Sunday, October 09, 2016

Renascencia

Era una época en la que no existían los teléfonos móviles, las video – consolas, ni las Wi, ni las Play Station. Quién tenía un televisor en blanco y negro era afortunado y los ordenadores ocupaban una habitación completa. Los niños soñaban con su primera bicicleta y las niñas con un par de patines. ¿Internet?, las únicas redes las tenían los pescadores y no eran sociales sino de nylon o algodón.
Europa estaba dividida en dos, Alemania todavía mantenía el muro de la vergüenza y Estados Unidos pisaba la luna con un pie y bombardeaba en secreto Camboya con el otro. Nacía Led Zeppelin, unos años antes los Beatles habían revolucionado la música, porque la música necesitaba una revolución y John Lennon revolucionaba el mundo casándose con Yoko Ono.
Se avecinaba un tremendo cambio que haría que las brechas generacionales se transformaran en abismos.
En una época así comenzó mi «renascencia». Entreabrí la puerta a un mundo nuevo y fascinante pleno de misterios y descubrimientos, pero también plagado de dudas, temores y emociones contradictorias.
¡Ah! ¡Perdón!, creo que no me he presentado. Mi nombre es Augusto y por coquetería no diré los años que tengo, tan solo que sepáis que he pasado el ecuador de la vida.
Como toda persona de una cierta edad, miro el pasado con nostalgia. Ya no vivo en la misma ciudad de cuando era niño, ni siquiera en el mismo país al que dejé cuando comencé mi edad adulta.
El nuevo microcosmos al que fui trasplantado también cambia a una velocidad pasmosa y yo necesito asirme para no marearme. Por eso…
Me gusta el templo de Debod en la Plaza de Oriente en Madrid. Me agrada verlo con su iluminación nocturna, con su espejo de agua que le otorga el privilegio de evocar sus orígenes y llevarnos con él hacia el alto Egipto, hacia Amón, el dios invisible a los ojos de los hombres, el padre de todos los vientos, el protector de los navegantes.
Mi empatía con este templo nació hace muchos años. Yo acababa de cambiar de continente, no conocía la historia de Debod  y era tan sólo un jovencito ataviado con un poncho de vicuña negro ribeteado de rojo, provocación involuntaria de un recién llegado para una España en cuyo corazón agonizaba Franco.
Ahora sí que sé. El templo de Debod fue un regalo de Egipto a España como agradecimiento por ayudar a salvar los templos del alto Nilo cuando se hizo la presa de Asuán. También sé, que llegó aquí tan sólo cinco años antes que yo, trasplantado desde su lugar de origen… como yo. Entonces es comprensible nuestra complicidad.
Yo había cruzado el gran charco en un Boeing 707 de Aerolíneas Argentinas. Quince horas de vuelo más una parada técnica en Canarias me produjo un Jet lag que soporté durante tres días en los que la fiebre se sumó al insomnio. Yo soñaba despierto durante el día con las alas del avión, que temblaban al soportar los arrestos del viento al sobrevolar el norte del Brasil. Y por la noche tiritaba o sudaba sin poder pegar un ojo. Durante esos tres días no pude evitar concurrir a diario al templo de Debod. Era el único sitio en el que no temblaba ni me castañeteaban los dientes y en el que conocí a Mariela, una guipuzcoana sedienta de libertad que me hizo de guía y compañía durante un tiempo. Creo que fue lo exótico de mi aspecto lo que la atrajo o quizás el hecho de haber nacido en Rosario, igual que su ídolo el Che Guevara.
Era un Madrid frío, de aromas distintos a los que conocía o tiene ahora y menos alegre de lo que había supuesto. El Corte Inglés competía despiadadamente contra Preciados y la Benemérita patrullaba con su tricornio negro en la cabeza y aires de intolerancia. Yo provenía de un país en el que la policía había perdido autoridad a favor de los grupos paramilitares. Un país en el que todo podía suceder, incluso que una ex – bailarina fuese presidente o un aprendiz de brujo detentase el mayor poder dentro del círculo castrense.

Así comencé a dejar atrás mi «renascencia», con un viaje de quince mil kilómetros totalmente solo, así comencé a darme cuenta que cada decisión que tomase atraería una consecuencia y a saber que a veces es mejor amputar una relación a tiempo antes que la gangrena del rencor nos destruya el alma.

New Realase!!!

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