulloso, el mayor torcedor de las leyes que tú mismo dictas. Tú
eres el que hace crecer los capullos en los árboles y luego envías una nevada que los seca. Tú eres
el que alienta la incondicional reverencia de los hombres y luego castigas la soberbia de levantar
enormes monumentos. Yo no puedo cambiarte, soy tu hijo. Discúlpame si te he hecho enfadar,
pero no estoy de acuerdo con este hato de dioses gordinflones, promiscuos, resentidos y retorcidos
en que has convertido el Olimpo. Como no estoy de acuerdo y no puedo cambiarlo, simplemente
hago mi trabajo y no permito que nadie me agobie, ni tú. Si tienes que castigarme por algo que no
hice o algo que hice mal, lo aceptaré; pero no el suplicio por el suplicio mismo, con Atlas ya
tenemos suficiente —Hermes escuchó el eco de sus palabras rebotar en las montañas vecinas.
Zeus había quedado petrificado tratando de entender qué significaban.

Teucro (El héroe de Creta) ©
Ricardo Lampugnani
https://www.amazon.es/Teucro-h%C3%A9roe-Creta-Ricardo-Lampugnani-ebook/dp/B016CF86RA/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1477652807&sr=1-1&keywords=Teucro

Tuesday, October 25, 2016

Cinco céntimos.


Cinco Céntimos sobre mí
No soy de escribir mucho sobre mí, aunque dicen por ahí que uno no puede escribir más que sobre sí mismo. Con seguridad, mis novelas y mis libros de no ficción reflejan de manera más o menos explícita cómo soy en realidad.
Sin embargo, creo que quienes no me conocen personalmente, tienen el derecho de saber quién es y cómo es Ricardo Lampugnani.
Pienso que la definición en cinco céntimos es que soy un humanista a ultranza. Es decir, creo que la sociedad debería estar dedicada a facilitar el crecimiento de cada persona en todos los aspectos: intelectual, espiritual, físico y económico. Dicho de esta manera suena a utopía, lo sé. Pero es lo que siento. Tal vez soy así debido a la influencia de mi abuelo paterno, un italiano que se autodefinía como anarquista y que me acompañó durante diez años de mi vida. Nunca voy a olvidar la sensación de desamparo y soledad en que me sumió su muerte.
De mi padre aprendí a hacer las cosas, aunque no salgan perfectas. De mi madre la constancia casi obsesiva y que la vida es nuestra y debemos hacer con ella la mejor versión de nosotros mismos. De la vida aprendí la paciencia y aún sigo aprendiendo. De mis hijas, maravillosas criaturas, aprendí la extraordinaria experiencia de abrir las manos y dejar volar al otro.
Soy un alma libre y eso me ha reportado no pocos dolores de cabeza.
Tengo una curiosidad casi enfermiza por saber sobre casi todos los temas. Por otro lado, no me creo casi nada de lo que me cuentan, si no lo he contrastado o experimentado. Soy proclive a la teoría de la confabulación. Creo firmemente que la historia ha sido escrita por los vencedores, y nos han mentido en casi todo.
He acumulado tantas experiencias durante mi vida que, cuando quise hacer un currículum detallado, me salió un libro. Sin embargo, a veces pienso que he hecho muy poco.
He leído todo lo que ha caído en mis manos, desde Gabriel García Márquez a Víctor Chamorro, desde Jacqueline Susann a Eduardo Mallea y desde Paul Feval a Rabindranath Tagore. Sería imposible nombrar a todos los autores.
Aprendí a leer y escribir antes de ir a la escuela. Y me aburrí horrores cuando al fin me tocó asistir. Es que yo me leía los libros antes de que comenzara el curso. Lo que ahora le dicen empollón. Pero no lo hacía por fardar. Yo era una esponja y no me contentaba con aprender, yo quería razones. Llevaba todo el día un ¿por qué? a cuestas. Y eso me valió la inquina de no pocos educadores a los que ponía en un aprieto.
Siempre me ha gustado investigar, aunque tuviese que recurrir a fuentes no autorizadas. Creo que uno debe escuchar todas las opiniones y luego sacar sus propias conclusiones.
Comencé a escribir, como casi todos los adolescentes, por angustia existencial. Hasta que descubrí que mi madre leía mi diario, y lo dejé. Jamás pude entender esa intromisión en la intimidad de las personas. Y todavía me molesta. Intenté entonces volcar en el dibujo y la pintura, mi imaginación desbordante y, aunque los demás decían que era bueno, yo no logré plasmar en una tela lo que había en mi cerebro. Me siento atraído por los amaneceres y las puestas de sol, por las perspectivas de calles antiguas y por las caras…
Tuve la oportunidad de trabajar en el departamento de arte de un canal de televisión cuando tenía catorce años, pero mis padres no lo permitieron. La televisión me quedó como una asignatura pendiente, pero la aprobé cuando nadie me lo pudo prohibir. Ya lo contaré, si cabe, más adelante.
Bien, hasta aquí mis cinco céntimos de hoy. Volveré sobre el tema, para quien le interese, en otra ocasión.
Gracias por estar allí.
 

New Realase!!!

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