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El deseo de Harrietta Plotter



«La magia existe, la magia existe», repitió mentalmente frente al espejo. Luego extrajo el trozo de rama que ocultaba entre su ropa y lo observó con detenimiento. Sin dudas, si había una varita mágica en el mundo, debería parecerse a esa. La había encontrado en la playa el fin de semana anterior. Estaba pulida por el agua y la arena, tenía una forma extraña, ondulante y debió esconderla para que su madre no la obligara a tirarla después de decir la frase que ella ya se sabía de memoria:
—¡Deja de juntar porquerías, que ya en casa no cabemos!

Ahora debía desear algo con todas sus fuerzas: ¿Princesa o desaparecer?
Muchas veces había soñado con tener el cuerpo esbelto de las princesas o de las modelos, o de algunas de sus compañeras de colegio que iban dejando un reguero de ojos admirados, a su paso. Y no esa funda recta de piel que la cubría y que solo tenía curvas a la altura del abdomen. Pero sabía de sobra que uno debe pensar muy bien en lo que desea. Bueno, eso le había dicho la abuela y siendo tan vieja como era, se suponía que algo debía de saber. Si desear ser princesa le iba a impedir treparse a los árboles, leer sus libros favoritos, comer helado o chocolate... O si ser princesa la obligaría a ordenar su habitación, prefería no serlo. Y si iba a ser como algunas de su clase que eran todo cuerpo, pero nada de cerebro... Quizás lo mejor era pedir la invisibilidad. Bueno, ya bastante invisible era para los chicos, para sus padres y para casi todo el mundo. Y es que el mundo le resultaba plano, chato y lleno de muggles. No había ninguna estación de trenes con un andén que se pudiese traspasar para acceder al mundo mágico y nadie a quien acudir para sacarla del aburrimiento de la vida real. ¡Se aburríaaaa! Salvo cuando penetraba en las historias que contaban sus libros, se aburría. Allí todo era posible. ¿Podía pedir transformarse en el personaje de su novela favorita? La respuesta la obtuvo del reflejo que su biblioteca proyectaba sobre el espejo. No quería quedar atrapada en un libro cerrado después de ser leído. Quizás podía pedir escribir sus propias historias para vivir vidas distintas a la suya, más emocionantes, con mucha magia, en las que el mundo fuese distinto y los muggles una especie en extinción. Pero ya lo había intentado y aunque tenía una imaginación desbordante, volcarla en palabras no era nada sencillo. Quizás lo mejor sería pedir encontrar a un sabio, o sabia —tanto le daba si era hombre o mujer—, que la guiara, que le dijese que la magia sí existe y la orientara para encontrar el lugar donde se oculta. Sin dudarlo, sacudió la rama frente al espejo y esperó. No sucedió nada. Volvió a repetir el proceso concentrándose aun más en el deseo. Tampoco pasó nada. Decepcionada, Harrietta decidió darse una ducha caliente, comerse un trozo de chocolate y meterse en la cama a leer. Estuvo a punto de deshacerse de la rama, pero tenía una forma bonita. Al menos serviría de decoración.
Cuando salió de la ducha, media hora después, todo estaba lleno de vapor. Al pasar frente al espejo empañado, le temblaron las piernas. Alguien había escrito en el cristal:

La magia está en tí

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