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La revolución de los yogurines

Que no se me interprete mal. En España un «yogurín» es una persona joven y atractiva. Y hoy quiero referirme a una revolución de la que se habla poco, pero que lleva una marcha inexorable hacia un cambio cultural y en el caso que me ocupa: literario.


Quizás comenzó con la publicación de Harry Potter en 1997, una época en que los agoreros pronosticaban la muerte de la literatura infantil y juvenil. «Los niños no leen», decían. ¡Menos mal! Hoy, aquellos niños que no leían, consumen febrilmente cuatro o cinco libros al mes, tienen blogs de reseñas, escriben fanfiction de sus novelas favoritas y en muchos casos comienzan a transitar el camino de escribir sus propias historias. Creo que, por primera vez en la historia de la humanidad, se publican anualmente casi 2.100.000 libros al año en todo el mundo. Si los queréis sumar, os dejo el link: https://en.wikipedia.org/wiki/Books_published_per_country_per_year
Sin duda en este fenomenal número tiene mucho que ver la aparición de plataformas digitales como Amazon, y no es la única. La democratización de la cultura se ha transformado en un hecho innegable como también lo es la realidad de que no todo lo publicado tiene una calidad literaria aceptable. Sin embargo, las revoluciones son así: una inmensa marea caótica que lo arrasa todo y tras la cual, el panorama no vuelve jamás a ser el mismo.

¿Por qué se produce esta revolución?
Quizás una de las razones es que los grupos de poder han encorsetado a la cultura durante demasiado tiempo. Y cuando se rompe el corsé…
Puede que la misma globalización y el uso de las redes sociales haya acabado sumiendo en la soledad a millones de jóvenes. Y ante un mundo que no ofrece lo que queremos, el refugio es evadirse de la realidad. Algunos se sumergen en el alcohol y las drogas, otros muchos —por suerte— en la fantasía.
Incluso es probable que la precarización laboral, la enorme y larga crisis global del sistema, haya colaborado a ello. Es cierto, puedes maquillar mucho a un viejo decrépito con burbujas inmobiliarias o financieras, pero no deja de ser viejo y decrépito.
Sean cuales fueren las causas, yo estoy muy contento con esta revolución. Creo que después que pase la gran ola, quedará un terreno fértil y fecundo. ¡Necesitamos aire fresco!
Yo he pasado la etapa de yogurín hace mucho y debo decir en descargo de mi generación, que nosotros también intentamos hacer nuestra revolución, y… fuimos vencidos. Por ello me encanta que haya otra y si triunfa, será también nuestro triunfo.

Quisiera entonces animar a quienes leen, no importa qué tipo de novelas, a quienes hacen reseñas en blogs —mientras sean independientes— (porque si una editorial te paga, no puedes decir lo que quieres). No importa si alguien las lee o si tienes muchos seguidores; leer un libro y hacer su crítica es una formidable manera de crear una personalidad objetiva.
A quienes escriben, ¡adelante! Eso sí, tened en cuenta que la literatura es un arte y un oficio. Y como tal, necesita años de práctica para dominarla. Si pensamos que lo único real que tenemos en esta vida es tiempo… tampoco importa demasiado.


A los yogurines en general —jóvenes y espléndidos—, hayáis comenzado o no con Harry Potter, deciros que «la magia» realmente existe. No aquella de varitas, escobas que vuelan y escuelas como Hogwarts, sino una mucho más verdadera y potente: la que anida en vosotros mismos. Y también existen los muggles, que son muchos y siempre intentarán meteros en el hueco de una escalera. 

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Yo me he rebelado con llamar adolescencia a ese período de la existencia. Es que la palabra adolescente está ubicada entre adolecer y adolorido, y conlleva la sensación de padecer una enfermedad inevitable que se cura con el tiempo, como la gripe, y que puede paliarse aprendiendo a usar tampones, preservativos, cremas depilatorias, maquinillas de afeitar o fumando. Por ello he elegido «Renascencia» y la he definido como la etapa de la vida en la cual constatamos que podemos relacionarnos con los demás sin dejar de ser nosotros mismos. En ella aplicamos nuestras cualidades innatas y contrastamos los valores aprendidos en la familia o proclamados por la sociedad.De más está decir que hay personas de noventa años que todavía no la han superado. De ahí el valor de esta novela, ubicada temporalmente en el punto en que comenzamos a asomar la cabeza a un mundo nuevo, extraño, muchas veces incomprensible y las más de las veces profundamente cruel e injusto. Pero también tiene algo de misterio…

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