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Navidad o Solsticio de Invierno

Este post lo publiqué en la Navidad de 2012. Como entonces, este año 2016 tampoco festejaré la Navidad tradicional. Eso sí, a la vista de todos parecerá que sí. En esta ocasión no hemos entrado el pino. Hemos preferido dejarlo fuera y montar el árbol sobre una rama seca plagada de piñas. el significado es el mismo y el pino no sufre tantos días en la oscuridad. ¿Es por snobismo?
NO
¿Es por creencias personales?
Tampoco.
La realidad es que el ser humano necesita de símbolos. Pero a veces, los símbolos que hemos heredado están «bastante contaminados». La Navidad es uno de ellos.
Y no me refiero a la comercialización de la fiesta, sino a lo que en verdad representa. Como no quiero extenderme en consideraciones que aburran, si queréis saber más, podéis leer el post que publiqué entonces. Es tan válido hoy como hace cuatro años. ¡Feliz Solsticio de Invierno!



Este año no he festejado la Navidad. Pero he montado el árbol: un pino natural que nos acompaña plantado en un tiesto desde hace varios años y que entramos al interior en esta época. Lo hemos engalanado con búhos confeccionados con piñas que creó artesanalmente una de mis hijas. Completamos el montaje con hadas, esferas doradas, lazos rojos y una guirnalda de luces del mismo color. Tampoco faltó el ramo de muérdago en la entrada o la corona de roble con detalles rojos y dorados. Sobre el espejo de la sala colgamos un ikebana realizado con piñas, ramas de ciprés, cintas rojas y una guirnalda dorada imitando los cristales de hielo. No faltaron en los árboles del jardín las cascadas de luces que se continuaban por los marcos de las ventanas y hasta el buzón del correo estaba engalanado con ramas de ilex y frutos silvestres rojos. El centro de mesa era un plato con agua adornado con piedras, ramas de romero y pino, pequeños caracoles, cristales de cuarzo y una vela naranja rodeada de cuatro velas blancas.
Por supuesto que podéis preguntaros ¿y eso no es una decoración navideña?
Por supuesto que no.
El árbol de navidad tiene su origen en las fiestas paganas de media Europa para celebrar el solsticio de invierno. Es decir la noche más larga y el día más corto del año. Los adornos rojos y dorados simbolizaban el fuego y la luz en una clara plegaria para que volviera a triunfar la luz sobre la oscuridad. Entrar un árbol dentro de casa era una manera de agradecer a la naturaleza el retoñar tras el duro invierno y los frutos rojos una ofrenda por las cosechas acabadas de recoger y la esperanza por la nueva siembra. El muérdago era la planta mágica de los druidas, la que los protegía de los rayos, la maldad, las enfermedades y otorgaba fecundidad a las mujeres para poder concebir.
Los regalos que intercambiamos a medianoche tampoco pertenecen a la Navidad. Santa Claus, el Padre Noel o como queráis llamarle era para los vikingos El Padre Invierno y lo agasajaban con abundante comida para que fuese benévolo. Incluso se hacían escenificaciones por las cuales alguien se disfrazaba y todos le daban de comer y beber. Con el paso del tiempo el Padre Invierno se confundió con Nicolás, un hombre rico y famoso por su generosidad que hacía regalos a los niños pobres.
Eso sí, yo no monté un pesebre porque Jesús no nació un 25 de diciembre sino un día de setiembre u octubre. Y si lo hubiese hecho no podría haber sido recibidos por pastores puesto que en esas fechas no hay oveja que no esté dentro de un cobertizo y sus cuidadores recogiditos junto al fuego. Es que en diciembre no hay pasturas. Tampoco puse una estrella en el árbol porque no la hubo para guiar a los famosos reyes magos y si me apuráis quizás no hubo virgen, san José y vaya a saber cuantos detalles nimios más. Quizás me tacharéis de blasfemo o quizás habría que juzgar las concesiones que hizo la autoridad eclesiástica durante veinte siglos para congraciarse con todos los intereses. Como ejemplo vaya el hecho de que posiblemente fue para conformar a los basilidianos de Egipto que comenzó a aceptarse la Epifanía en concordancia con la aparición de Osiris o su homónimo griego Dionisio. Como dato curioso en estas fiestas paganas se celebraba en Alejandría la aparición del sol en la constelación de la Virgen y se veneraba a la Virgen en el templo de Koreión por haber dado luz a Aión, el eterno y homólogo de Dionisio y Osiris. Otro elemento que llama la atención es que en esta celebración y después de varios días de plegarias, los fieles bajaban a una cripta en busca de la estatua de un niño recién nacido que exhibía en la frente, las manos y rodillas las marcas de una cruz y una estrella de oro. Los fieles llevaban la estatua cantando: “La Virgen ha dado a luz, ahora crecerá la luz…”  
Y podríamos continuar con el bautismo de Jesús en el Jordán, las bodas de Caná y muchas influencias posibles más de ritos paganos sobre el imaginario cristiano.
Por eso yo, en definitiva no festejé la Navidad, al menos la tradicional. Lo que sí celebré fue el inicio de un nuevo ciclo en la noche más larga del año. Acepté que hay oscuridad en mí, comprendí que a lo largo del año había acumulado rabia, rencores, frustraciones, intolerancias, impotencias y que era bueno hacerlas conscientes porque sin oscuridad no hay manera de apreciar la luz. Y en ese punto de inflexión del solsticio de invierno a partir del cual la oscuridad comienza a ser vencida por la luz, me permití a mí mismo obtener todo lo que necesito para brillar, para alumbrar cada día un poquito más.

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