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El precio de la fama

A veces el destino resuelve las situaciones mejor que uno mismo. La banda en
aquel momento no tenía ni nombre. Habíamos barajado mil posibilidades, pero nunca
llegábamos a un acuerdo.
Aquel sábado nuestro tema se había escuchado en Radio Catalunya más de diez
veces: J.C. (Joan Carles Gandía), sólo sabía que yo era Úrsula y erigiéndose en padrino
del grupo organizó un concurso.
— ¿Cómo os gustaría que se llamase este grupo…? La cantante es Úrsula y
suena de ¡esta manera! —repitió hasta el cansancio. A partir del lunes, cuando
repartimos las tarjetas y las copias, todas las radios se plegaron a la idea. El fin de
semana siguiente se disipó la incógnita. Pasamos a ser “Úrsula y Los Tres”.
— ¿Los tres qué? —había preguntado irónico “el Paco”.
—Mosqueteros —contesté
—Payasos… —acotó Jordi con su humor peculiar.
— ¡Tengo vuestro primer concierto exclusivo en directo! — había exclamado
José Sagazza entrando de improviso a nuestro ensayo. El Paco lo miró con ojos
fulminantes y José se puso tan nervioso que le comenzó a titilar un ojo como si fuese un
semáforo. Le hice señas a Paco para que se calmara. El concierto era para el mes
siguiente. Teníamos que afinar al menos diez temas, necesitábamos vestuario e
incorporar un teclado para las canciones más melódicas. ¡Tantos meses trabajando con
la sensación que no íbamos a ningún sitio y ahora todo se daba de golpe!
— ¿Cuánto cobraremos? —interrumpió Javi.
Sagazza se puso blanco como un papel.
—A porcentaje de entradas, descontando gastos…—contestó tímidamente.
Todos miraron hacia otro lado y no volvieron a hablar hasta que José se marchó.
— ¡Este tío es un inútil y un vividor! —gritó “el Paco” y estoy segura que
Sagazza lo escuchó desde la calle.
—Si no hubiese sido por Úrsula, todavía estaríamos esperando la carroza —
acotó Jordi
—Y ahora se llenará los bolsillos a costa nuestra, sin desembolsar un euro —
agregó Javi, fuego a la hoguera.
—Tranquilos, chicos —intervine.
—Hasta hace dos semanas andábamos a la deriva, ahora tenemos rumbo, pero
no podemos cambiar de capitán en medio de la tormenta… Esperemos a ver qué pasa y
en cuanto termine el contrato con Sagazza, decidiremos.
—Ahora entiendo por qué este grupo se llama Úrsula y Los Tres —dijo riendo
Jordi, al tiempo que hacía un gesto reverente de cortesano del siglo dieciocho.
Desde ese momento no paramos. Es decir hasta que tuvimos que suspender el
concierto porque “el Paco” había esnifado tanto que no podía mantenerse en pie.
Recuerdo que lo decidí media hora antes de comenzar.
— ¿Es que no tienes cerebro?—le grité enfadada. Sin percatarme que en realidad
no lo tenía. La cabeza de Paco era un reproductor de DVD y por sus venas circulaba
cocaína mezclada con notas musicales, en lugar de sangre.
José Sagazza, nuestro representante debía estar como loco. Le correspondía
devolver el dinero de las entradas e indemnizar a los organizadores para evitar una
demanda judicial. Y después lo tendría que soportar yo, seis meses reprochándome lo
mismo.
Me paseé entre los integrantes de la banda, todavía montada sobre los tacones de
actuación. Me hacían diez centímetros más alta, pero moverme con ellos en el escenario
era llamar a gritos un esguince de tobillo.
Todos tenían las caras largas, taciturnas, sólo Paco reía espasmódicamente en un
rincón. Estaban destruidos. No sé si por el fracaso de no poder salir a tocar o por el
cansancio de saltar de avión en avión, de hotel en hotel, de escenario en escenario.
¿Cómo habíamos llegado a este punto? El último año había sido una especie de
licuadora gigante en la que los recuerdos se mezclaban en una vorágine de luces, humo
y aplausos. Me quedé con… aplausos. Una droga que nos hace seguir cantando cuando
las luces ya se han apagado. Un motor realimentado por sí mismo y contra el que no
pueden las reglas, los dolores de cabeza, los tobillos hinchados y los días de levantarse
con el pie izquierdo.
Cuando vas por el puesto treinta y cinco del ranking, piensas que no llegarás
nunca. Al subir del ocho, no puedes parar…
— ¿Adónde crees que vas? —me preguntaba incansable y tranquilo el Jose, con
quien compusiera las letras de mis primeras canciones, allá en Juriel. Cada vez nuestras
conversaciones telefónicas se hacían más esporádicas. Aunque recurría a él siempre que
tenía un problema, bueno eso antes de Alex. Él era el contacto con mis ideales
empolvados y la vida tranquila del pueblo.
—El mayor monstruo de todos fue Elvis, y está muerto —repetía monótono.
— ¿Te has visto alguna vez desde afuera, como si fueses otra persona?
—Sí, a ti te pregunto, a ti que lees mientras discurren las estaciones del Metro. A
ti, tío bueno de auriculares, meneándote absorto con una de nuestras canciones. ¿No?
Pues aquella vez me vi, desdoblada, contemplándome a mí misma. Y me asusté.
Desde los zapatos dorados, subiendo por el pantalón elastizado imitación
leopardo y acabando en mis labios embadurnados color rosa Dior… Estaba patética. Me
faltaba el bolso y pasearme en una esquina…
Pensé que para muchas adolescentes como tú, yo era el símbolo de la liberación.
Y para muchos chicos el sexual. Comencé a transpirar frío, no sé si por la vergüenza o
por no tener nada en el estómago desde la mañana. ¿O había sido desde la noche
anterior?
Una inmensa sensación de vacío se cogió de mis piernas y me obligó a sentarme,
pero mis pies seguían retorciéndose nerviosos, en el aire.
El silencio se hizo tan denso como para nadar en él.
Mi intuición femenina, rara vez me falla, me dijo que mi vida estaba a punto de
sufrir un vuelco. Otro más de los tantos, más que vuelcos, tumbos; diría yo.
Como cada vez que algo o alguien amenazaban mis rutinas, necesitaba mirar
hacia atrás, asirme de la cuerda que me unía al pasado. Estar segura de no haberme
metido en la existencia de otra persona, creyéndola mía.
La realidad era que habíamos defraudado, habíamos suspendido por primera vez
una actuación, y eso para el público no tiene excusa. Verlos esperando a las puertas del
estadio o del hotel, pacientes, de pie durante horas; supone la obligación de retribuirles
dándolo “todo” sobre el escenario. Decepcionarlos es tratarlos de estúpidos por creer en
una farsa y…cuanto más alto llegas, menos se te perdonan tus pecados.
La última semana había sido una montaña rusa y ahora experimentábamos el
vértigo. Era entendible que estuviésemos cansados, Sagazza nos creía unas máquinas de
fabricar dinero, sin embargo era yo la responsable de poner los límites y había caído
como una diabética en una fábrica de dulces…

Párrafo de «Yo, Úrsula. El precio de la fama»
Ricardo Lampugnani © Derechos Reservados

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