Sunday, October 30, 2016

Cocina de autor

A punto de acabar mi segundo libro de no ficción, debo decidir cual de las dos trilogías que tengo comenzadas, cocinaré este invierno. Sí, porque escribir es como cocinar un buen plato. Uno elige los ingredientes, los sazona para que sean más dulces, más salados o más picantes y luego los cuece a fuego lento, agregándoles un buen caldo, finas hierbas y esas especies que le dan un sabor y aroma peculiares...

Y creo que me decidiré por la más antigua, que ya lleva reposando unos meses... La saga tiene como título provisorio «Genios esclavos» y el primer libro se llamará casi con seguridad: «El secreto de Sara Mata y Darren O'Connor». Quienes han probado este primer plato me dicen que tiene algo de «The Gossip Girl», un toque de «Los Juegos del Hambre» y una suave reminiscencia a «10 cosas que odio de tí». Yo no lo sé porque de la primera solo he visto un par de capítulos, no leí «Los Juegos del Hambre» y no vi el remake de la peli. 

Como me gusta dejar entrar cada tanto a alguien en mi cocina, hoy voy a publicar un trozo del primer capítulo. A ver si alguien me da su opinión... 

¡Qué apetezca!


Las chicas se concentraban en las escaleras del Instituto La Vora. Era el primer día del último curso de la escuela secundaria obligatoria. Ellas estaban más cercanas al bachillerato que aquellos otros alumnos que ingresaban con cara de susto a su primer año en la escuela para grandes. Estar con un pie afuera era digno de orgullo, y así lo sentían ellas. Lo demostraban quedándose fuera y sin cargar la típica mochila que habían llevado adosada a la espalda durante cuatro años.
Mientras comentaban la fatídica noticia de la muerte de Anna y los rumores de que su amiga Sara Mata había sido interrogada por la policía, observaban las caras de quienes pasaban ante ellas y entraban al hall del edificio.
—A mí me dijeron que puede estar implicada… —comentó Inés mientras escondida entre sus camaradas le daba una última calada al cigarrillo.
— ¡Qué dices!... Sara es incapaz, yo la conozco bien —replicó Sonia, una morena que había compartido con Sara los años de escuela primaria en el pueblo vecino de El Marge.
— ¡Pss!.. ¡Con la cara de mosquita muerta que tiene! —agregó la Cleo mientras peinaba sus cabellos rubios con los dedos sin dejar de masticar chicle y menearse al compás de la música de su smarthphone.
Y es que la Cleo hacía tiempo que deseaba entrar al club de las populares que lideraba Inés y ya no sabía que decir con tal de hacerle la pelota. A pesar de ser resultona y medianamente inteligente, no tenía nada que ofrecer a Inés. No era oro ni plata, ni siquiera acero, quizás cobre… pero sin trabajar.
Inés era la matahari del instituto, lo había probado todo menos estudiar y repetía sin cansancio que quería ser modelo y actriz. Sus seguidoras intentaban imitarla en lo que podían y admiraban su desenfado ante los chicos, el desprecio hacia los profesores y su espectacular cuerpo que hacía voltear la cabeza a quien se cruzaba en su camino, fuese hombre o mujer.
—Dicen que estaba en pelotas…
— ¡Pobrecilla!
—A mí me da yuyu…
— ¡No me rayes!
—Yo escuché que se había enrollado con un camello…
—A ver, ¡tías! —Inés impuso su autoridad—… que la noche que murió Anna, la pasaba en casa de Sara y las dos le daban al alpiste… ¡vaya a saber qué pasó!, a lo mejor se fue de la bola y… —la frase le quedó a medias. Se quedó muda al ver acercarse una camiseta estampada con la bandera británica.  Contenía un cuerpo delgado, fibroso, tostado por el sol del verano que languidecía. Inés miró hacia abajo: unos tejanos descoloridos de tiro bajo que enfundaban unas piernas largas y acababan en unas bambas blancas con los cordones desatados. La mayoría de las otras chicas miraron hacia arriba: Ojos azules, nariz arremangada y unos bucles rubios cayendo sobre la frente en perfecto desorden.
— ¡Vaya bombón! —murmuró Inés.
—Está algo raquítico, pero me vale —dijo la Cleo lo suficientemente alto como para que el chico escuchara. Y pensó mirando de reojo a Inés: «otra vez este año no me como un rosco por su culpa.»
Las demás se limitaron a mirar y a forzar una sonrisa. Lo dejaron pasar y continuaron observando mientras subía la escalera. El nuevo, como sería bautizado hasta que tuviese un nombre, tenía un culito respingón que completaba una muy buena calificación general. Pero sin ninguna duda la destinada a probar sus atributos era Inés y las demás esperarían las migajas que cayesen de su plato. Nadie era capaz de disputarle el reinado.
El nuevo cruzó la puerta del hall de entrada y se detuvo. A lo largo del pasillo central se habían formado dos hileras de alumnos que recibían a los nuevos integrantes. El ritual de iniciación consistía en empujar al postulante, con violencia, hacia la otra fila. Quien estaba más cerca volvía a impulsarlo hacia el otro lado y así sucesivamente hasta que acababa de cruzar aquel túnel humano del cual salía en general mareado y magullado. Pero aquello no era todo. Detrás de las dos filas se veían varios muchachotes con aspecto de no tener edad para instituto. En apariencia oficiaban de encuestadores de los recién llegados, los palmeaban en la espalda y les daban unas instrucciones. La consigna era colocar el pulgar y anular de la mano derecha formando un aro que los superhombres penetrarían con dos dedos de su mano izquierda a los que previamente habían lubricado con saliva. «Such a denigrating ritual»[1], pensó Darren. Pero no era muy distinto de los que había conocido en otros sitios.
Darren avanzó un paso, pero no lo suficiente como para que el primer integrante del túnel lo cogiese. De improviso agarró al chaval por el cuello y lo lanzó hacia el otro costado del túnel humano. La acción fue tan rápida que nadie se percató que el que ingresaba a la serie de empujones era uno de sus propios miembros. Al segundo en la fila le sucedió lo mismo pero el tercero ya desistió y así el cuarto y el quinto. Darren llegó al final del pasillo sin haber recibido un roce. Pero faltaba lo peor porque allí pululaban repetidores en busca de víctimas con las que jugar al fack –cop. Quien no estuviese al tanto o se negase a realizar el ejercicio fálico estaba condenado a recibir tantos puñetazos como su verdugo decidiera. Los golpes eran en los brazos, por arriba de los codos y más valía no reportarlos como agresión si no se quería transformar en víctima de acoso para todo el curso.
Darren llegó al final del pasillo en el momento exacto en que El Taco descargaba su agresividad sobre un gordito de primer año, quien para colmo de males llevaba gafas.
—¿Puede que irte bien alguien de tu edad? —preguntó deteniendo el brazo del agresor en el aire.
—¿Y tú quién eres? —preguntó sorprendido el colombiano.
—Su hermano —contestó Darren y sin dar tiempo a ninguna reacción le retorció el brazo hasta casi rompérselo. El Taco se quedó inmóvil por el dolor y por la sorpresa. No podía ser que aquel tío con un acento tan raro fuese hermano del gusano con gafas que caminaba como si estuviese en los arrozales del Delta y se le pegasen las espardenyes[2] en el fango.
—Y si yo veo a ti, aquí hacer tonterías, ya puedes ir pedir una escayola… —le dijo al oído.
El Taco pegó un salto, alejándose en cuanto Darren lo soltó. Había peleado muchas veces, había desafiado navajazos y detenido botellazos, pero aquel tío delgaducho tenía algo en las manos. La torsión había sido poderosa y hasta el límite en que las articulaciones y los tendones comienzan a romperse. No estaba jugando y no le costaba nada ir un poco más allá si se le provocaba lo suficiente.
El Taco hizo un pequeño gesto, casi imperceptible para quienes no estaban prestando suficiente atención, pero muy explícito para Darren: el contrincante estaba de acuerdo en los términos de la tregua, su orgullo le impedía capitular por lo cual, si Darren pretendía dar la guerra por ganada, debería pelearse en serio. La tregua en cambio podía llevar a un acuerdo, a un pacto e incluso a una alianza de fuerzas. Y el Taco le dejó el camino libre, para sorpresa de muchos, que ya saboreaban una riña con derramamiento de sangre como desenlace.
Jordi Estarri había observado los movimientos de Darren desde el mismo instante en que puso los pies en el hall del edificio. Tenía muy buen olfato para detectar problemas y éste podía convertirse en uno… y de los gordos.
Darren pasó junto a Jordi sin prestarle la mínima atención. Sin embargo, también lo había visto y catalogado cuando entró en el edificio: «Manipulador, machista, mentiroso, pijo venido a menos y traficante encubierto», había pensado, y con el tiempo concluiría que su evaluación inicial se había quedado corta.
En aquel momento sonó el timbre que indicaba el comienzo de las clases. Las aulas de los primeros cursos se llenaron de ruido: mochilas contra el suelo, pupitres arrastrados y el roce de treinta cuerpos excitados por la novedad. Las de los mayores en cambio se veían despobladas, lánguidas. La Cleo entró acelerada, con el chicle en la boca y el móvil en la mano… Y se quedó paralizada. ¡Eran tan pocos! En años anteriores había utilizado su pequeña estatura y los pupitres detrás de alguien más alto para pasar desapercibida, pero ahora tenía la sensación de que no había dónde esconderse. Además, y para colmo de males, aquel color rubio de su cabello, que ella había pensado atraería a los chicos, la pondría en evidencia frente a los profesores. Todavía no habían comenzado las clases y ya estaba añorando su antiguo color negro azulado que le había valido el apodo de Cleo. Según le había explicado su madre, se trataba de un personaje muy famoso de la tele que mandaba a los niños a la cama cuando se acababa el horario infantil, allá por los años en que Franco todavía vivía. Ella misma había buscado un vídeo por Internet antes de aceptar que la llamasen así en todas partes. Aunque lo que en realidad le apetecía era llevarse ella misma los niños a la cama… y los no tan niños.


[1] Such a denigrating ritual: ¡Qué ritual denigrante!
[2] Espardenyes: cat. alpargatas
Ricardo Lampugnani
Derechos reservados ©

New Realase!!!

New Realase!!!
This book will be published first for Englis readers

Featured Post

Cinco céntimos.

Cinco Céntimos sobre mí No soy de escribir mucho sobre mí, aunque dicen por ahí que uno no puede escribir más que sobre sí mismo. Con...