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Ríete del Olimpo

A menudo pensamos que los clásicos son muy serios y aburridos, pero ¿qué pasaría si mirásemos al Olimpo con los ojos de hoy?
¿No sería una especie de culebrón?
Porque el poder absoluto tiene mucho de cómico y caricaturesco... Os dejo este fragmento.


Zeus meditaba sentado en su trono blanco, inmaculado. Usaba el rayo para acompañar sus
pensamientos sin percatarse que al moverlo, producía tormentas en distintos lugares de la Tierra.
— ¡No puede ser!, ¡No puede ser!... ¡Estoy harto!... —gritó sintiendo que el ojo izquierdo
le titilaba, como una estrella en el firmamento.
Es que cada vez que discutía con su esposa Hera por culpa de los celos, o alguien le
contrariaba, se ponía de muy mal humor. Todos lo sabían y procuraban mantenerse a distancia
para no despertar su ira.
Pero esta vez iba en serio, estaba cansado de repetir siempre lo mismo y que cada cual
hiciese lo que le venía en gana. Él quería un Olimpo reluciente que no le supusiera una tarea
titánica manejar y al mismo tiempo no pensaba delegar ni un ápice de poder en ninguno de sus
hijos.
La consecuencia era que el Olimpo era un caos… organizado. Los semidioses iban y
venían tratando de satisfacer las veleidades y caprichos de sus superiores. A veces, se enfrentaban
entre sí porque alguien asignaba a dos la misma tarea o problemas importantes no eran resueltos,
debido a que nadie se dedicaba a ello.
Todos llevaban oficialmente más ocupaciones de las que podían cargar y aun así cada día
se agregaba algún capricho. Los dioses no estaban en condiciones de oponerse a Zeus sin
arriesgarse a perder prerrogativas y éste tenía todo el día para pensar e idear tareas. La mayoría no
servían para nada, pero Zeus era terco y obtuso como las mulas de la Creta donde creciera.
—Aunque no estés de acuerdo… ¡hazlo!... Si dudas o piensas diferente… ¡créetelo! —
solía decir con desparpajo, que algunos acataban y otros masticaban sin acabar de tragar. Y
Hermes era uno de los segundos, es decir de los que masticaban.
De todos modos él, Zeus, era el Padre de todos. Sus decisiones estaban por encima de
cualquier tribunal y en consonancia con sus preferencias, prefería castigar a los dioses de menor
jerarquía aunque tuviesen parte de razón.
Era cierto que Afrodita se pasaba la eternidad excitando a unos y otros, pero ¿no era acaso
una de sus funciones?
Dionisio vivía de juerga en juerga, sin responsabilidad, pero alegraba a todos con el sólo
chispear de sus ojos pícaros. El desenfado con que salía de todas las complicaciones en las que él
mismo se metía, era proverbial. Jamás tenía la culpa de nada y siempre encontraba a alguien a
quien endosarle sus tareas.
Hera tenía un carácter horrible y era capaz de las peores atrocidades por envidia o celos,
que ella llamaba amor. Sin embargo estaba en todos los detalles, mantenía el orden y se imponía a
gritos si era necesario. Eso sí, anteponía siempre a sus palabras un sonoro:
— ¡Cariño! —aunque después viniese una frase prepotente, un insulto o una orden
ridícula.
Apolo, con sus poses amaneradas, montaba una tragedia de cualquier cosa. Hablaba hasta
por los codos aunque nunca ponía en práctica nada. Claro está que sus discursos magistrales,
recargados y remilgones, inspiraban siempre a algún poeta idealista y ya contaba en su haber con
cientos de poesías, canciones y prosas de una exquisita belleza. A Zeus le encantaba escucharlas y
aunque supiera que no eran de su autoría, ni entendiera de qué se trataban, lo admiraba por su
capacidad para robarlas.
Ártemis estaba siempre en la luna, en todo el sentido de la palabra, aunque su bohemia la
hacía una diosa adorable, en la luna...
Quizás la sobreprotección que Zeus ejercía sobre algunos de sus hijos se debiera en parte a
su infancia entre cabras, huertos y cuevas. Había sido duro, muy duro aceptar que su idolatrado
padre Cronos hubiese querido comérselo. Y aunque renegara de ello, una parte de la rusticidad de
aquellas tierras había quedado adherida a su piel. No era su culpa el haber crecido carente de una
temprana formación sofisticada, que lo obligaba ahora a saciar sus deseos de una manera
desenfrenada, sin escrúpulos.
Aún así, él mismo consideraba que había mejorado mucho por su contacto con las
pléyades del Olimpo. Había aprendido que podía encauzar su agresividad a una forma muy sutil,
aunque ello equivaliera a cambiar un garrote por la espada más afilada. El efecto era el mismo,
pero la forma era importante en aquel ambiente de educación exquisita.
—Perdón, Zeus, ¿me has mandado llamar? —preguntó Hermes interrumpiendo sus
cavilaciones.
—Si, pasa, pasa, siéntate —contestó Zeus con su sonrisa de “primero te acaricio, luego te
golpeo”.
—Te he pedido que vengas… —dijo el padre de los dioses, buscando las palabras más
afiladas, —porque quisiera que reflexionásemos sobre la forma en que te relacionas con los otros
dioses.
—No te entiendo —dijo Hermes entrecerrando los ojos, al tiempo que buscaba el ángulo
desde donde vendría el golpe.
—Sé que has tenido algunas discusiones con ellos… Muchos se quejan de tu
intransigencia…
“Ahora sí, ya sé por dónde”, pensó el mensajero, mientras comprobaba por enésima vez lo
chismosos y alcahuetes que eran sus hermanos y hermanas. Al primer problema, iban llorando a
contárselo a Zeus.
—Creo que tendrías que contenerte un poco en tus contestaciones y no ser tan orgulloso…
Al fin y al cabo tú también cometes errores —sentenció Zeus con una suavidad mentirosa,
apretando el rayo con fuerza.
—Mira, Padre, yo no estoy todo el día gimoteando por lo que me hacen los demás. Estoy
demasiado ocupado sirviendo de mensajero, protegiendo la ciencia y sacando a los viajeros de
caminos tenebrosos, entre otras cosas. Mis problemas con los otros dioses los resuelvo por mí
mismo y si no puedo o son muy graves, entonces te consulto. ¿No estás conforme con la forma en
que cumplo con mi misión? Dímelo, pero no me vengas con cuentos…—la voz de Hermes sonó
terriblemente agresiva a los oídos de Zeus, acostumbrados a elogios y adulaciones.
— ¿Desafías a tu Padre? —tronó la voz de Zeus.
—No, no te desafío. Mándame algo razonable y serás servido al instante —contestó
Hermes agitando las alas de sus pies.
— ¿Y quién determina si algo es razonable o no? —rugió Zeus, indignado. Hermes
comenzaba a cansarse de la estrechez de mira y egocentrismo del todopoderoso Señor del Olimpo,
pero una parte de su alma reconocía que algunos defectos que odiaba de su Padre eran los que no
aceptaba de sí mismo.
—En cuanto me lo mandes lo sabré, yo también soy un dios —contestó finalmente.
Los ojos de Zeus se llenaron de venas rojas como ríos de ira. Se levantó de su trono y
amenazante levantó los puños. Dio una brutal patada en el suelo que originó temblores y
maremotos.
Poseidón emergió del océano protestando contra la invasión de sus dominios. En la tierra,
los hombres huyeron aterrorizados de las ciudades.
— ¡Reconoce alguna vez cuando te equivocas! —gritó finalmente enfurecido.
—El día que me equivoque lo haré —replicó Hermes con tranquilidad. —Mientras tanto
déjame por favor que te diga algunas cosas. Yo soy el que anda por allá abajo, mezclado entre los
hombres, asistiendo a sus grandezas y miserias. Y créeme no son muy diferentes de las de aquí
arriba. A veces, no sé si los hombres son semejanza de los dioses o los dioses somos el espejo
donde ellos se miran. Quizás nos han creado con su mente para darle sentido a lo que no
entienden. Si es así, tendríamos que estar a su servicio y no ellos pendientes de nuestros
caprichos. Tú eres el primer orgulloso, el mayor torcedor de las leyes que tú mismo dictas. Tú
eres el que hace crecer los capullos en los árboles y luego envías una nevada que los seca. Tú eres
el que alienta la incondicional reverencia de los hombres y luego castigas la soberbia de levantar
enormes monumentos. Yo no puedo cambiarte, soy tu hijo. Discúlpame si te he hecho enfadar,
pero no estoy de acuerdo con este hato de dioses gordinflones, promiscuos, resentidos y retorcidos
en que has convertido el Olimpo. Como no estoy de acuerdo y no puedo cambiarlo, simplemente
hago mi trabajo y no permito que nadie me agobie, ni tú. Si tienes que castigarme por algo que no
hice o algo que hice mal, lo aceptaré; pero no el suplicio por el suplicio mismo, con Atlas ya
tenemos suficiente —Hermes escuchó el eco de sus palabras rebotar en las montañas vecinas.
Zeus había quedado petrificado tratando de entender qué significaban.

Teucro (El héroe de Creta) ©
Ricardo Lampugnani
https://www.amazon.es/Teucro-h%C3%A9roe-Creta-Ricardo-Lampugnani-ebook/dp/B016CF86RA/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1477652807&sr=1-1&keywords=Teucro

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