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Cinco céntimos.


Cinco Céntimos sobre mí
No soy de escribir mucho sobre mí, aunque dicen por ahí que uno no puede escribir más que sobre sí mismo. Con seguridad, mis novelas y mis libros de no ficción reflejan de manera más o menos explícita cómo soy en realidad.
Sin embargo, creo que quienes no me conocen personalmente, tienen el derecho de saber quién es y cómo es Ricardo Lampugnani.
Pienso que la definición en cinco céntimos es que soy un humanista a ultranza. Es decir, creo que la sociedad debería estar dedicada a facilitar el crecimiento de cada persona en todos los aspectos: intelectual, espiritual, físico y económico. Dicho de esta manera suena a utopía, lo sé. Pero es lo que siento. Tal vez soy así debido a la influencia de mi abuelo paterno, un italiano que se autodefinía como anarquista y que me acompañó durante diez años de mi vida. Nunca voy a olvidar la sensación de desamparo y soledad en que me sumió su muerte.
De mi padre aprendí a hacer las cosas, aunque no salgan perfectas. De mi madre la constancia casi obsesiva y que la vida es nuestra y debemos hacer con ella la mejor versión de nosotros mismos. De la vida aprendí la paciencia y aún sigo aprendiendo. De mis hijas, maravillosas criaturas, aprendí la extraordinaria experiencia de abrir las manos y dejar volar al otro.
Soy un alma libre y eso me ha reportado no pocos dolores de cabeza.
Tengo una curiosidad casi enfermiza por saber sobre casi todos los temas. Por otro lado, no me creo casi nada de lo que me cuentan, si no lo he contrastado o experimentado. Soy proclive a la teoría de la confabulación. Creo firmemente que la historia ha sido escrita por los vencedores, y nos han mentido en casi todo.
He acumulado tantas experiencias durante mi vida que, cuando quise hacer un currículum detallado, me salió un libro. Sin embargo, a veces pienso que he hecho muy poco.
He leído todo lo que ha caído en mis manos, desde Gabriel García Márquez a Víctor Chamorro, desde Jacqueline Susann a Eduardo Mallea y desde Paul Feval a Rabindranath Tagore. Sería imposible nombrar a todos los autores.
Aprendí a leer y escribir antes de ir a la escuela. Y me aburrí horrores cuando al fin me tocó asistir. Es que yo me leía los libros antes de que comenzara el curso. Lo que ahora le dicen empollón. Pero no lo hacía por fardar. Yo era una esponja y no me contentaba con aprender, yo quería razones. Llevaba todo el día un ¿por qué? a cuestas. Y eso me valió la inquina de no pocos educadores a los que ponía en un aprieto.
Siempre me ha gustado investigar, aunque tuviese que recurrir a fuentes no autorizadas. Creo que uno debe escuchar todas las opiniones y luego sacar sus propias conclusiones.
Comencé a escribir, como casi todos los adolescentes, por angustia existencial. Hasta que descubrí que mi madre leía mi diario, y lo dejé. Jamás pude entender esa intromisión en la intimidad de las personas. Y todavía me molesta. Intenté entonces volcar en el dibujo y la pintura, mi imaginación desbordante y, aunque los demás decían que era bueno, yo no logré plasmar en una tela lo que había en mi cerebro. Me siento atraído por los amaneceres y las puestas de sol, por las perspectivas de calles antiguas y por las caras…
Tuve la oportunidad de trabajar en el departamento de arte de un canal de televisión cuando tenía catorce años, pero mis padres no lo permitieron. La televisión me quedó como una asignatura pendiente, pero la aprobé cuando nadie me lo pudo prohibir. Ya lo contaré, si cabe, más adelante.
Bien, hasta aquí mis cinco céntimos de hoy. Volveré sobre el tema, para quien le interese, en otra ocasión.
Gracias por estar allí.
 

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