Sunday, October 30, 2016

Cocina de autor

A punto de acabar mi segundo libro de no ficción, debo decidir cual de las dos trilogías que tengo comenzadas, cocinaré este invierno. Sí, porque escribir es como cocinar un buen plato. Uno elige los ingredientes, los sazona para que sean más dulces, más salados o más picantes y luego los cuece a fuego lento, agregándoles un buen caldo, finas hierbas y esas especies que le dan un sabor y aroma peculiares...

Y creo que me decidiré por la más antigua, que ya lleva reposando unos meses... La saga tiene como título provisorio «Genios esclavos» y el primer libro se llamará casi con seguridad: «El secreto de Sara Mata y Darren O'Connor». Quienes han probado este primer plato me dicen que tiene algo de «The Gossip Girl», un toque de «Los Juegos del Hambre» y una suave reminiscencia a «10 cosas que odio de tí». Yo no lo sé porque de la primera solo he visto un par de capítulos, no leí «Los Juegos del Hambre» y no vi el remake de la peli. 

Como me gusta dejar entrar cada tanto a alguien en mi cocina, hoy voy a publicar un trozo del primer capítulo. A ver si alguien me da su opinión... 

¡Qué apetezca!


Las chicas se concentraban en las escaleras del Instituto La Vora. Era el primer día del último curso de la escuela secundaria obligatoria. Ellas estaban más cercanas al bachillerato que aquellos otros alumnos que ingresaban con cara de susto a su primer año en la escuela para grandes. Estar con un pie afuera era digno de orgullo, y así lo sentían ellas. Lo demostraban quedándose fuera y sin cargar la típica mochila que habían llevado adosada a la espalda durante cuatro años.
Mientras comentaban la fatídica noticia de la muerte de Anna y los rumores de que su amiga Sara Mata había sido interrogada por la policía, observaban las caras de quienes pasaban ante ellas y entraban al hall del edificio.
—A mí me dijeron que puede estar implicada… —comentó Inés mientras escondida entre sus camaradas le daba una última calada al cigarrillo.
— ¡Qué dices!... Sara es incapaz, yo la conozco bien —replicó Sonia, una morena que había compartido con Sara los años de escuela primaria en el pueblo vecino de El Marge.
— ¡Pss!.. ¡Con la cara de mosquita muerta que tiene! —agregó la Cleo mientras peinaba sus cabellos rubios con los dedos sin dejar de masticar chicle y menearse al compás de la música de su smarthphone.
Y es que la Cleo hacía tiempo que deseaba entrar al club de las populares que lideraba Inés y ya no sabía que decir con tal de hacerle la pelota. A pesar de ser resultona y medianamente inteligente, no tenía nada que ofrecer a Inés. No era oro ni plata, ni siquiera acero, quizás cobre… pero sin trabajar.
Inés era la matahari del instituto, lo había probado todo menos estudiar y repetía sin cansancio que quería ser modelo y actriz. Sus seguidoras intentaban imitarla en lo que podían y admiraban su desenfado ante los chicos, el desprecio hacia los profesores y su espectacular cuerpo que hacía voltear la cabeza a quien se cruzaba en su camino, fuese hombre o mujer.
—Dicen que estaba en pelotas…
— ¡Pobrecilla!
—A mí me da yuyu…
— ¡No me rayes!
—Yo escuché que se había enrollado con un camello…
—A ver, ¡tías! —Inés impuso su autoridad—… que la noche que murió Anna, la pasaba en casa de Sara y las dos le daban al alpiste… ¡vaya a saber qué pasó!, a lo mejor se fue de la bola y… —la frase le quedó a medias. Se quedó muda al ver acercarse una camiseta estampada con la bandera británica.  Contenía un cuerpo delgado, fibroso, tostado por el sol del verano que languidecía. Inés miró hacia abajo: unos tejanos descoloridos de tiro bajo que enfundaban unas piernas largas y acababan en unas bambas blancas con los cordones desatados. La mayoría de las otras chicas miraron hacia arriba: Ojos azules, nariz arremangada y unos bucles rubios cayendo sobre la frente en perfecto desorden.
— ¡Vaya bombón! —murmuró Inés.
—Está algo raquítico, pero me vale —dijo la Cleo lo suficientemente alto como para que el chico escuchara. Y pensó mirando de reojo a Inés: «otra vez este año no me como un rosco por su culpa.»
Las demás se limitaron a mirar y a forzar una sonrisa. Lo dejaron pasar y continuaron observando mientras subía la escalera. El nuevo, como sería bautizado hasta que tuviese un nombre, tenía un culito respingón que completaba una muy buena calificación general. Pero sin ninguna duda la destinada a probar sus atributos era Inés y las demás esperarían las migajas que cayesen de su plato. Nadie era capaz de disputarle el reinado.
El nuevo cruzó la puerta del hall de entrada y se detuvo. A lo largo del pasillo central se habían formado dos hileras de alumnos que recibían a los nuevos integrantes. El ritual de iniciación consistía en empujar al postulante, con violencia, hacia la otra fila. Quien estaba más cerca volvía a impulsarlo hacia el otro lado y así sucesivamente hasta que acababa de cruzar aquel túnel humano del cual salía en general mareado y magullado. Pero aquello no era todo. Detrás de las dos filas se veían varios muchachotes con aspecto de no tener edad para instituto. En apariencia oficiaban de encuestadores de los recién llegados, los palmeaban en la espalda y les daban unas instrucciones. La consigna era colocar el pulgar y anular de la mano derecha formando un aro que los superhombres penetrarían con dos dedos de su mano izquierda a los que previamente habían lubricado con saliva. «Such a denigrating ritual»[1], pensó Darren. Pero no era muy distinto de los que había conocido en otros sitios.
Darren avanzó un paso, pero no lo suficiente como para que el primer integrante del túnel lo cogiese. De improviso agarró al chaval por el cuello y lo lanzó hacia el otro costado del túnel humano. La acción fue tan rápida que nadie se percató que el que ingresaba a la serie de empujones era uno de sus propios miembros. Al segundo en la fila le sucedió lo mismo pero el tercero ya desistió y así el cuarto y el quinto. Darren llegó al final del pasillo sin haber recibido un roce. Pero faltaba lo peor porque allí pululaban repetidores en busca de víctimas con las que jugar al fack –cop. Quien no estuviese al tanto o se negase a realizar el ejercicio fálico estaba condenado a recibir tantos puñetazos como su verdugo decidiera. Los golpes eran en los brazos, por arriba de los codos y más valía no reportarlos como agresión si no se quería transformar en víctima de acoso para todo el curso.
Darren llegó al final del pasillo en el momento exacto en que El Taco descargaba su agresividad sobre un gordito de primer año, quien para colmo de males llevaba gafas.
—¿Puede que irte bien alguien de tu edad? —preguntó deteniendo el brazo del agresor en el aire.
—¿Y tú quién eres? —preguntó sorprendido el colombiano.
—Su hermano —contestó Darren y sin dar tiempo a ninguna reacción le retorció el brazo hasta casi rompérselo. El Taco se quedó inmóvil por el dolor y por la sorpresa. No podía ser que aquel tío con un acento tan raro fuese hermano del gusano con gafas que caminaba como si estuviese en los arrozales del Delta y se le pegasen las espardenyes[2] en el fango.
—Y si yo veo a ti, aquí hacer tonterías, ya puedes ir pedir una escayola… —le dijo al oído.
El Taco pegó un salto, alejándose en cuanto Darren lo soltó. Había peleado muchas veces, había desafiado navajazos y detenido botellazos, pero aquel tío delgaducho tenía algo en las manos. La torsión había sido poderosa y hasta el límite en que las articulaciones y los tendones comienzan a romperse. No estaba jugando y no le costaba nada ir un poco más allá si se le provocaba lo suficiente.
El Taco hizo un pequeño gesto, casi imperceptible para quienes no estaban prestando suficiente atención, pero muy explícito para Darren: el contrincante estaba de acuerdo en los términos de la tregua, su orgullo le impedía capitular por lo cual, si Darren pretendía dar la guerra por ganada, debería pelearse en serio. La tregua en cambio podía llevar a un acuerdo, a un pacto e incluso a una alianza de fuerzas. Y el Taco le dejó el camino libre, para sorpresa de muchos, que ya saboreaban una riña con derramamiento de sangre como desenlace.
Jordi Estarri había observado los movimientos de Darren desde el mismo instante en que puso los pies en el hall del edificio. Tenía muy buen olfato para detectar problemas y éste podía convertirse en uno… y de los gordos.
Darren pasó junto a Jordi sin prestarle la mínima atención. Sin embargo, también lo había visto y catalogado cuando entró en el edificio: «Manipulador, machista, mentiroso, pijo venido a menos y traficante encubierto», había pensado, y con el tiempo concluiría que su evaluación inicial se había quedado corta.
En aquel momento sonó el timbre que indicaba el comienzo de las clases. Las aulas de los primeros cursos se llenaron de ruido: mochilas contra el suelo, pupitres arrastrados y el roce de treinta cuerpos excitados por la novedad. Las de los mayores en cambio se veían despobladas, lánguidas. La Cleo entró acelerada, con el chicle en la boca y el móvil en la mano… Y se quedó paralizada. ¡Eran tan pocos! En años anteriores había utilizado su pequeña estatura y los pupitres detrás de alguien más alto para pasar desapercibida, pero ahora tenía la sensación de que no había dónde esconderse. Además, y para colmo de males, aquel color rubio de su cabello, que ella había pensado atraería a los chicos, la pondría en evidencia frente a los profesores. Todavía no habían comenzado las clases y ya estaba añorando su antiguo color negro azulado que le había valido el apodo de Cleo. Según le había explicado su madre, se trataba de un personaje muy famoso de la tele que mandaba a los niños a la cama cuando se acababa el horario infantil, allá por los años en que Franco todavía vivía. Ella misma había buscado un vídeo por Internet antes de aceptar que la llamasen así en todas partes. Aunque lo que en realidad le apetecía era llevarse ella misma los niños a la cama… y los no tan niños.


[1] Such a denigrating ritual: ¡Qué ritual denigrante!
[2] Espardenyes: cat. alpargatas
Ricardo Lampugnani
Derechos reservados ©

Friday, October 28, 2016

Ríete del Olimpo

A menudo pensamos que los clásicos son muy serios y aburridos, pero ¿qué pasaría si mirásemos al Olimpo con los ojos de hoy?
¿No sería una especie de culebrón?
Porque el poder absoluto tiene mucho de cómico y caricaturesco... Os dejo este fragmento.


Zeus meditaba sentado en su trono blanco, inmaculado. Usaba el rayo para acompañar sus
pensamientos sin percatarse que al moverlo, producía tormentas en distintos lugares de la Tierra.
— ¡No puede ser!, ¡No puede ser!... ¡Estoy harto!... —gritó sintiendo que el ojo izquierdo
le titilaba, como una estrella en el firmamento.
Es que cada vez que discutía con su esposa Hera por culpa de los celos, o alguien le
contrariaba, se ponía de muy mal humor. Todos lo sabían y procuraban mantenerse a distancia
para no despertar su ira.
Pero esta vez iba en serio, estaba cansado de repetir siempre lo mismo y que cada cual
hiciese lo que le venía en gana. Él quería un Olimpo reluciente que no le supusiera una tarea
titánica manejar y al mismo tiempo no pensaba delegar ni un ápice de poder en ninguno de sus
hijos.
La consecuencia era que el Olimpo era un caos… organizado. Los semidioses iban y
venían tratando de satisfacer las veleidades y caprichos de sus superiores. A veces, se enfrentaban
entre sí porque alguien asignaba a dos la misma tarea o problemas importantes no eran resueltos,
debido a que nadie se dedicaba a ello.
Todos llevaban oficialmente más ocupaciones de las que podían cargar y aun así cada día
se agregaba algún capricho. Los dioses no estaban en condiciones de oponerse a Zeus sin
arriesgarse a perder prerrogativas y éste tenía todo el día para pensar e idear tareas. La mayoría no
servían para nada, pero Zeus era terco y obtuso como las mulas de la Creta donde creciera.
—Aunque no estés de acuerdo… ¡hazlo!... Si dudas o piensas diferente… ¡créetelo! —
solía decir con desparpajo, que algunos acataban y otros masticaban sin acabar de tragar. Y
Hermes era uno de los segundos, es decir de los que masticaban.
De todos modos él, Zeus, era el Padre de todos. Sus decisiones estaban por encima de
cualquier tribunal y en consonancia con sus preferencias, prefería castigar a los dioses de menor
jerarquía aunque tuviesen parte de razón.
Era cierto que Afrodita se pasaba la eternidad excitando a unos y otros, pero ¿no era acaso
una de sus funciones?
Dionisio vivía de juerga en juerga, sin responsabilidad, pero alegraba a todos con el sólo
chispear de sus ojos pícaros. El desenfado con que salía de todas las complicaciones en las que él
mismo se metía, era proverbial. Jamás tenía la culpa de nada y siempre encontraba a alguien a
quien endosarle sus tareas.
Hera tenía un carácter horrible y era capaz de las peores atrocidades por envidia o celos,
que ella llamaba amor. Sin embargo estaba en todos los detalles, mantenía el orden y se imponía a
gritos si era necesario. Eso sí, anteponía siempre a sus palabras un sonoro:
— ¡Cariño! —aunque después viniese una frase prepotente, un insulto o una orden
ridícula.
Apolo, con sus poses amaneradas, montaba una tragedia de cualquier cosa. Hablaba hasta
por los codos aunque nunca ponía en práctica nada. Claro está que sus discursos magistrales,
recargados y remilgones, inspiraban siempre a algún poeta idealista y ya contaba en su haber con
cientos de poesías, canciones y prosas de una exquisita belleza. A Zeus le encantaba escucharlas y
aunque supiera que no eran de su autoría, ni entendiera de qué se trataban, lo admiraba por su
capacidad para robarlas.
Ártemis estaba siempre en la luna, en todo el sentido de la palabra, aunque su bohemia la
hacía una diosa adorable, en la luna...
Quizás la sobreprotección que Zeus ejercía sobre algunos de sus hijos se debiera en parte a
su infancia entre cabras, huertos y cuevas. Había sido duro, muy duro aceptar que su idolatrado
padre Cronos hubiese querido comérselo. Y aunque renegara de ello, una parte de la rusticidad de
aquellas tierras había quedado adherida a su piel. No era su culpa el haber crecido carente de una
temprana formación sofisticada, que lo obligaba ahora a saciar sus deseos de una manera
desenfrenada, sin escrúpulos.
Aún así, él mismo consideraba que había mejorado mucho por su contacto con las
pléyades del Olimpo. Había aprendido que podía encauzar su agresividad a una forma muy sutil,
aunque ello equivaliera a cambiar un garrote por la espada más afilada. El efecto era el mismo,
pero la forma era importante en aquel ambiente de educación exquisita.
—Perdón, Zeus, ¿me has mandado llamar? —preguntó Hermes interrumpiendo sus
cavilaciones.
—Si, pasa, pasa, siéntate —contestó Zeus con su sonrisa de “primero te acaricio, luego te
golpeo”.
—Te he pedido que vengas… —dijo el padre de los dioses, buscando las palabras más
afiladas, —porque quisiera que reflexionásemos sobre la forma en que te relacionas con los otros
dioses.
—No te entiendo —dijo Hermes entrecerrando los ojos, al tiempo que buscaba el ángulo
desde donde vendría el golpe.
—Sé que has tenido algunas discusiones con ellos… Muchos se quejan de tu
intransigencia…
“Ahora sí, ya sé por dónde”, pensó el mensajero, mientras comprobaba por enésima vez lo
chismosos y alcahuetes que eran sus hermanos y hermanas. Al primer problema, iban llorando a
contárselo a Zeus.
—Creo que tendrías que contenerte un poco en tus contestaciones y no ser tan orgulloso…
Al fin y al cabo tú también cometes errores —sentenció Zeus con una suavidad mentirosa,
apretando el rayo con fuerza.
—Mira, Padre, yo no estoy todo el día gimoteando por lo que me hacen los demás. Estoy
demasiado ocupado sirviendo de mensajero, protegiendo la ciencia y sacando a los viajeros de
caminos tenebrosos, entre otras cosas. Mis problemas con los otros dioses los resuelvo por mí
mismo y si no puedo o son muy graves, entonces te consulto. ¿No estás conforme con la forma en
que cumplo con mi misión? Dímelo, pero no me vengas con cuentos…—la voz de Hermes sonó
terriblemente agresiva a los oídos de Zeus, acostumbrados a elogios y adulaciones.
— ¿Desafías a tu Padre? —tronó la voz de Zeus.
—No, no te desafío. Mándame algo razonable y serás servido al instante —contestó
Hermes agitando las alas de sus pies.
— ¿Y quién determina si algo es razonable o no? —rugió Zeus, indignado. Hermes
comenzaba a cansarse de la estrechez de mira y egocentrismo del todopoderoso Señor del Olimpo,
pero una parte de su alma reconocía que algunos defectos que odiaba de su Padre eran los que no
aceptaba de sí mismo.
—En cuanto me lo mandes lo sabré, yo también soy un dios —contestó finalmente.
Los ojos de Zeus se llenaron de venas rojas como ríos de ira. Se levantó de su trono y
amenazante levantó los puños. Dio una brutal patada en el suelo que originó temblores y
maremotos.
Poseidón emergió del océano protestando contra la invasión de sus dominios. En la tierra,
los hombres huyeron aterrorizados de las ciudades.
— ¡Reconoce alguna vez cuando te equivocas! —gritó finalmente enfurecido.
—El día que me equivoque lo haré —replicó Hermes con tranquilidad. —Mientras tanto
déjame por favor que te diga algunas cosas. Yo soy el que anda por allá abajo, mezclado entre los
hombres, asistiendo a sus grandezas y miserias. Y créeme no son muy diferentes de las de aquí
arriba. A veces, no sé si los hombres son semejanza de los dioses o los dioses somos el espejo
donde ellos se miran. Quizás nos han creado con su mente para darle sentido a lo que no
entienden. Si es así, tendríamos que estar a su servicio y no ellos pendientes de nuestros
caprichos. Tú eres el primer orgulloso, el mayor torcedor de las leyes que tú mismo dictas. Tú
eres el que hace crecer los capullos en los árboles y luego envías una nevada que los seca. Tú eres
el que alienta la incondicional reverencia de los hombres y luego castigas la soberbia de levantar
enormes monumentos. Yo no puedo cambiarte, soy tu hijo. Discúlpame si te he hecho enfadar,
pero no estoy de acuerdo con este hato de dioses gordinflones, promiscuos, resentidos y retorcidos
en que has convertido el Olimpo. Como no estoy de acuerdo y no puedo cambiarlo, simplemente
hago mi trabajo y no permito que nadie me agobie, ni tú. Si tienes que castigarme por algo que no
hice o algo que hice mal, lo aceptaré; pero no el suplicio por el suplicio mismo, con Atlas ya
tenemos suficiente —Hermes escuchó el eco de sus palabras rebotar en las montañas vecinas.
Zeus había quedado petrificado tratando de entender qué significaban.

Teucro (El héroe de Creta) ©
Ricardo Lampugnani
https://www.amazon.es/Teucro-h%C3%A9roe-Creta-Ricardo-Lampugnani-ebook/dp/B016CF86RA/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1477652807&sr=1-1&keywords=Teucro

Tuesday, October 25, 2016

Cinco céntimos.


Cinco Céntimos sobre mí
No soy de escribir mucho sobre mí, aunque dicen por ahí que uno no puede escribir más que sobre sí mismo. Con seguridad, mis novelas y mis libros de no ficción reflejan de manera más o menos explícita cómo soy en realidad.
Sin embargo, creo que quienes no me conocen personalmente, tienen el derecho de saber quién es y cómo es Ricardo Lampugnani.
Pienso que la definición en cinco céntimos es que soy un humanista a ultranza. Es decir, creo que la sociedad debería estar dedicada a facilitar el crecimiento de cada persona en todos los aspectos: intelectual, espiritual, físico y económico. Dicho de esta manera suena a utopía, lo sé. Pero es lo que siento. Tal vez soy así debido a la influencia de mi abuelo paterno, un italiano que se autodefinía como anarquista y que me acompañó durante diez años de mi vida. Nunca voy a olvidar la sensación de desamparo y soledad en que me sumió su muerte.
De mi padre aprendí a hacer las cosas, aunque no salgan perfectas. De mi madre la constancia casi obsesiva y que la vida es nuestra y debemos hacer con ella la mejor versión de nosotros mismos. De la vida aprendí la paciencia y aún sigo aprendiendo. De mis hijas, maravillosas criaturas, aprendí la extraordinaria experiencia de abrir las manos y dejar volar al otro.
Soy un alma libre y eso me ha reportado no pocos dolores de cabeza.
Tengo una curiosidad casi enfermiza por saber sobre casi todos los temas. Por otro lado, no me creo casi nada de lo que me cuentan, si no lo he contrastado o experimentado. Soy proclive a la teoría de la confabulación. Creo firmemente que la historia ha sido escrita por los vencedores, y nos han mentido en casi todo.
He acumulado tantas experiencias durante mi vida que, cuando quise hacer un currículum detallado, me salió un libro. Sin embargo, a veces pienso que he hecho muy poco.
He leído todo lo que ha caído en mis manos, desde Gabriel García Márquez a Víctor Chamorro, desde Jacqueline Susann a Eduardo Mallea y desde Paul Feval a Rabindranath Tagore. Sería imposible nombrar a todos los autores.
Aprendí a leer y escribir antes de ir a la escuela. Y me aburrí horrores cuando al fin me tocó asistir. Es que yo me leía los libros antes de que comenzara el curso. Lo que ahora le dicen empollón. Pero no lo hacía por fardar. Yo era una esponja y no me contentaba con aprender, yo quería razones. Llevaba todo el día un ¿por qué? a cuestas. Y eso me valió la inquina de no pocos educadores a los que ponía en un aprieto.
Siempre me ha gustado investigar, aunque tuviese que recurrir a fuentes no autorizadas. Creo que uno debe escuchar todas las opiniones y luego sacar sus propias conclusiones.
Comencé a escribir, como casi todos los adolescentes, por angustia existencial. Hasta que descubrí que mi madre leía mi diario, y lo dejé. Jamás pude entender esa intromisión en la intimidad de las personas. Y todavía me molesta. Intenté entonces volcar en el dibujo y la pintura, mi imaginación desbordante y, aunque los demás decían que era bueno, yo no logré plasmar en una tela lo que había en mi cerebro. Me siento atraído por los amaneceres y las puestas de sol, por las perspectivas de calles antiguas y por las caras…
Tuve la oportunidad de trabajar en el departamento de arte de un canal de televisión cuando tenía catorce años, pero mis padres no lo permitieron. La televisión me quedó como una asignatura pendiente, pero la aprobé cuando nadie me lo pudo prohibir. Ya lo contaré, si cabe, más adelante.
Bien, hasta aquí mis cinco céntimos de hoy. Volveré sobre el tema, para quien le interese, en otra ocasión.
Gracias por estar allí.
 

Monday, October 24, 2016

El precio de la fama

A veces el destino resuelve las situaciones mejor que uno mismo. La banda en
aquel momento no tenía ni nombre. Habíamos barajado mil posibilidades, pero nunca
llegábamos a un acuerdo.
Aquel sábado nuestro tema se había escuchado en Radio Catalunya más de diez
veces: J.C. (Joan Carles Gandía), sólo sabía que yo era Úrsula y erigiéndose en padrino
del grupo organizó un concurso.
— ¿Cómo os gustaría que se llamase este grupo…? La cantante es Úrsula y
suena de ¡esta manera! —repitió hasta el cansancio. A partir del lunes, cuando
repartimos las tarjetas y las copias, todas las radios se plegaron a la idea. El fin de
semana siguiente se disipó la incógnita. Pasamos a ser “Úrsula y Los Tres”.
— ¿Los tres qué? —había preguntado irónico “el Paco”.
—Mosqueteros —contesté
—Payasos… —acotó Jordi con su humor peculiar.
— ¡Tengo vuestro primer concierto exclusivo en directo! — había exclamado
José Sagazza entrando de improviso a nuestro ensayo. El Paco lo miró con ojos
fulminantes y José se puso tan nervioso que le comenzó a titilar un ojo como si fuese un
semáforo. Le hice señas a Paco para que se calmara. El concierto era para el mes
siguiente. Teníamos que afinar al menos diez temas, necesitábamos vestuario e
incorporar un teclado para las canciones más melódicas. ¡Tantos meses trabajando con
la sensación que no íbamos a ningún sitio y ahora todo se daba de golpe!
— ¿Cuánto cobraremos? —interrumpió Javi.
Sagazza se puso blanco como un papel.
—A porcentaje de entradas, descontando gastos…—contestó tímidamente.
Todos miraron hacia otro lado y no volvieron a hablar hasta que José se marchó.
— ¡Este tío es un inútil y un vividor! —gritó “el Paco” y estoy segura que
Sagazza lo escuchó desde la calle.
—Si no hubiese sido por Úrsula, todavía estaríamos esperando la carroza —
acotó Jordi
—Y ahora se llenará los bolsillos a costa nuestra, sin desembolsar un euro —
agregó Javi, fuego a la hoguera.
—Tranquilos, chicos —intervine.
—Hasta hace dos semanas andábamos a la deriva, ahora tenemos rumbo, pero
no podemos cambiar de capitán en medio de la tormenta… Esperemos a ver qué pasa y
en cuanto termine el contrato con Sagazza, decidiremos.
—Ahora entiendo por qué este grupo se llama Úrsula y Los Tres —dijo riendo
Jordi, al tiempo que hacía un gesto reverente de cortesano del siglo dieciocho.
Desde ese momento no paramos. Es decir hasta que tuvimos que suspender el
concierto porque “el Paco” había esnifado tanto que no podía mantenerse en pie.
Recuerdo que lo decidí media hora antes de comenzar.
— ¿Es que no tienes cerebro?—le grité enfadada. Sin percatarme que en realidad
no lo tenía. La cabeza de Paco era un reproductor de DVD y por sus venas circulaba
cocaína mezclada con notas musicales, en lugar de sangre.
José Sagazza, nuestro representante debía estar como loco. Le correspondía
devolver el dinero de las entradas e indemnizar a los organizadores para evitar una
demanda judicial. Y después lo tendría que soportar yo, seis meses reprochándome lo
mismo.
Me paseé entre los integrantes de la banda, todavía montada sobre los tacones de
actuación. Me hacían diez centímetros más alta, pero moverme con ellos en el escenario
era llamar a gritos un esguince de tobillo.
Todos tenían las caras largas, taciturnas, sólo Paco reía espasmódicamente en un
rincón. Estaban destruidos. No sé si por el fracaso de no poder salir a tocar o por el
cansancio de saltar de avión en avión, de hotel en hotel, de escenario en escenario.
¿Cómo habíamos llegado a este punto? El último año había sido una especie de
licuadora gigante en la que los recuerdos se mezclaban en una vorágine de luces, humo
y aplausos. Me quedé con… aplausos. Una droga que nos hace seguir cantando cuando
las luces ya se han apagado. Un motor realimentado por sí mismo y contra el que no
pueden las reglas, los dolores de cabeza, los tobillos hinchados y los días de levantarse
con el pie izquierdo.
Cuando vas por el puesto treinta y cinco del ranking, piensas que no llegarás
nunca. Al subir del ocho, no puedes parar…
— ¿Adónde crees que vas? —me preguntaba incansable y tranquilo el Jose, con
quien compusiera las letras de mis primeras canciones, allá en Juriel. Cada vez nuestras
conversaciones telefónicas se hacían más esporádicas. Aunque recurría a él siempre que
tenía un problema, bueno eso antes de Alex. Él era el contacto con mis ideales
empolvados y la vida tranquila del pueblo.
—El mayor monstruo de todos fue Elvis, y está muerto —repetía monótono.
— ¿Te has visto alguna vez desde afuera, como si fueses otra persona?
—Sí, a ti te pregunto, a ti que lees mientras discurren las estaciones del Metro. A
ti, tío bueno de auriculares, meneándote absorto con una de nuestras canciones. ¿No?
Pues aquella vez me vi, desdoblada, contemplándome a mí misma. Y me asusté.
Desde los zapatos dorados, subiendo por el pantalón elastizado imitación
leopardo y acabando en mis labios embadurnados color rosa Dior… Estaba patética. Me
faltaba el bolso y pasearme en una esquina…
Pensé que para muchas adolescentes como tú, yo era el símbolo de la liberación.
Y para muchos chicos el sexual. Comencé a transpirar frío, no sé si por la vergüenza o
por no tener nada en el estómago desde la mañana. ¿O había sido desde la noche
anterior?
Una inmensa sensación de vacío se cogió de mis piernas y me obligó a sentarme,
pero mis pies seguían retorciéndose nerviosos, en el aire.
El silencio se hizo tan denso como para nadar en él.
Mi intuición femenina, rara vez me falla, me dijo que mi vida estaba a punto de
sufrir un vuelco. Otro más de los tantos, más que vuelcos, tumbos; diría yo.
Como cada vez que algo o alguien amenazaban mis rutinas, necesitaba mirar
hacia atrás, asirme de la cuerda que me unía al pasado. Estar segura de no haberme
metido en la existencia de otra persona, creyéndola mía.
La realidad era que habíamos defraudado, habíamos suspendido por primera vez
una actuación, y eso para el público no tiene excusa. Verlos esperando a las puertas del
estadio o del hotel, pacientes, de pie durante horas; supone la obligación de retribuirles
dándolo “todo” sobre el escenario. Decepcionarlos es tratarlos de estúpidos por creer en
una farsa y…cuanto más alto llegas, menos se te perdonan tus pecados.
La última semana había sido una montaña rusa y ahora experimentábamos el
vértigo. Era entendible que estuviésemos cansados, Sagazza nos creía unas máquinas de
fabricar dinero, sin embargo era yo la responsable de poner los límites y había caído
como una diabética en una fábrica de dulces…

Párrafo de «Yo, Úrsula. El precio de la fama»
Ricardo Lampugnani © Derechos Reservados

Friday, October 21, 2016

Compre "Ser Humano", es un producto maravilloso cuando lo hacemos funcionar correctamente.


                  

  •   Los accesorios no son un fin sino una herramienta que me facilita la vida. Esto no significa que el ideal sea ser pobres como ratas, tal y como lo expuse en algún otro apartado. Se puede ser tranquilamente rico y no ser esclavo de nuestras posesiones. No es fácil porque quien no está pendiente del último modelo de coche o de su tercera casa en la playa, en general no se preocupa de si tiene más o tiene menos. Lo importante es que lo que tiene le sirva para llevar adelante su proyecto.
·                    Puedo estar solo. Es más, en algunos momentos necesito mi propia compañía, disfrutarme, centrarme, quererme. Es una sensación de hogar, de calidez y de regocijo que me permite luego relacionarme con los otros productos y trabajar en red sin perder mi propia identidad.
·                    Mi camino es solo mío. Nadie puede transitarlo por mí y yo no puedo caminar el sendero de otro. Mi ruta no es más difícil ni más fácil que las demás, tiene la dificultad que yo le ponga. Y debo acotar aquí que, en el camino, como en todos, hay señales, piedras, atajos, bifurcaciones, barrancos y muros.
·                    Estoy alerta y despierto. No quiere decir que deba estar todo el tiempo esforzándome o que no pueda distraerme, pero cuando camino no puedo ir con los ojos cerrados porque no veré las señales, ni con la Mente en piloto automático porque perderé las referencias.
·                    Nadie está en mi contra, pero es inevitable que en mi andar tropiece con otros o invada su sendero o crean que quiero quitarles algo. Es normal que cuando alguien pone toda su energía en tener más y más dinero, el que venga alguien a querer quitarle un poco, lo ponga como una fiera. ¿Debo entonces dejarme pisotear? Pues no, pero una cosa es defenderse de una situación injusta y otra es reaccionar.
·                    La vida es un riesgo, como cualquier camino desconocido. No voy a lanzarme por un acantilado pensando que no va a pasarme nada. Pero tampoco voy a sentarme a un costado del camino por no arriesgarme a caminar.
·                    La fortuna o el infortunio son subjetivos. No puedo evitar el golpe, no puedo evitar sentir dolor, no puedo evitar sufrir. Lo único que puedo hacer es esperar a que pase y luego tomar el accidente como una experiencia. Puede ser una muy mala experiencia, pero siempre nos ayudará a entender algo más de lo que ya sabíamos. Eso sí, no voy a intentar analizar la situación mientras me duela y sufra.
·                    El futuro es la única situación que jamás llega, porque cuando lo hace ya es presente. Puedo prever, organizar, planificar e incluso soñar ahora pero no puedo vivir en un lugar que no existe.
·                    El pasado ya pasó. De él solo quedan las experiencias. Si voy caminando es inevitable mirar atrás, eso me da idea de dónde estoy y fuerzas para seguir. Pero eso de ir masticando el pasado como si fuese una bola de pelos… Lo único que hace es robarme energía e inmovilizarme.
·                    Es imposible agradar a todo el mundo. Lo importante para mí es que hice lo mejor que pude. Siempre habrá quien alabe y quien critique. A quien alabe le daré las gracias porque ciertamente lo hice bien. A quien critique también le daré las gracias porque seguramente lo podría haber hecho mejor. Ninguna de las dos opiniones afectará mi autoestima porque solo yo sé que he hecho lo mejor que pude.
·                    Siempre lo bueno está por venir. Puede que hoy la situación no sea la mejor, pero, ¿puedo hacer algo más en este momento?
·                    Nadie está exento de sentir temor a lo desconocido. Es un mecanismo de la Mente que me mantiene alerta de posibles peligros y hace que analice la situación con detenimiento. El temor es bueno, lo que no es bueno es que ese temor me inmovilice. Es preferible caerse por caminar que quedarse inmóvil por temor a caer.
·                    Todos tenemos nuestro proyecto vital. Y es solo nuestro. Los demás caminos pueden ser apetecibles pero no son los míos. ¿Cómo sé cuál es mi proyecto si en la búsqueda he transitado muchos senderos? En general la Mente se hace consciente del proyecto de la Esencia entre los ocho y los trece años, es decir desde que comienza el uso de razón y hasta la pre renascencia. Solo hay que volver allí.
·                    Mi vida es solo mía y depende de mí la manera en que decida vivirla. Podré ayudar a mi pareja, podré ayudar a mis hijos, pero sus triunfos no serán míos, les pertenecen a ellos en exclusividad. Podré alegrarme por ellos, podré enorgullecerme de ellos… pero no es mi vida.
·                    Soy responsable de todo lo que me sucede. No puedo culpar a nadie más que a mí de los errores y las malas decisiones. No puedo atribuir a nadie mis logros y mis triunfos. Cada equivocación es una experiencia, cada logro un trampolín.
·                    Puede que me sean sencillas algunas tareas, pero otro hará mejor aquellas en las que soy torpe. Eso me hace igual a todos.
·                    No soy inferior a nadie. Con respeto, educación, consideración y empatía puedo tratar con el Rey y con el Papa. Y con la misma actitud trataré al mendigo y al que sea distinto.
·                     No puedo detener a la Mente, tan solo aquietarla. No puedo evitar que vaya hacia el futuro y retroceda al pasado. Lo que sí puedo hacer es mantenerla todo el tiempo posible atareada en el presente. Para ello necesito que entienda que no es el Gerente de esta empresa, sino el secretario, el que organiza, el que planifica y establece los recursos para conseguir un objetivo.
·                    Si el poder significa sumisión de otro, no lo quiero. Si el poder significa abandonar mi proyecto, no lo quiero. Si el poder significa manipular, coartar, engañar… no me interesa. Si mi felicidad se construye a expensas de la de otro, no es de verdad.
·                    El éxito es una consecuencia y no una causa. Es una percepción mía y no de los demás. Si decido emprender una tarea, venzo el temor a lo desconocido, le pongo dedicación, cariño, ganas y voluntad, seguro que tendré éxito. Y no depende de si llego primero, segundo o último a la meta, he cumplido el objetivo, que es hacerlo.

·                    La Mente tiene una gran facilidad para idealizar. Cuando decido emprender un proyecto, debo tener en cuenta este detalle. Los resultados reales de lo que haga, siempre serán menores que los imaginados. Por tanto, al construir, es conveniente que vaya poniendo ladrillo a ladrillo y el techo cuando toque. O por el contrario utilizar el truco de la mira telescópica averiada, es decir apuntar dos centímetros por arriba y uno a la izquierda para que dé en el blanco.

Del libro «La Felicidad. Manual de usuario para humanos» - Ricardo Lampugnani
©Derechos Reservados

Friday, October 14, 2016

La mujer florero


No soy aficionado a leer novela romántica o romántica – erótica. Quizás sea porque me di un atracón siendo adolescente, cuando les robaba los libros a mis primas. Creo que era porque yo leía todo lo que caía en mis manos y también, por qué no decirlo, porque sentía curiosidad respecto al sexo femenino. Pero de ello hace ya muchos años y pensé que el sexo débil había evolucionado más. En los últimos días he comenzado a leer cuatro o cinco libros de este género. Digo he comenzado porque no he acabado ninguno. La motivación ha sido una novela que estoy escribiendo y para la que necesito algunos puntos de vista femeninos.
Y me he sorprendido, aunque no gratamente. Todas las que he comenzado están escritas por mujeres, lo cual todavía me sabe peor. No voy a poner ni nombres ni títulos porque cada uno es libre de escribir y leer lo que le dé la gana. Sin embargo, puedo decir que son obras de bastante aceptación.
El lay motive de casi todas está resumido en la pobre chica o chica pobre sin inteligencia ni grandes luces que es seducida o es capaz de enamorar a un tío rico, inalcanzable, poco escrupuloso, pagado de sí mismo y por supuesto: guapo. ¡Vamos, un estereotipo de hace cien años!
También las hay que, siendo preparadas y buenas profesionales, se «enganchan» a tíos, siempre supermillonarios que las tratan como a esclavas sexuales. Como si el trato dentro de la alcoba pudiese ser distinto del de fuera de ella. Pero el amor lo puede todo…
¿Es eso lo que todavía quieren las mujeres en pleno siglo XXI?
¿No tener sueños personales?
¿No tener objetivos propios y poder luchar por alcanzarlos?
¿Vivir a la sombra de una seguridad económica, aunque parezcan más objetos decorativos que personas?
¿Dónde está la igualdad por la que han luchado con empeño desde el siglo XVIII?
Hay algo de lo que no podemos tener dudas. La literatura es un reflejo de la sociedad en la que vivimos. De hecho, casi todos los historiadores estudian y deducen las costumbres de una época a través de su legado escrito. No quiero ni pensar lo que deducirán dentro de quinientos años de la etapa que hoy vivimos. Y estoy seguro que no achacarán las conclusiones a una sociedad machista sino a la regresión cavernaria del sexo femenino.
He llegado a pensar que este tipo de novelas las escriben mujeres de clase media alta, insatisfechas en la cama y fuera de ella, que aprovechan los círculos de amistades de sus maridos (cuyas mujeres están insatisfechas como ellas), para hacerse pasar por escritoras. Y que además se creen vivas porque han pillado a un idiota con pasta. Que los hay, no me caben dudas.
¡Pobres!
Bien, yo, como escritor seguiré poniendo en primer plano a mujeres con carácter, decisión y objetivos personales, que miren a los hombres de frente como compañeros de viaje y no como billeteras con bragueta. Lo hice con Yo, Úrsula y lo continuaré haciendo. Y a las mujeres florero, que obviamente las hay a punta pala, les continuaré dejando el backstage de las historias… El que corresponde a las «buscas» que acaban marchitándose junto con sus atributos físicos…   


Monday, October 10, 2016

La Felicidad. Manual de usuario para humanos

Bien, el nuevo libro ya está acabado, editado y corregido. Saldrá al dominio público de manera simultánea en inglés y español. Estoy muy contento con el resultado. En especial me encanta la portada y el diseño interior, obra, como no podía ser de otra manera, de Aneley Lampugnani. Para quien no lo sepa, es mi hija, pero además de ello es Licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas, Máster en Administración de Hoteles y Turismo, Planificadora de Eventos y Especialista en Diseño y Comunicación.
Bueno, babas aparte; os dejo un trozo de este trabajo.
Durante muchos años me he preguntado cómo es que el ser humano no viene al mundo con un manual de instrucciones. A mí, en particular me hubiese resultado muy útil para entenderme y no darme tantas veces la cabeza contra la pared. En especial lo eché de menos cuando nacieron mis hijas y en muchas ocasiones cuando comenzaron a crecer y a hacerse mayores. En cambio, me he tenido que conformar con libros de autoayuda, metafísica y otras ciencias innobles. Al comienzo todos parecen descubrir la panacea, pero al poco tiempo uno se cansa de visualizar, meditar, controlar… Y concluye que es demasiado «burro» para seguir un camino que a otros les ha llevado a la realización personal, a la felicidad.
Hoy, después de más de medio siglo utilizando este cuerpo, a punto de entrar en la última edad, he decidido volcar en archivo Word, lo que he aprendido a base de investigar, de buscar soluciones a mis problemas y explicaciones a las situaciones que me han tocado vivir. Y no han sido pocas.
En este punto podría usted pensar « ¿Y a mí qué?, todos somos diferentes, tenemos vivencias y características únicas.»
Sí, es cierto. Sin embargo, mi experiencia en el campo de la ingeniería industrial, me ha llevado a una deformación profesional a la hora de evaluar un proceso complejo: Casi todos los problemas intrincados pueden desenmarañarse hasta llegar a muchos problemas más simples que interaccionan entre sí.
Simplifiquemos entonces la explicación: Si tenemos una madeja enmarañada de hilo e intentamos desenredarla toda junta, de seguro no lo lograremos. En cambio, si vamos buscando cada galleta y pasando los hilos por donde corresponde, al final, tendremos una madeja en condiciones.
El ser humano es una madeja sumamente compleja y enmarañada, incluso para los mismos científicos. O precisamente por ser científicos y tener que probar todo lo que afirman, se encuentran con más incertidumbres que certezas.

Yo no soy científico, no intento probar nada ni redescubrir la rueda. Tan solo quiero describir el panorama que veo desde el punto en que me encuentro.
¿Y dónde me encuentro?
La pregunta viene a cuento para que nadie se piense que me siento superior o conocedor de todas las respuestas.
Recuerdo que en mis años de universidad, y supongo que todavía debe pasar lo mismo, nos agolpábamos frente a la puerta del aula cada vez que un alumno salía de un examen oral. Le preguntábamos si había sido fácil, qué temas le habían tocado, si los examinadores estaban de buen humor… Aquello ciertamente servía de poco, porque nuestro examen no era el suyo, pero nos tranquilizaba. Aquel alumno ya había pasado por lo que nosotros pasaríamos en unos minutos y eso le otorgaba experiencia.
Ese es el punto en el que me encuentro. He acumulado las experiencias de transitar un camino, he buscado respuestas, he visto señales, he tropezado y me he levantado. Si eso sirve para allanarle el sendero a alguien, en buena hora. Con seguridad su camino será distinto al mío y yo no puedo transitarlo por usted, pero son todos caminos y algo tienen en común: no los conocemos en absoluto.
El otro punto que tenemos en común es que…
Sí, aunque usted pueda decirme que no tiene nada que ver un africano con un europeo o un chino con un finlandés y una mujer con un hombre.

Piense en qué tenemos de común todos los seres humanos…
Y en la búsqueda de esa felicidad nos pasamos años y años, desde que nacemos y hasta que exhalamos el último aliento. En muchos casos, deambulamos por nuestra existencia como por un atolladero, igual que Teseo, en el laberinto de Creta, cuando quería matar al Minotauro. A pesar de dar tantas vueltas, la experiencia va dejando un hilo, que al recogerlo, nos conduce a la salida. Quizás haya más de una, yo solo conozco ésta.

Ricardo Lampugnani




Sunday, October 09, 2016

Renascencia

Era una época en la que no existían los teléfonos móviles, las video – consolas, ni las Wi, ni las Play Station. Quién tenía un televisor en blanco y negro era afortunado y los ordenadores ocupaban una habitación completa. Los niños soñaban con su primera bicicleta y las niñas con un par de patines. ¿Internet?, las únicas redes las tenían los pescadores y no eran sociales sino de nylon o algodón.
Europa estaba dividida en dos, Alemania todavía mantenía el muro de la vergüenza y Estados Unidos pisaba la luna con un pie y bombardeaba en secreto Camboya con el otro. Nacía Led Zeppelin, unos años antes los Beatles habían revolucionado la música, porque la música necesitaba una revolución y John Lennon revolucionaba el mundo casándose con Yoko Ono.
Se avecinaba un tremendo cambio que haría que las brechas generacionales se transformaran en abismos.
En una época así comenzó mi «renascencia». Entreabrí la puerta a un mundo nuevo y fascinante pleno de misterios y descubrimientos, pero también plagado de dudas, temores y emociones contradictorias.
¡Ah! ¡Perdón!, creo que no me he presentado. Mi nombre es Augusto y por coquetería no diré los años que tengo, tan solo que sepáis que he pasado el ecuador de la vida.
Como toda persona de una cierta edad, miro el pasado con nostalgia. Ya no vivo en la misma ciudad de cuando era niño, ni siquiera en el mismo país al que dejé cuando comencé mi edad adulta.
El nuevo microcosmos al que fui trasplantado también cambia a una velocidad pasmosa y yo necesito asirme para no marearme. Por eso…
Me gusta el templo de Debod en la Plaza de Oriente en Madrid. Me agrada verlo con su iluminación nocturna, con su espejo de agua que le otorga el privilegio de evocar sus orígenes y llevarnos con él hacia el alto Egipto, hacia Amón, el dios invisible a los ojos de los hombres, el padre de todos los vientos, el protector de los navegantes.
Mi empatía con este templo nació hace muchos años. Yo acababa de cambiar de continente, no conocía la historia de Debod  y era tan sólo un jovencito ataviado con un poncho de vicuña negro ribeteado de rojo, provocación involuntaria de un recién llegado para una España en cuyo corazón agonizaba Franco.
Ahora sí que sé. El templo de Debod fue un regalo de Egipto a España como agradecimiento por ayudar a salvar los templos del alto Nilo cuando se hizo la presa de Asuán. También sé, que llegó aquí tan sólo cinco años antes que yo, trasplantado desde su lugar de origen… como yo. Entonces es comprensible nuestra complicidad.
Yo había cruzado el gran charco en un Boeing 707 de Aerolíneas Argentinas. Quince horas de vuelo más una parada técnica en Canarias me produjo un Jet lag que soporté durante tres días en los que la fiebre se sumó al insomnio. Yo soñaba despierto durante el día con las alas del avión, que temblaban al soportar los arrestos del viento al sobrevolar el norte del Brasil. Y por la noche tiritaba o sudaba sin poder pegar un ojo. Durante esos tres días no pude evitar concurrir a diario al templo de Debod. Era el único sitio en el que no temblaba ni me castañeteaban los dientes y en el que conocí a Mariela, una guipuzcoana sedienta de libertad que me hizo de guía y compañía durante un tiempo. Creo que fue lo exótico de mi aspecto lo que la atrajo o quizás el hecho de haber nacido en Rosario, igual que su ídolo el Che Guevara.
Era un Madrid frío, de aromas distintos a los que conocía o tiene ahora y menos alegre de lo que había supuesto. El Corte Inglés competía despiadadamente contra Preciados y la Benemérita patrullaba con su tricornio negro en la cabeza y aires de intolerancia. Yo provenía de un país en el que la policía había perdido autoridad a favor de los grupos paramilitares. Un país en el que todo podía suceder, incluso que una ex – bailarina fuese presidente o un aprendiz de brujo detentase el mayor poder dentro del círculo castrense.

Así comencé a dejar atrás mi «renascencia», con un viaje de quince mil kilómetros totalmente solo, así comencé a darme cuenta que cada decisión que tomase atraería una consecuencia y a saber que a veces es mejor amputar una relación a tiempo antes que la gangrena del rencor nos destruya el alma.

New Realase!!!

New Realase!!!
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Cinco Céntimos sobre mí No soy de escribir mucho sobre mí, aunque dicen por ahí que uno no puede escribir más que sobre sí mismo. Con...